Hay cosas ocultas,
casi guardadas con llave,
en un cajón casi olvidado,
tranquilas y resguardadas,
que por costumbre se olvidan
hasta de su propia existencia.
No se piden,
no se buscan,
no se llaman.
Podrían quedarse ahí
para siempre,
una eternidad y media,
sin ser llamadas.
Pero en un momento,
todas esas cosas
salen y afloran.
Y ahí está ese sentimiento
que se mantuvo apartado,
sin siquiera darme cuenta
de que existía.
Entonces te das cuenta de él
y, como un reflejo,
te devuelve la mirada.
Y en ese reflejo
terminas siendo tú.
En ocasiones,
la ignorancia no duele.
Pero este sentimiento
que aflora en mí
me destruye.
La felicidad duró un instante;
me demoró,
me dejó en el suelo.
Y aun así,
me levanto de él.
Podré seguir igual,
aunque el dolor de la realidad pase,
pero jamás será igual.
Porque el cajón se abrió
y ya no quedó nada
adentro de él.