faltan veintiocho días para que vuelva a sentarme frente a una mesa,
y que alguien diga que qué rápido pasa el tiempo, que veintiún años son apenas el comienzo, que todavía me queda una vida entera por delante,
como si una vida entera fuera necesariamente una buena noticia,
como si llegar hasta aquí hubiera sido una victoria que yo también estuviera obligada a celebrar.
faltan 656 horas para recordar todas las cosas que se supone que debería haber hecho antes de mi convite
todas las versiones de mí que imaginé cuando todavía creía que crecer significaba convertirse lentamente en alguien que quisiera quedarse,
y me da una especie de vergüenza admitir que no me siento orgullosa,
porque hay algo terriblemente cruel en recibir felicitaciones por haber llegado a una edad que, algunas noches, ni siquiera estaba segura de querer conocer.
no sé exactamente desde cuándo empecé a esperar que algo ocurriera.
algo grande, una tragedia escrita con mi nombre,
algo que no pudieran pronunciar después,
pero existe ese pensamiento pequeño y horrible de salir de casa y preguntarme si hoy, por alguna casualidad, el mundo tendría una razón para detenerme,
como si la muerte tuviera que venir desde afuera porque yo no supiera qué hacer con todo lo que ocurre adentro.
durante tanto tiempo he confundido desaparecer con descansar,
algunas veces he mirado la calle con una indiferencia que no debería tener,
he pensado que quizá sería más sencillo si algo me sacara de aquí sin obligarme a tomar ninguna decisión,
y después he recordado que siempre hay alguien más en medio de nuestras tragedias.
un conductor que vuelve a casa con las manos temblando.
una familia que recibe una llamada.
una persona que nunca vuelve a cruzar cierta esquina sin recordar mi rostro.
un desconocido que solamente estaba teniendo un día normal hasta que mi ausencia convirtió el suyo en otra cosa.
y entonces entiendo que incluso cuando una parte de mí quiere desaparecer,
otra parte sigue quedando atada aquí.
qué contradicción tan miserable,
tener ganas de dejar de existir y aun así preocuparse por no romperle la vida a alguien.
saber que eso también es seguir aquí.
no por brío,
no porque haya descubierto una razón perfecta,
no porque de repente ame cada mañana ni porque haya aprendido a agradecer cada respiración como enseñan esas frases que caben perfectamente en una taza.
sigo aquí de una manera mucho menos bonita.
a veces por costumbre.
a veces porque amaneció.
a veces porque alguien me escribió y tuve que contestar.
a veces porque había tarea.
a veces porque una canción terminó y tuve curiosidad por saber cuál venía después.
a veces porque el cielo estaba particularmente bonito y me pareció injusto no mirarlo.
y quizá nadie habla de esa clase de supervivencia porque no queda bien en las fotografías.
nadie sube una historia diciendo
"hoy tampoco pasó nada, pero aquí estoy".
nadie pone veintiuna velas para celebrar las noches en las que no encontró una respuesta.
nadie abraza a una persona por haber llegado viva hasta una mañana cualquiera.
solamente le dicen que está creciendo.
y yo no quiero crecer.
tengo miedo de que todos interpreten mis años como evidencia de que estoy bien,
de que cada cumpleaños borre un poco las cosas que no dije,
de que mientras más tiempo pase, más difícil sea explicar que seguir respirando no siempre significa estar vivo.
no quiero seguir aquí esperando ver cuántos años me quedan,
esperando que mi vida comience sin darme cuenta de que ya está sucediendo.
porque también he hecho daño.
no siempre de la manera que imaginaba.
a veces fue una respuesta que no di.
a veces una persona que hice sentir insuficiente porque yo tampoco sabía sentirme suficiente.
a veces fui fría cuando alguien solamente necesitaba que me quedara cinco minutos más.
a veces desaparecí de conversaciones sin saber que del otro lado alguien estaba preguntándose qué había hecho mal.
y quizá eso es lo aterrador de estar aquí;
que uno nunca conoce completamente el tamaño de su propia existencia en la vida de los demás.
puedes pensar que eres insignificante
y alguien puede conservar durante años una frase que dijiste sin pensarlo.
puedes olvidar una tarde completa
y alguien puede recordarla como una de las pocas veces que se sintió acompañado.
puedes creer que no cambiaste nada
y quizá alguien decidió quedarse un día más porque una vez le hiciste sentir que todavía había un lugar para él en el mundo.
también puedes hacer lo contrario.
puedes herir a alguien sin enterarte.
puedes convertirte en el motivo de una inseguridad que otra persona cargará durante años.
puedes enseñar con una sola crueldad algo que nunca pretendiste enseñar.
y entonces pienso en mi cumpleaños y ya no sé qué debería celebrarse.
¿el número?
¿el tiempo?
¿las personas que me quieren?
¿las cosas que todavía no he hecho?
¿o simplemente el hecho, extraño y casi absurdo, de que después de todo sigo aquí?
faltan veintiocho días.
veintiocho días para que alguien me diga felicidades.
y yo probablemente voy a sonreír.
probablemente voy a soplar las velas.
probablemente voy a agradecer los mensajes,
voy a abrazar a quienes estén cerca,
voy a fingir que veinte años son una cifra cualquiera y no el lugar exacto donde todas mis contradicciones decidieron encontrarse.
pero si alguna vez me preguntas qué quiero de ese día,
no quiero que me digan que tengo toda la vida por delante.
quiero que alguien entienda que una vida no se mide únicamente por cuánto tiempo permanece una persona en ella.
que crecer no debería consistir solamente en aprender a soportarse.
que nadie debería tener que llegar a un cumpleaños sintiendo que sobrevivir es una deuda.
y que quizá todavía estoy aprendiendo algo que nunca me enseñaron:
que estar aquí no tiene que convertirse inmediatamente en amar estar aquí.
hoy ya no quiero quedarme.
ni mirar.
ni esperar.
ni dejar que mañana llegue sin exigirle que sea extraordinario.
ni descubrir que quizá la vida no tenía que salvarme de golpe.
faltan 39,384 minutos.
y qué extraño.
tanto tiempo he pensado que cumplir años es abrazar a la muerte,
y que quizá solamente significa que ya no quiero conocer todas las cosas que pueden pasarme.
por primera vez no quiero prometer que voy a amar la vida.
todavía no.
solamente quiero llegar al día siguiente.
hasta que alguna otra mañana alguien vuelva a poner un pastel frente a mí
y yo pueda mirarlo sin sentir que las velas están iluminando,
y que, por una vez,
solo hacen presencia de todo aquello que nunca tuve tiempo de conocer.