A veces me pregunto en qué momento aprendí a decir “estoy bien” sin siquiera pensarlo.
Creo que empezó cuando entendí que a la gente le resulta más fácil escuchar que estás bien que preguntarte qué te pasa.
Entonces aprendí.
Aprendí a sonreír cuando no tenía ganas. A contestar mensajes como si nada. A hacer chistes cuando por dentro estaba cansada. A decir “no pasa nada” incluso cuando sí pasaba.
Y funcionaba.
Todos seguían con su día.
Nadie se preocupaba.
Nadie insistía.
Y yo tampoco decía nada.
No porque no quisiera hablar. Muchas veces quería. Quería que alguien se diera cuenta sin que yo tuviera que explicarlo todo. Quería que alguien me mirara un segundo más y me dijera: “Sé que me estás diciendo que estás bien, pero no te creo”.
Pero casi nadie lo hizo.
Así que me acostumbré a guardarme las cosas.
Y lo raro es que cuanto más tiempo pasaba, mejor me volvía fingiendo.
Hasta que un día alguien me preguntó cómo estaba y, por primera vez, no pude decir “bien”.
Me quedé callada.
No sabía qué responder.
Porque tenía tantas cosas acumuladas que no sabía cuál contar primero.
Y ahí entendí algo que me dio un poco de tristeza:
había pasado tanto tiempo intentando que nadie se preocupara por mí que terminé haciendo que nadie supiera que necesitaba que se preocuparan.
No necesitaba que alguien me salvara.
No necesitaba que resolvieran mi vida.
Solo quería sentir que, si algún día no podía más, podía decirlo.
Que podía llorar sin tener que explicar por qué.
Que podía estar mal sin sentir que estaba molestando.
Que podía ser vulnerable sin que eso cambiara la forma en que alguien me veía.
Desde entonces intento decir la verdad un poco más.
Si estoy cansada, digo que estoy cansada.
Si algo me duele, intento decirlo.
Si extraño a alguien, lo acepto.
Si necesito estar sola, me doy ese espacio.
Y si un día no estoy bien, ya no siento que tenga que esconderlo.
Porque entendí que quizás nunca fui tan fuerte como todos pensaban.
Solo aprendí a esconder muy bien cuando necesitaba que alguien me abrazara.
Y ahora, cuando alguien me pregunta “¿cómo estás?”, a veces todavía respondo “bien”.
Pero otras veces respiro, pienso un segundo y digo la verdad.
Porque quizás no necesitaba que alguien adivinara lo que me pasaba.
Quizás solo necesitaba sentir que podía contarlo.