Hay días en los que el cuerpo no para de temblar, en los que el corazón late cada vez más fuerte y siento un vacío en el pecho. Esos días, lo único que parece calmarme es el cigarrillo.
No me puedo concentrar; me distraigo fácilmente. Mis pensamientos no paran, la ansiedad aumenta y mis manos tiemblan y necesitan mantenerse ocupadas para calmarse. Es como si mi cabeza estuviera intentando resolver mil problemas al mismo tiempo, incluso problemas que todavía no existen.
La ansiedad no siempre tiene una explicación. A veces puedo reconocer que la desencadena: una discusión, una preocupación, el miedo a perder a alguien, una situación laboral o algún pensamiento que se instala en mi cabeza y no puedo detener. Pero otras veces simplemente aparece. Puedo estar teniendo un día completamente normal y, de repente, comienzo a sentir que algo malo va a pasar.
Una de las cosas más difíciles es explicarle a otra persona lo que se siente. Desde afuera quizás parezca exagerado. Te dicen: “tranquilízate”, “no pienses tanto” o “no pasa nada”. Pero justamente el problema es que, aunque una parte de mí sepa que probablemente no esté pasando nada, mi cuerpo y mi mente reaccionan como si existiera un peligro real.
El corazón se acelera. Me cuesta concentrarme. Siento tensión en el cuerpo. Aparece la necesidad de hacer algo inmediatamente para terminar con esa sensación. Y cuanto más intento controlar lo que estoy sintiendo, más consciente me vuelvo de cada síntoma.
También están los pensamientos. Para mí, esa es una de las partes más agotadoras.
Pensar una situación una y otra vez. Imaginar conversaciones que todavía no sucedieron. Preguntarme qué quiso decir alguien con una palabra, un gesto o un silencio. Pensar en todas las posibilidades, generalmente empezando por las peores.
¿Y si pasa algo?
¿Y si me equivoco?
¿Y si me dejan?
¿Y si aquello que tanto miedo me da finalmente sucede?
La mente puede convertir una pequeña duda en una historia completa. Y cuando esa historia empieza a crecer dentro de mi cabeza, muchas veces termino sufriendo por situaciones que todavía no ocurrieron.
Con el tiempo tuve que aprender algo que todavía me cuesta poner en práctica: no todo lo que pienso es necesariamente real.
Un pensamiento puede generar miedo sin convertirse en realidad. Una inseguridad no es una certeza. Y sentir que algo malo va a suceder no significa que realmente vaya a suceder.
Aprender esto no hizo desaparecer mi ansiedad. Todavía tengo días difíciles. Todavía existen momentos en los que quisiera apagar mi cabeza durante algunas horas y simplemente descansar de mis propios pensamientos.
Porque la ansiedad también cansa.
Cansa físicamente.
Cansa emocionalmente.
Cansa estar constantemente anticipando problemas, intentando controlar situaciones que no dependen de uno y buscando respuestas para preguntas que quizás nunca las tengan.
Pero también fui aprendiendo a reconocerme. A identificar cuándo necesito parar, hablar con alguien, distraerme, respirar, descansar o pedir ayuda. Algunas veces funciona rápidamente y otras necesito más tiempo.
Antes pensaba que debía luchar contra cada emoción desagradable que aparecía. Hoy intento comprender que quizás no siempre se trata de luchar.
A veces se trata simplemente de atravesarla.
Recordarme que ya sentí esto antes.
Que parecía interminable.
Y que, sin embargo, terminó pasando.
La ansiedad puede hacerme creer que estoy nuevamente frente a un peligro enorme. Mi desafío es aprender, poco a poco, a diferenciar aquello que realmente está sucediendo de todo lo que mi mente teme que pueda suceder.
Todavía estoy aprendiendo.
Todavía hay días en los que la ansiedad gana.
Pero también existen días en los que logro reconocerla antes de que ocupe todo el espacio.
Y esos días también cuentan.