Entre tanto hastío –Dios me perdone–,
no hay donde hacer de cuenta que he creído,
al canto del Señor cuando se asome
y se conmueva en paz sin un obispo.
Entre errar y (exijo) un par de eones
que tardan en regir el firmamento,
las cábalas de idiotas y ladrones
me hacen pasar "pecar" por un "te quiero".
Elijo, en pos del mío, segundos nombres
sin que profesen, viles y deformes,
quien antes fui sellándome al vacío,
su ruina en la raíz de mi catédra,
su insignia erguida en mi fractura expuesta
y cuanto dejo atrás de tanto hastío.