Dicen que crecer es dejar la infancia,
cerrar una puerta, cambiar de lugar,
pero quizás la infancia no se marcha,
quizás solamente aprende a esperar.
Se queda en los juegos que ya no jugamos,
en aquellas tardes que no volverán,
en las voces de quienes nos acompañaron,
en todo lo que un día nos hizo soñar.
Se queda escondida detrás de una foto,
en una canción que nos hace volver,
en ese recuerdo pequeño y remoto
que aparece sin pedirnos permiso otra vez.
Se queda en las cosas que aún nos sorprenden,
en ganas de correr, de reír, de inventar,
en esos momentos que el alma comprende
sin tener palabras para explicar.
Porque hubo un tiempo en que todo era enorme,
un árbol era un bosque, una caja un hogar,
un simple juguete podía ser suficiente
y una tarde cualquiera parecía durar.
No sabíamos entonces cuánto valía
tener una mano que nos acompañara,
una voz que nos llamara al final del día,
un abrazo que todo lo solucionara.
No sabíamos que el tiempo corría,
que las tardes tendrían un final,
que aquello que entonces parecía infinito
algún día nos haría mirar atrás.
Y crecimos.
Sin darnos cuenta, crecimos.
Dejamos algunos juegos,
cambiamos algunos sueños,
aprendimos nuevas palabras,
conocimos nuevos miedos.
Y poco a poco fuimos construyendo
una versión diferente de nosotros.
Una que pensaba más.
Una que dudaba más.
Una que aprendió a esconder algunas lágrimas
y a guardar algunas preguntas.
Pero debajo de todo eso,
en un rincón que nadie puede ver,
todavía existe aquel niño
que alguna vez fuimos.
Todavía está.
A veces aparece cuando algo nos emociona.
Cuando una canción nos hace sonreír.
Cuando una tarde tranquila nos devuelve la calma.
Cuando encontramos algo que creíamos perdido.
Cuando miramos el cielo sin pensar en nada.
Cuando volvemos a imaginar.
Cuando soñamos con algo que todavía no existe.
Cuando una pequeña cosa consigue hacernos felices
de una manera que no sabemos explicar.
Ahí está.
Quizás la infancia no desapareció.
Quizás solamente cambió de lugar.
Primero estuvo en las plazas.
Después en los juguetes.
Más tarde en las fotografías.
Y ahora vive en nosotros.
Vive en nuestra manera de querer.
En nuestra forma de soñar.
En las cosas que todavía nos emocionan.
En aquello que seguimos esperando.
En todo lo que alguna vez aprendimos sin saber que estábamos aprendiendo.
Y quizás por eso no deberíamos sentir tristeza por haber crecido.
Porque crecer también significa llevar con nosotros todo aquello que nos hizo ser quienes somos.
La risa.
La imaginación.
La curiosidad.
La ternura.
Las ganas de descubrir.
La capacidad de volver a empezar.
Todo eso también creció.
Con nosotros.