Hay personas que se van
y, sin embargo,
no terminan de irse.
No hace falta buscarlas.
A veces aparecen solas,
escondidas en un gesto,
en una mirada ajena,
en la luz de cierta tarde,
en un lugar que de pronto
parece guardar una historia.
Y entonces el tiempo hace trampa.
Por un instante,
lo que ya pasó
parece volver.
No hace falta pronunciar un nombre.
Hay recuerdos que tienen
su propia manera de aparecer.
Extrañar no siempre es llorar.
A veces es seguir viviendo
con una ausencia que aprendió
a pasar desapercibida.
Es reírse durante el día
y sentir, de repente,
que falta alguien para contarle eso.
Es descubrir que algunas cosas
ya no significan lo mismo
desde que alguien dejó de estar.
Pero hay una forma de extrañar
más difícil todavía:
extrañar lo que nunca fue.
Querer sin haber tenido.
Esperar sin promesas.
Imaginar una historia
que apenas alcanzó a existir
en la imaginación.
Hay amores que nacen
sabiendo que no tendrán destino.
Y aun así crecen.
Sin derechos,
sin certezas,
sin siquiera la esperanza
de convertirse algún día
en lo que sueñan ser.
Porque el corazón
no sabe de imposibles.
Puede entender que no será.
Puede aceptar que no corresponde.
Puede incluso aprender a callarse.
Pero no siempre aprende
a dejar de sentir.
Y quizás lo más doloroso
no sea perder a alguien,
sino tener que despedirse
de una vida que nunca existió.
De los abrazos que no sucedieron.
De las palabras que quedaron guardadas.
De todos esos futuros imaginados
que el tiempo jamás permitió conocer.
Después, la vida sigue.
Y parece que todo vuelve a su lugar.
Hasta que algo mínimo
abre una grieta en el presente
y por ella se asoma el pasado.
A veces apenas dura un segundo.
Pero alcanza.
Alcanza para recordar
que hay personas que dejan de estar
sin dejar de existir
en alguna parte de nosotros.
Y también hay amores
que nunca llegan a ser historia
y, sin embargo,
dejan una huella profunda.
Tal vez olvidar
no sea borrar.
Tal vez sea aprender
a llevar ciertas ausencias
sin intentar convertirlas
en presencia.
Aceptar que algunas personas
pertenecieron a nuestra vida,
y que otras
pertenecieron solamente
a nuestros sueños.
Pero ambas pueden quedarse.
Porque hay quienes se marchan
y quienes nunca llegan,
y, de alguna manera,
los dos pueden dejar
el mismo vacío.
Por eso hay recuerdos
que aparecen sin aviso,
amores que sobreviven
sin haber sido correspondidos,
y personas
que, aunque ya no estén,
siguen estando
en todas partes.