El gusto oculto de buscarnos a escondidas; como si fuese un pecado capital nuestra unión. El morbo irracional de mirarnos como si no pudiésemos mirarnos en público, el tocarnos cuando se supone (¿quién dice?) que no podemos.
La calentura de lo prohibido, de lo escondido, el hacerte saber que estoy enamorado de ti solo para negarlo dos segundos después y al cuarto tiempo volver a rogarte que me vuelvas a enamorar.
Una toxicidad atrapante que me hizo caer en la telaraña de la obsesión pensando que era amor (y quizá lo es) pero terminó siendo delirante.
El buscar en tus labios el sabor amargo de nuestra ruptura para luego encontrarme con el abismo de ternura rojiza de tu interior, plagada de sangre; un amor visceral que hasta la fecha me sigue persiguiendo, (como ojalá me persiguieras tu). El encontrar el dulzón dentro del alquitrán me hace querer desplomarme, el sentir tu aroma mezclado con el de la otra persona, me hace obsesionarme más y el sentir que no-me-miras apropósito, me hace enloquecer hasta querer un poco (solo un poco) de un roce de tu cuerpo con el mío.
La obsesión hasta el punto de caminar a tu lado (para que tu creas que es de casualidad) y chocar nuestras manos (sin que te des cuenta) y después desaparecerme.
Porque es esa adrenalina lo que me hace sentir vivo aún después de tanto que pasamos juntos.