Cuando me sumerjo en el lenguaje de las constelaciones y me detengo a contemplar los relieves de mi temperamento, una gratitud silenciosa me mece al reconocer mi linaje indígena. Soy el encuentro de dos mundos: nieta de una mujer de sangre india pura y de un extranjero llegado de Italia. De las raíces de mi abuela no me quedó casi nada, apenas el testimonio borroso de una que otra fotografía. Su historia pareció desvanecerse en el aire, como si al unir su vida a la de un italiano su propio pasado hubiese quedado condenado al olvido.
Suelo dudar de mi fuerza de voluntad: a ratos la siento como un don luminoso y a ratos como un fardo pesado; vivo habitada por sentimientos encontrados. Soy una mujer que anhela el refugio de unos brazos, que disfruta el calor de sentirse protegida por su pareja, pero mi espíritu aún interpreta el acto de ceder como un síntoma de vulnerabilidad. Me cuesta pedir ayuda; me inquieta la simple idea de depender del otro para trazar un rumbo o para sostener la vida cotidiana. Entendernos como un equipo a veces me llena de paz y otras tantas me resulta un martirio. Amo profundamente a mi pareja, pero hay una voz antigua dentro de mí que reclama, incansable, su independencia.
Él suele repetirme que no sé pedir auxilio, que me me cierro a su amparo y que, aunque tenga la fortaleza para andar sola, no hay necesidad de cruzar el camino en solitud. Me invita a dejarme sostener; sugiere que esta coraza tal vez no sea más que el residuo de todo lo que he tenido que atravesar.
Sin embargo, una pregunta leída al pasar se me quedó grabada y me devolvió de golpe la memoria de mi abuela: «¿Qué es lo que más deseas en esta vida?». Libertad, me respondí sin dudar. Pero si hoy soy una mujer libre, ¿de dónde nace esa sed insaciable? Comprendí entonces que ese anhelo no empezó conmigo; viene latiendo desde mis ancestros. Fue allí donde ocurrió la revelación y, como murmuran los hilos invisibles de las constelaciones, le hablé desde la hondura de mi alma: «Soy libre. Honro tu batalla, pero esta no es la historia que a mí me toca librar. Soy libre; no tengo ya por qué pelear». Me conmueve e impresiona el peso silencioso de estas lealtades que heredamos.
Al observar a las mujeres que descendemos de mi abuela, diviso una estirpe de amazonas. Mi abuela no concibió varones; trajo al mundo a cinco mujeres. Una de ellas partió a los dos años, víctima de la meningitis, dejando una grieta de duelo que aún resuena en la lealtad inconsciente de nuestro linaje. De las cuatro hermanas que sobrevivieron, el destino de tres estuvo ensombrecido por la sumisión ante los hombres, hasta que reunieron la fuerza para luchar y romper ese cerco. La cuarta, en cambio, erigió su vida con una fortaleza indómita e independiente; una mujer en cuyo carácter y decisiones reconozco, como frente a un espejo, la horma de mi propia vida.