Mi mente grita por dentro,
como si quisiera escapar de un cuerpo
que aprendió a usar el miedo como refugio.
Me persigue esa sensación constante de “podés equivocarte”,
como si errar fuera una condena
y no una parte inevitable de estar viva.
Nadie me enseñó a decirme que los errores están bien,
que tropezar no es fallar,
que desviarse no es perderse.
A veces quisiera convencerme
de que está bien salir de la rutina,
de que no todo cambio es una amenaza,
pero el miedo se adelanta
y me encierra antes de intentarlo.
Mi mayor obstáculo soy yo.
Yo y este temor persistente a ser juzgada,
a ser observada,
a ocupar un espacio que siento que no me pertenece.
Y lo más irónico es descubrir
que ese juicio que tanto temo
casi nunca existe,
que la gente ni siquiera me nota,
que la mirada que más pesa
es la mía.
No estoy huyendo del mundo.
Estoy intentando aprender
cómo quedarme sin desaparecer,
cómo vivir sin pedir perdón por existir,
cómo soltar un miedo que nunca fue mío
pero que cargo como si lo fuera.