¿Dónde estoy?
Sigo el derrotero,
buscando encontrarlas,
hermanas.
Trato de derrocar
aquel inexorable,
mi perseverancia
puede más.
Mi norte es
lo que mi alma desea.
Este periplo
no es nada,
pues sé que
quien bien acompañado
anda,
a ningún mal
ha de temer.
En el horizonte
diviso mi
sino.
Navego entre
sus olas.
Puedo domarlo,
aquel inexorable
va a ser domado
por mi perseverancia.
Zozobro,
esto me extraña.
¿Cómo, si en el mar
estoy,
una corriente me
lleva?
Mi perseverar no pudo,
Busquélas hermanas,
Un trabajo imposible es.
Hoy maldigo
mi insensata
decisión:
domar
al inexorable.
Ahora
entro en consciencia
de todos aquellos
que en el camino
perdí.
Por
tratar de estas
aguas surcar,
me olvidé
de en su momento
agradecer.
Es en los meandros,
donde uno
debe tener más
cuidado.
Abrazar a su
camarada,
retribuir
su apoyo.
Requiere
de mucha reflexión
darse cuenta
que ahogándote en un
río estás.
Pensando
que a Poseidón
estabas enfrentando.
Obstinados somos
no queremos aceptarlo.
Subyugarlo buscamos.
Esto nos ciega
del verdadero viaje.
Si la vida es un río,
debemos surcarlo,
para en él
todo experimentarlo.
Si la vida es un río,
debemos aceptarlo,
que nuestros camaradas,
en todo nuestro viaje
no nos acompañarán.
Si la vida es un río,
lo que adelante nuestro está
no podemos saberlo.
Si la vida es un río,
el verdadero viaje
es poder disfrutarlo.
Ayer fui un navegante
Hoy me toca decirle adiós.
¡Adiós!
Adiós a todos aquellos que
supieron acompañarlo.
Me despido,
no porque sepa que es el fin del viaje.
Si no, porque sé
Que es el fin de su viaje.
El ocaso
de los navegantes de ayer
llegó,
y el albor
de los navegantes de hoy
va a empezar.
En el crepúsculo,
descubrimos que
no son los mismos navegantes,
al menos no
en el interior.
Con congoja
hay que despedirnos
pero también con gozo.
Al final,
el viaje compartido
termina,
pero no debemos
condolernos,
sino regodearnos,
pues el viaje
lo pudimos compartir.
El viaje no termina,
debemos encontrar
lo que en el horizonte
divisamos.
Solo que esta vez,
no en bogo,
sino seguir
la corriente.