Realmente te amé.
Amé tu manera serena de caminar, como quien nunca tenía prisa porque llevaba paz en el alma.
Amé el aroma de tu piel, ese refugio donde mis miedos callaban. Amé cada pequeño detalle que, sin saberlo, era el motivo de mis sonrisas.
Amé tus cejas, y soñé con verlas algún día dibujadas en el rostro de nuestros hijos. Amé tus pestañas, tus labios y aquellos besos que erizaban mi piel y me llevaban a un mundo donde todo parecía posible.
Amé tu mirada, pero aún más la forma en que brillaba cada vez que encontraba la mía.
Amé escuchar mi nombre escapando de tu voz, como si, al pronunciarlo, me hicieras sentir viva.
Amé la fuerza de tus brazos abrazando mis días rotos, y dormir sobre tu pecho, después de hacer el amor, creyendo que la vida no podía regalarme un lugar más seguro.
Mi corazón aprendió a acelerarse solo por ti, y bastaba con tenerte cerca para dejarme sin aliento.
No puedo decir que he dejado de quererte, porque sería mentirme.
Pero es extraño...
Porque juro por Dios que quise todo contigo. Que imaginé una vida entera escrita al lado de la tuya.
Sí...
Quería que fueras tú.