No sé qué ocurrió, ni por qué te fuiste.
Me arrodillé ante ti, te rogué y aun así no querías escucharme. Dime, ¿amar para ti es un pecado? ¿O acaso es culpa de mi corazón por haberse entregado a tus manos pensando que allí sería amado?
No sé si la culpa es mía, pero no te vayas. No rompas lo poco que queda de nosotros. Te necesito. Desde el momento en que me dijiste que ya no sentías lo mismo, sentí que la vida no podía continuar.
Dime, ¿acaso este dolor solo lo siento yo?
Y si alguien te hizo daño antes, yo no tengo la culpa. No me abandones. No destruyas esto a lo que yo llamo amor. O acaso... ¿nunca lo sentiste?
No te vayas. No te alejes. Mi alma se irá contigo y ya no sabré cómo encontrarme.
Si en algún punto de mi vida hice algo que te lastimó, me inclino ante ti y te pido perdón. Pero no te vayas.
¿Acaso no estoy siendo lo suficientemente clara?
Te necesito.
Y aunque sé que el amor no debería ser una súplica, aquí estoy, aferrándome a lo último que queda de nosotros, intentando salvar algo que quizás ya se rompió hace mucho tiempo.
Porque mientras tú aprendes a marcharte, yo sigo aprendiendo a quedarme con el vacío que dejas.
Y eso, quizás, es lo que más duele.