Yo no quise ir,
lo dije en voz alta ante todos.
Tomé mi valor
y pronuncié las palabras:
no quiero ir.
El descanso fue lo siguiente.
Se fueron los nervios,
se fueron los pensamientos,
pero siempre, en la vida,
tu vida no es tuya,
tus decisiones no son tuyas
y tus deseos
jamás serán cumplidos.
Me tomaron
y me obligaron a cambiar de pensamiento.
Quizás tuve que ser firme,
pero había usado
todo mi valor antes.
Y ahí estaba yo,
pero no era yo.
Llegué
y tuve que acercarme.
Pasó el tiempo:
palabras vacías,
emociones compradas,
falsos amigos,
sonrisas que me obligaron a dar.
No me despedí de nadie.
Solo partí.
Solo.
Querían que permaneciera,
pero yo solo estaba
solo.
¿Para qué quedarme?
Los miré.
Vi las lágrimas
y me fui.
Sin palabras.
Sin despedidas.
Sin mirar atrás.
Solo.