Nuestra historia comenzó bajo la sombra de una costumbre antigua: mi abuela fue una india entregada en matrimonio mucho antes de cumplir los dieciocho años a un hombre maduro que le doblaba la vida. De esa unión nacieron cinco hijas, pero la muerte, implacable, se llevó a una de ellas cuando apenas cumplía los dos años. Quedaron cuatro hermanas, entrelazadas por un mismo destino de raíz y supervivencia.
Cuando la enfermedad se llevó a mi abuela, el tiempo en la casa se detuvo. Mi abuelo no logró soportar la ausencia de quien, en silencio y desde la sombra, había sido el pilar inquebrantable de su existencia; un año exacto después, se dejó ir. Sus hijas supieron entonces que él no murió de viejo ni de enfermo, sino de una tristeza infinita por la falta de la mujer que sostenía su mundo. Fue ahí donde se marcó el primer rasgo de nuestra historia: para sus hijas, quedó grabado a fuego que en una relación la mujer es la verdadera fuerza, la que sostiene y da vida.
Con el peso de esa ausencia, cada una de las cuatro hermanas trazó su propio camino. El destino pareció marcarles un patrón caprichoso: todas habrían de transitar dos matrimonios.
La mayor de las tías erigió un carácter de hierro ante los hombres. Jamás se dejó doblegar; dominaba las relaciones, manejaba el rumbo de su vida y fue, hasta el último día, dueña absoluta de sus decisiones. Otras dos hermanas recorrieron senderos ásperos; sus primeros matrimonios fueron escenarios de hostilidad y amargura, pero supieron erguirse sobre sus ruinas, salir de allí y volverse firmes e inquebrantables.
La menor de todas, mi madre, llevó la peor parte. Le tocó enfrentar un primer matrimonio empañado por la violencia desgarradora, una oscuridad tal que la obligó a huir para salvar la vida, con el dolor inconmensurable de tener que dejar atrás a sus primeros hijos. Años más tarde, el destino le dio revancha y tuvo dos hijos más. Una de ellas soy yo.
Así se fue forjando la tercera generación de lo que en mi constelación se llama un linaje de amazonas. Las mujeres que nacimos después heredamos una sangre encendida: de carácter indomable, peleadoras, a ratos hostiles, como si el alma guardara el eco de las batallas no resueltas de nuestras antecesoras. Mi hermana y yo no fuimos la excepción; recorrimos el mismo patrón familiar de dos parejas. La primera fue un territorio de lucha y conflicto del que tuvimos que salir peleando; la segunda, por fin, un remanso junto a hombres de buen corazón.
Sin embargo, las sombras del pasado a veces asoman en el presente. Cada vez que una sombra de amenaza cruza por mi mente, mi pareja me mira, escucha la misma frase que brota de mi garganta como un escudo automático y me hace ver la herida que aún arrastro. Porque cuando me siento acorralada, no puedo evitar repetir el lema con el que las mujeres de mi sangre aprendieron a sobrevivir al dolor:
«Yo no soy sumisa de nadie, y nunca lo voy a ser».