No sabes cuánto detesto estar contigo,
cuánto rechazo esta cercanía,
esta costumbre de encontrarte,
esta presencia que nunca pedí.
¿Por qué decidiste quedarte?
¿Qué ganaba yo con tenerte?
¿Por qué insistías en acompañarme
si jamás quise caminar a tu lado?
Tus juegos dejaron heridas,
tus frases nunca fueron refugio,
y cada momento compartido
se convirtió en tiempo desperdiciado.
No encuentro sentido en aquello,
en todo lo que intenté construir
para terminar deseando
que simplemente te fueras.
Una vez quise soltar mi dolor,
mirar de frente mis propios miedos,
pero por motivos que aún desconozco
me impediste dar aquel paso.
Hoy, cuando miro hacia atrás,
me pregunto cómo habría sido todo
si nunca hubieras formado parte
de aquellos días.
Quizás apartarte
fue la mejor decisión que tomé.
Aquella vez logré escapar,
y después de eso,
jamás volví a buscarte.
Por suerte nuestros caminos
no volvieron a encontrarse.
Pasaron los años,
cambió la vida,
y solo deseo que continúe así.
Nunca tuvimos demasiado en común,
ni siquiera una razón suficiente
para permanecer unidos.
Tal vez debimos alejarnos
desde el principio.
No guardo un recuerdo que quiera conservar,
ni una historia digna de ser contada.
Solo quedan instantes gastados,
conversaciones sin destino
y palabras que perdieron su valor.
Ni siquiera sé por qué escribo esto.
Quizás porque todavía quedaba
algo pendiente entre nosotros.
Así que dejo estas líneas
como quien cierra una puerta
sin intención de volver.
Tal vez sea
la despedida que nunca pronuncié.
Adiós.
No fue un placer conocerte.