Me pediste que volviera a hablar de nuestro amor,
que lo nombrara como se nombra aquello que fue maravilloso,
efervescente,
como si entre nosotros solo hubiesen existido
la risa, el deseo y las tardes interminables.
Y quisiera hacerlo así, créeme.
Quisiera hablar de nosotros
como quien contempla una obra terminada
sin recordar las grietas de la arquitectura.
Pero la verdad es otra.
Va a ser difícil llevar esta nostalgia,
este dolor abrumador que se me instala en el pecho
como una ecuación sin solución,
como una incógnita que por más que despeje
siempre termina llevándome hasta ti.
Porque sé que te perdí.
Y quizá esa sea la parte más cruel de esta historia:
comprender que existen distancias
que ningún abrazo consigue vencer,
y finales para los que ninguna palabra
encuentra una corrección posible.
Aun así,
¿cómo podría negar que alguna vez me quisiste con toda el alma?
¿Cómo borrar de mi memoria
la forma en que me mirabas,
las veces que tu presencia hacía pequeño al mundo,
o aquella manera tan tuya de existir
que terminó convirtiéndose en parte de mi propia existencia?
¿Cómo olvidar ese perfil griego
que tantas veces contemplé en silencio,
esa silueta que quedó grabada
en algún rincón irreparable de mi memoria?
Todavía puedo reconstruirte.
Tu rostro.
Tu mirada.
La curva de tu sonrisa.
La forma en que te concentrabas
cuando hacías aquellas cuentas con los dedos,
como si estuvieras resolviendo un problema
cuyo procedimiento solo tú comprendías.
Y yo te observaba.
Quizá nunca supiste
cuánto amaba esos pequeños instantes.
Esas manías que solo tú y yo conocíamos,
esos gestos insignificantes para cualquiera,
pero que para mí eran coordenadas exactas
de un territorio que solamente nosotros habitábamos.
Y tus berrinches…
Dios, cuánto los extraño.
Aquellas pequeñas tormentas que alguna vez quise calmar
hoy son recuerdos que quisiera volver a vivir,
aunque fuera por unos segundos,
aunque tuviera que atravesar nuevamente
cada discusión, cada silencio, cada reconciliación.
Porque ahora comprendo algo:
uno nunca extraña únicamente a una persona;
extraña también la versión de sí mismo
que existía cuando estaba a su lado.
Y yo extraño al hombre que era contigo.
Por eso los recuerdos llegan sin pedir permiso,
con una precisión casi cruel,
como si hubiese sido ayer.
A veces cierro los ojos
y todavía puedo encontrarte en esos pequeños detalles
que el tiempo no consiguió destruir.
Entonces comprendo
que el amor no siempre desaparece
cuando dos personas dejan de caminar juntas.
A veces cambia de forma.
Se vuelve recuerdo,
nostalgia,
silencio.
Se convierte en esa extraña costumbre
de encontrar tu rostro entre mis pensamientos
cuando ya no tengo derecho a buscarlo.
Me pediste que hablara de nuestro amor
como algo maravilloso y efervescente.
Y sí…
Lo fue.
Pero también fue humano.
Tuvo imperfecciones,
silencios,
berrinches,
errores,
distancias
y heridas.
Y, aun entre todas esas variables imperfectas,
existió algo extraordinario:
nosotros.
Tal vez por eso duele tanto.
No solamente por el final,
sino por saber que hubo un tiempo
en que dos personas se encontraron,
se reconocieron,
se quisieron profundamente
y llegaron a creer, aunque fuera por un instante,
que aquello podía durar para siempre.
Ahora solo me queda agradecer
por lo que fuimos,
por lo que aprendimos,
por cada pequeño gesto que hoy parece enorme.
Y si alguna vez la memoria te lleva hasta mí,
no quiero que encuentres rencor.
Prefiero que recuerdes
aquel perfil griego,
tus cuentas hechas con los dedos,
tus manías,
tus berrinches,
y la forma en que alguna vez
nos miramos creyendo que el mundo
podía quedarse quieto alrededor de nosotros.
Porque si alguna vez alguien me pregunta
qué fue lo más hermoso que me dejó el amor,
probablemente no sabré explicarlo.
Solo diré tu nombre.
Y guardaré silencio.
No porque no tenga nada más que decir,
sino porque hay historias
que, después de haberlo significado todo,
merecen terminar
sin necesidad de una última palabra.