Damian esperaba en la biblioteca. No podía dejar de repasar la última vez que se habían visto y abochornarse una y otra vez.
Esos estúpidos juegos de niños... Tal vez podría haber mentido. Después de todo, ¿quién iba a averiguar si lo que decía era cierto o no? Además, ¿qué más daba su lista de experiencias con otras personas? No sería ni el primero ni el último hombre de la Tierra en ser casto. Algunos incluso tomaban esa decisión como una forma de vida.
Entonces, ¿por qué su cabeza se empecinaba en volver una y otra vez a aquella escena vergonzosa? ¿Por qué tenía que recordar el momento exacto en que había dicho, frente a todos, que nunca había estado con otra persona?
Llevaba treinta minutos esperando. La hora del encuentro se había retrasado. Ella le había dicho que vendría; sin embargo, estaba tan molesta por su confusión de nombre que no le sorprendería que finalmente lo dejara plantado.
Confundí su nombre y luego dije frente a todos algo tan vergonzoso. ¿Qué clase de broma cruel del destino es esa?
Dicen que todo tiene su parte buena.
Pues bien, destino, vida, universo... muéstrame qué tiene de bueno esto. Repito: ¿qué tiene de bueno esto?
Un saludo lo sacó de sus pensamientos.
—¡Hola, Damian!
Levantó la mirada.
Loures estaba frente a él. Sonreía con naturalidad, como si no hubiera pasado nada la noche anterior.
Vestía en tonos claros. Llevaba una camiseta blanca, ajustada al cuerpo y de tirantes finos, que marcaba delicadamente su figura y dejaba ver su vientre plano. El jean claro, de tiro bajo y corte chupín, se ceñía a sus caderas y estilizaba aún más su silueta. Unas zapatillas sencillas completaban el conjunto y, junto con su postura, le daban una apariencia esbelta y despreocupada.
Su cabello largo y ondulado, de un marrón claro, caía por debajo de sus hombros. El sol de primavera había dejado sobre su piel un tono dorado, aunque más suave que el de Damian.
Él, en cambio, llevaba una camiseta oversize verde y unas bermudas cargo negras. Su espalda ancha y definida delataba las horas de natación, y el sol de primavera había bronceado su piel con mayor intensidad. Tenía el cabello ligeramente ondulado, apenas largo, con algunos mechones que caían de forma desordenada sobre su frente.
A simple vista, parecían vestir de maneras completamente distintas, pero había algo en ambos que los hacía encajar: la despreocupación propia de una tarde cualquiera y esa cercanía que, para Damian, ya estaba empezando a significar demasiado. Quizás lo peor era que, sentado junto a Loures, empezaba a notar detalles que antes había pasado por alto.
La forma en que su ropa acompañaba cada uno de sus movimientos. La caída de su cabello sobre los hombros. La manera en que se acomodaba en la silla sin preocuparse demasiado por cómo la estaba observando.
Damian intentó apartar esos pensamientos.
No era buena idea fijarse tanto en ella.
—Hola, Lourdes. ¿Esta vez lo dije bien?
—Sí, como sea, no te preocupes.
—Parecías molesta cuando te dije Lurdes anoche.
—Lo estaba, de hecho, ni siquiera esta vez has logrado decirlo de forma correcta.
Loures inclinó ligeramente la cabeza. Una sonrisa pequeña apareció en sus labios.
—Pero la venganza es un plato que se sirve frío.
—¡Qué miedo! —Damian sonrió, aunque no pudo evitar cierta cautela.
—Deberías tenerlo.
Mientras hablaba, Loures se acercó un poco más. No lo suficiente como para que pareciera intencional, pero sí lo bastante para que Damian tuviera que levantar ligeramente la cabeza para mantenerle la mirada.
—Ahora sí me dio miedo. ¿Qué estás planeando?
—De verdad voy a vengarme o castigarte en algún momento.
La sonrisa de Loures se volvió más lenta, más juguetona.
—Aunque prometo avisarte cuando vaya a pasar.
—¿Eso debería tranquilizarme?
—No necesariamente.
Se inclinó apenas un poco más hacia él. Solo unos centímetros. Lo suficiente para que Damian percibiera su perfume antes de que ella volviera a recuperar la distancia.
—No sería divertido si no supieras que está por pasar algo que no puedes controlar.
Damian tragó saliva.
—Está bien, supongo.
Ella sonrió al escuchar aquella respuesta y volvió a su lugar.
—Supongo.
Damian frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada.
Loures tomó asiento junto a él.
Damian pensó que mantendría cierta distancia, pero ella acercó un poco más su silla hasta quedar prácticamente a su lado. Sus brazos quedaron separados apenas por unos centímetros.
Ella no parecía darle importancia.
Él sí.
Intentó concentrarse en el proyecto. Ambos comenzaron a trabajar, inclinados sobre los apuntes. De vez en cuando, Loures lo tocaba en el brazo para preguntarle algo o señalar alguna parte del trabajo. Eran contactos breves, casi casuales, aunque a veces sus dedos permanecían allí un instante más, deslizándose apenas sobre su piel antes de retirarse.
Pequeñas caricias disfrazadas de gestos inocentes.
Para ella no parecían significar nada.
Para Damian, cada una era una prueba más de que mantener la calma iba a ser imposible.
La piel se le erizaba cada vez que lo rozaba. Intentaba continuar con el proyecto, leer las mismas líneas una y otra vez, pero su concentración se desvanecía con una facilidad desesperante.
Y cuando Loures le hablaba, aquello se volvía todavía peor.
Damian levantaba la mirada para responderle, pero sus ojos traicionaban cualquier intento de normalidad. Primero buscaban los de ella y, casi de inmediato, descendían hasta sus labios.
Siempre sus labios.
Eran suaves, definidos, con un brillo tenue que hacía que parecieran constantemente húmedos. Loures tenía la costumbre de morderse el labio inferior cuando pensaba, apenas un roce de los dientes antes de soltarlo. Después pasaba la lengua sobre él con naturalidad, devolviéndole ese brillo que hacía que Damian tuviera que recordar, una y otra vez, dónde estaba.
Parecía una invitación.
Una de esas que no se pronuncian porque no necesitan palabras.
Damian no sabía si Loures lo hacía a propósito. No había nada en su expresión que pudiera delatarla; seguía hablando, señalando los apuntes, comportándose con absoluta naturalidad. Y, sin embargo, cada vez que lo hacía, él tenía la absurda sensación de que estaba siendo provocado.
—¿Entonces esta parte la dejamos así? —preguntó ella.
Damian levantó la mirada.
Sus ojos encontraron los de Loures durante apenas un instante antes de volver a caer, inevitablemente, sobre su boca.
Ella se mordió el labio.
Damian tragó saliva.
—Sí —respondió demasiado rápido—. Está bien.
Loures lo observó unos segundos.
—¿Seguro?
Él asintió, incapaz de confiar en su voz.
Bajó la mirada hacia el proyecto.
Mantén la calma, Damian. Mantén la calma.
Respiró hondo.
Termina y vete.
Pero ya ni siquiera sabía qué le resultaba más difícil: ignorar el roce de su mano sobre su brazo o dejar de mirar unos labios que parecían estar invitándolo a acercarse.
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Dos horas después, habían avanzado bastante e incluso estaban cerca de terminar.
—Qué ventaja hacer el marco teórico —comentó Damian mientras revisaba el documento.
—Si tú lo dices.
—¿Lourdes, estás molesta?
—No. Solo cansada.
Se echó ligeramente hacia atrás y estiró los hombros.
—Fueron dos horas citando en APA. Créeme, para nada es placentero. No creas que estoy molesta, por favor. No te preocupes por eso.
Después de estirarse, volvió a reclinarse en la silla y lo miró mientras sonreía.
Damian no había pasado tanto tiempo a solas con ella como para apreciar de cerca una de esas sonrisas. Y aquella, en particular, parecía ser solo para él.
No se había dado cuenta de que, cuando sonreía así, sus ojos se achinaban tanto que sus pestañas parecían formar un pequeño abanico. Su sonrisa era amplia y luminosa.
Era muy linda.
Qué lejos quedaba aquella primera impresión de chica seria que le había dado la primera vez que la vio.
Desvió la mirada.
Sintió cómo se ruborizaba lentamente, cómo el calor comenzaba a subirle por las mejillas. Intentando disimularlo, dijo tímidamente:
—Déjame invitarte un café.
—Mejor los pago yo, pero ve a comprarlos tú. La verdad, no quiero caminar.
Sacó dinero de su mochila y se lo entregó.
Cuando Damian extendió la mano para recibirlo, sus dedos se rozaron apenas.
Fue un contacto insignificante.
Tan breve que cualquiera habría podido ignorarlo.
Damian no lo hizo.
Loures tampoco pareció notarlo.
—Está bien. ¿Algo en especial?
—Solo negro, sin azúcar.
Damian se levantó y se dirigió hacia la cafetería.
No fueron más de diez minutos de espera, pero aquellos minutos se convirtieron en un pequeño descanso. Habían congeniado bien. Sus ideas encajaban sin problemas y, sin duda, eran un buen equipo.
Era más fácil encontrar a alguien con quien escribir un marco teórico que a alguien con quien tener una conversación divertida.
Definitivamente, la soledad parecía la opción más viable.
Nadie parecía tener mis mismos intereses y tampoco yo parecía tener los mismos intereses que los demás.
Finalmente recibió los dos cafés y regresó a la biblioteca.
—Son para mí —aclaró Damian cuando el encargado lo miró.
—Pueden tomarlos dentro, siempre que no tengan libros.
—Está bien. Solo estamos con nuestras laptops.
El encargado asintió.
—De acuerdo. Pero la biblioteca cierra en treinta minutos.
Damian miró hacia el reloj.
—¿Hoy?
—Sí. Tenemos que reparar las cámaras. Dejaron de funcionar hace unos días y necesitamos cerrar antes para hacer el trabajo.
—Entiendo.
—Por favor, avísales a los que están en la sección a la que vas, si no es mucha molestia. No deseo caminar hasta allá.
—Sí, no se preocupe. Estoy al final, así que avisaré a los que estén de paso.
—Gracias.
Damian pasó avisando a todos los que pudo antes de regresar hacia la zona más apartada de la biblioteca.
Era también la más tranquila.
Allí estaba Loures, esperándolo.
Cuando lo vio acercarse, levantó la mirada y sonrió.
—¿Ya los tienes?
—Sí. Tomemos el café y vámonos. Hoy cerrarán temprano, problemas con las cámaras.
—Perfecto.
Damian dejó el café frente a ella.
—Nos quedan unos veinticinco minutos, supongo. Antes de que nos saquen a los empujones.
Loures tomó el vaso entre ambas manos y lo miró por encima del borde.
—Supongo que sí.
Damian sonrió.
—¿Qué?
—Nada.
Ella dio un pequeño sorbo.
—Supongo que podemos tomarlos aquí.
—Sí.
—Y supongo que podemos charlar.
Damian soltó una pequeña risa.
—¿Ah? ¿Ahora qué?
Loures se rio.
—Nada. Es que dices "supongo" muchas veces.
Se inclinó un poco hacia él, apoyando un brazo sobre la mesa.
—Supongo que supones muchas cosas.
—Sí, eso supongo.
Ambos rieron.
La tensión se había disipado... o al menos eso creyó Damian.
Loures dejó el café sobre la mesa y se acomodó en la silla. Al hacerlo, acercó una de sus piernas a la de él. Apenas se rozaron.
Ella no se apartó.
Damian sí movió ligeramente la suya.
Loures lo observó durante un instante.
No dijo nada.
Simplemente sonrió.
—Eres bastante simpático.
—¿Eso es bueno?
—Sí.
Su mirada recorrió brevemente su rostro antes de volver a sus ojos.
—No entiendo cómo aún eres virgen.
Damian se quedó inmóvil.
Ella acababa de tocar un tema sensible y toda la vergüenza volvió a invadir su cuerpo. Se atragantó con un poco de café y comenzó a toser.
Loures se inclinó inmediatamente hacia él.
—¿Qué pasa? ¿Dije algo malo?
Apoyó una mano sobre su antebrazo. Su tono era burlón, con fingida condescendencia.
El contacto duró apenas un instante, pero Damian sintió cómo su cuerpo se tensaba.
—No fue mi intención —continuó ella—. Como lo contaste frente a todos, pensé que no tenías problemas en que habláramos de eso.
Retiró la mano con tranquilidad. Damian bajó la mirada.
—Era un estúpido juego. Solo respondí.
—¿Pero es verdad?
Loures se acercó un poco más. Tanto como para que sus piernas se rozaran nuevamente.
—¿Aún no has estado con nadie?
—No. No he estado con nadie.
Intentó restarle importancia.
—Eso no tiene ninguna importancia.
Loures lo observó en silencio.
Esta vez no parecía burlarse de él. Tampoco mostraba lástima.
Solo curiosidad.
—¿No te gustaría intentarlo?
Damian enmudeció.
Loures esperó. No lo presionó. Solo mantuvo la mirada sobre él.
Después de unos segundos, rompió el silencio.
—Yo puedo ayudarte.
Hizo una pausa.
—Si tú quieres.
Damian levantó la mirada.
—¿Cómo?
Loures sonrió.
Esta vez no fue una sonrisa burlona. Había algo más en ella. Una seguridad tranquila que hacía que Damian se preguntara cuánto de aquella conversación había sido planeado desde el principio.
—Tómalo como otro juego tonto, pero con una recompensa.
Se acercó un poco más. Sus cuerpos estaban casi pegados el uno al otro.
Damian pudo sentir nuevamente su perfume.
—Si eres tan inteligente como sospecho, ya te habrás dado cuenta de que nuestro marco teórico es excelente.
Sus dedos recorrieron distraídamente el borde del vaso.
—Eso me hace pensar que podríamos funcionar bien como equipo.
Hizo una pausa deliberada.
—Y quizás no solo en proyectos.
Damian permaneció callado.
Loures parecía perfectamente cómoda con la cercanía entre ambos. Él, en cambio, era cada vez más consciente de que ya nada los separaba.
—Tómalo como un juego, o como un experimento —continuó—. Tú me prestas tu cuerpo y yo te presto el mío.
Lo dijo con naturalidad, como si estuviera proponiendo una actividad académica.
—Ambos exploraremos lo que deseamos aprender, y la ganancia será para los dos.
Damian no sabía qué responder.
Loures ladeó ligeramente la cabeza.
—Tengo la ventaja de que nunca has estado con alguien, y puedes ser mi lienzo.
La palabra hizo que Damian levantara las cejas.
Ella sonrió al notarlo.
—Y tú tienes la ventaja de que yo tengo más información que tú, y puedo compartirla contigo.
Damian estaba sorprendido.
Esto era culpa de aquel estúpido juego. Quizás... ¿esta sería la parte buena? Respiró profundamente.
—Sí.
Loures esperó. Una sonrisa apareció lentamente en los labios de ella.
—¿Te gustaría intentarlo conmigo?
—Sí. Sabes que sí.
Loures sostuvo su mirada durante unos segundos. Luego sonrió ampliamente antes de responder:
—Lo sé.
Damian permaneció inmóvil. Ahora era imposible ignorar lo cerca que estaban. Podía sentir el calor del cuerpo de Loures junto al suyo, percibir su presencia incluso sin tocarla. Solo entonces fue plenamente consciente de que ella había ido acortando la distancia entre ambos poco a poco durante toda la tarde, hasta instalarse dentro de un espacio que él siempre había considerado demasiado personal.
Y lo peor era que ya no sabía si quería que se alejara.
Intentó apartar la mirada, pero durante unos segundos fue incapaz de hacerlo.
Loures seguía allí, tan cerca, mirándolo con aquella sonrisa que parecía no tener ya ninguna intención oculta.
Pero esta vez se detuvo antes de tocarlo.
—Necesito tu confirmación antes de avanzar con la muestra —dijo, con esa seriedad falsa que usaba para las cosas que más en serio decía—. No sirve un dato si no sé si lo quisiste dar.
Por una fracción de segundo, antes de que él pudiera contestar, algo en su expresión se quedó quieto un instante de más — no era duda, era otra cosa, algo que desapareció tan rápido que Damian no llegó a preguntarse qué había sido.
Damian asintió, sin saber muy bien a qué acababa de decir que sí.
Loures tomó su café y dio otro pequeño sorbo. Luego se apartó sutilmente de Damian, dejando entre ambos unos centímetros de distancia.
Fue una pequeña tregua para él.
Damian sintió cómo la tensión abandonaba poco a poco sus hombros mientras recuperaba el aire que ni siquiera se había dado cuenta de que estaba conteniendo.
Loures dejó nuevamente el vaso sobre la mesa, completamente tranquila, como si no hubiera ocurrido nada.
Él, en cambio, necesitó unos segundos para recomponerse.
—Antes de seguir necesitamos protocolo —dijo ella, con la misma seriedad clínica con la que hablaría de un trabajo de campo—. Si esto va a ser un experimento, necesita método. Si no, es solo un accidente con ropa de por medio, y a mí los accidentes no me interesan.
Damian levantó la mirada.
—Primero: esto es sobre aprender. Cada encuentro es un dato, ¿entiendes? No hay encuentro inútil. Aunque salga mal, aunque no sepas qué hacer con las manos —lo miró con una media sonrisa—, sobre todo entonces. Ahí es cuando más se aprende.
Loures hizo una pausa y lo miró fijamente antes de continuar.
—Segundo: no hay exclusividad. No somos nada, en el sentido en que la gente usa esa palabra. Los dos seguiremos aprendiendo con quien haga falta. ¿Para qué arruinarlo poniéndole nombre a algo que funciona mejor sin uno?
Damian permaneció en silencio, escuchándola con atención.
—Y esto en realidad es la misma condición dicha dos veces, así que cuenta como una sola. —Levantó un dedo—. No te enamores.
Damian soltó una pequeña risa nerviosa.
—Seis meses, Damian. Eso es lo que dura el proyecto en esta ciudad. Ninguno de los dos necesita cargar algo que no entra en la valija cuando esto termine.
Lo observó unos segundos, como quien revisa que un instrumento esté bien calibrado antes de usarlo.
—Y la última es la que de verdad importa, más que todas las anteriores juntas: si algo te incomoda, si algo duele de una forma que no debería doler, lo dices. En el momento. No dos días después, por mensaje. —Se inclinó hacia él—. Eso no es una condición del experimento. Es lo único no negociable. No estás aquí para complacerme a mí. Estás aquí para aprender de ti mismo. Yo pongo el protocolo. Tú ya eres el lienzo.
Damian tragó saliva.
Loures continuó, esta vez con un tono un poco más sereno:
—Primero aprenderás a reconocer qué te da placer antes de aprender a darlo. Si no sabes lo que te gusta, difícilmente podrás intentar algo con otra persona.
Damian se sonrojó.
—Es imposible... Creo que cada quien sabe lo que le gusta. Digo, uno se conoce a sí mismo.
Loures sonrió.
—Dami, ya verás que hasta aquello que crees conocer puede sentirse completamente distinto cuando lo compartes con otra persona.
La seguridad con la que hablaba consiguió ponerlo todavía más nervioso.
Loures sostuvo su mirada unos segundos más. Después, casi imperceptiblemente, dejó que sus ojos descendieran hacia él.
Damian sintió que el calor le subía al rostro.
Intentó mantenerse sereno, pero su cuerpo ya había reaccionado a la cercanía, a sus palabras, a aquella manera despreocupada de mirarlo. No necesitó comprobarlo para saber que ella lo había notado. Su autocontrol duró mucho menos que su intención de conservarlo. Una respuesta involuntaria se hizo evidente bajo la ropa, dejándolo sin saber dónde mirar.
Loures volvió a mirarlo a los ojos.
Damian apartó la mirada.
Había querido demostrar que podía mantener el control, que aquello no lo afectaba tanto como parecía; sin embargo, la reacción de su cuerpo fue inmediata y demasiado evidente para que pudiera fingir que no estaba ocurriendo. Su propio cuerpo acababa de responder por él.
Y Loures lo sabía.
Loures movió la mano con absoluta tranquilidad hasta apoyarla sobre la ropa, allí donde el cuerpo de Damian acababa de traicionarlo.
Él se quedó inmóvil.
No hacía falta que ella explicara nada. Aquel gesto era su manera de decirle que lo había notado.
Loures sostuvo su mirada durante unos segundos, completamente serena.
El cuerpo de él reaccionó antes de que su mente pudiera siquiera ordenarle que se detuviera, y no hubo forma de disimularlo bajo la tela ni bajo la mano de ella. Loures lo notó de inmediato, y no hizo ningún esfuerzo por fingir que no lo había notado. Era una evidencia que no admitía discusión: él ya estaba perdido desde el segundo exacto en que su cuerpo había respondido antes que su cabeza.
Damian miró alrededor.
En la biblioteca todavía quedaban algunas personas, aunque en el sector donde ellos estaban casi no había nadie.
—¿Qué haces...? —preguntó con la voz temblorosa, conteniendo el aliento.
Loures se inclinó apenas hacia él, divertida por su desesperación.
—¿Tienes miedo?
—¡Es la biblioteca! Claro que me incomoda...
De repente, ella retiró la mano.
Loures simplemente sonrió y volvió a acomodarse junto a él.
Por un segundo, Damian respiró aliviado, creyendo que todo había terminado; que el peligro de ser descubiertos haciendo algo inapropiado había desaparecido.
Pero el alivio duró poco.
Su cuerpo seguía delatándolo. Sentía el calor acumulado, la tensión que se negaba a desaparecer y la certeza incómoda de que, después de aquello, ya no podía fingir que nada estaba ocurriendo.
Loures permaneció a su lado.
No necesitó acercarse más.
Ya no quedaba espacio entre ellos.
—¿Recuerdas que te dije que algún día me vengaría por intentar cambiar mi nombre? Di mi nombre —susurró, con un brillo calculador en los ojos.
Damian la miró, desconcertado.
—Di mi nombre.
—¿Qué?
—Mi nombre. Dilo.
—Lourdes.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—No.
Damian intentó responder, pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta.
Entonces ocurrió algo que jamás había experimentado.
Sintió el contacto de la piel de Loures allí donde, hasta ese momento, siempre había existido una barrera entre su cuerpo y el de los demás. La ropa, aquella frontera cotidiana que nadie cuestionaba, había dejado de ser una separación entre ellos. La mano de Loures rodeaba su masculinidad.
Damian se quedó inmóvil.
Por un instante, la biblioteca desapareció. Las mesas, los libros, las voces lejanas... todo quedó reducido a un segundo plano. Solo podía percibir aquella cercanía y la desconcertante certeza de que Loures acababa de llegar hasta un lugar de su intimidad que, hasta entonces, solo le había pertenecido a él.
Su primer impulso fue apartarse.
Pero no lo hizo.
Una parte de él todavía le decía que aquello era demasiado atrevido, que estaban en una biblioteca y que deberían detenerse. Otra, mucho más nueva y difícil de ignorar, quería descubrir qué había al otro lado de aquel límite.
No era miedo lo que lo mantenía allí.
Era curiosidad. Deseo. La necesidad casi inexplicable de saber qué podía sentir si dejaba de resistirse.
Y, por primera vez, Damian comprendió que podía elegir no apartarse.
Loures debió percibirlo, porque su expresión cambió apenas. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
El juego había comenzado.
En algún lugar de su cabeza, Damian todavía llevaba la cuenta: veinte minutos, tal vez menos, antes de que alguien viniera a decirles que se fueran. Ese límite, en vez de asustarlo, le sumó urgencia a todo lo demás.
—Di mi nombre —le susurró junto a su oído. Antes de apartarse, rozó lentamente el lóbulo con la lengua, un gesto breve, inesperado y deliberadamente provocador.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Damian. La mano de Loures empezó a moverse, despacio, casi perezosa, como quien todavía está probando el terreno.
—¿Lourdes...? —logró articular.
Fue un error, y ella se lo hizo saber con el cuerpo antes que con la voz: cerró apenas más los dedos y aceleró el ritmo un grado, lo suficiente para que él sintiera la diferencia como un escalón bajo el pie que no esperaba.
Damian tragó saliva, comprendió entonces que la venganza nunca había consistido simplemente en hacerlo pronunciar su nombre. Había querido llevarlo hasta ese punto exacto: conseguir que él mismo dejara de resistirse.
Y lo peor era que estaba empezando a sospechar que aquello le gustaba.
—Otra vez —dijo ella, sin apurarse, sin perder ese ritmo nuevo y más firme—. ¿Cómo me llamo?
—Lo... Lourdes...
Segundo error. La mano de Loures no se detuvo esta vez a esperar veredicto: subió la velocidad de golpe, un cambio brusco que le arrancó a Damian el aire de los pulmones antes de que pudiera disimularlo con una palabra. El agarre también se endureció, más cerrado, más exigente, como si cada intento fallido le costara a él un poco más de control sobre su propio cuerpo.
—Te estás esforzando menos, no más —dijo ella, divertida, sin aflojar—. Últimas dudas antes de que decida yo sola cuándo termina esto.
Alguien pasó cerca, unas mesas más allá, arrastrando una silla. Damian contuvo el aire, seguro de que esta vez sí los habían visto, pero los pasos se alejaron hacia la salida. El bibliotecario ya debía andar cerrando las otras secciones. No quedaba tanto tiempo, y esa certeza, en vez de calmarlo, le aceleró el pulso todavía más.
El corazón de Damian comenzó a latir con fuerza. No entendía cómo una conversación podía haberse convertido en aquello tan rápidamente. Cada vez que fallaba, el ritmo de su mano se volvía un poco más rápido, un poco más duro, y él ya no lograba distinguir si el temblor en sus piernas era por el placer o por el esfuerzo de seguir de pie dentro de su propio cuerpo.
Hasta hacía unos minutos estaban escribiendo el protocolo de aquel extraño experimento.
Y ahora ella parecía decidida a demostrarle que su propio protocolo también podía utilizarse en su contra.
—Inténtalo de nuevo —lo retó, con una sonrisa fría, sin detener la mano ni un segundo—. Pero apúrate. A este ritmo no vas a durar lo suficiente para pensar la respuesta.
—Lou... Loures...
No fue suficiente, y ella lo castigó sin decir una palabra: la mano se cerró más, el ritmo se volvió casi brutal, un vaivén rápido y firme que no dejaba espacio para pensar en nada que no fuera aquello.
—¿Qué? Dilo bien. ¿Puedes ser más específico, o acaso quieres que detenga mi mano?
—Te llamas Lou...
Lo dijo bien, por fin, justo cuando ya era tarde para que sirviera de algo: el cuerpo no esperó a que terminara la frase. La velocidad, la presión, la certeza absoluta de la mano de ella lo llevaron al límite antes de que él pudiera siquiera intentar contenerlo.
Su respiración se quebró y todo su cuerpo se tensó de golpe. Cerró los ojos, mientras una oleada de sensaciones lo dejaba completamente desarmado.
Por unos segundos no pudo pensar ni hablar.
Una oleada incontenible lo atravesó y, antes de que pudiera recuperar el control, su cuerpo cedió por completo.
Durante unos segundos quedó completamente desarmado, respirando con dificultad, incapaz de pensar con claridad.
Había llegado al límite sin haber conseguido detenerlo. Por primera vez en su vida, había permitido que otra persona condujera la situación hasta un punto que él mismo desconocía.
Y lo más desconcertante no era haber perdido el control.
Era descubrir cuánto había deseado dejar de tenerlo.
Estaba expuesto, completamente vulnerable. No se atrevía a mirar hacia abajo ni a levantar la vista hacia la chica sentada a su lado.
Un nudo se le formó en el estómago al pensar en el estado en que había quedado, y en que Loures probablemente también había sido afectada por lo ocurrido.
¿Estaría molesta? ¿Avergonzada? ¿Se arrepentiría de haberlo llevado hasta allí?
Con el rostro ardiendo de vergüenza, reunió el valor suficiente para girarse lentamente hacia ella.
Y se encontró con una sonrisa.
Una sonrisa tranquila, divertida, completamente intacta. Loures parecía ser la única persona en aquella biblioteca que no había perdido el control de la situación.
Damian permaneció inmóvil.
Vergüenza. Incredulidad. Asombro.
Loures levantó lentamente la mano y la observó con una mezcla de sorpresa y diversión.
—Vaya... —murmuró.
Damian sintió que el rostro se le encendía. No quería mirar, pero tampoco podía apartar los ojos.
Loures volvió a observarlo.
—¿Siempre es así?
Damian no respondió.
Ella sonrió, como si aquella falta de respuesta fuera exactamente lo que esperaba. Acercó la mano a sus labios y, sin apartar la mirada de él, probó lentamente lo que había quedado en sus dedos.
Damian se quedó completamente inmóvil.
Loures sonrió.
—Qué suerte la mía... —dijo, casi en un susurro—. Está delicioso.
Él quiso decir algo, cualquier cosa que pusiera fin a aquella situación, pero no consiguió encontrar una sola palabra.
Loures se inclinó un poco hacia él.
—La próxima vez me darás todo. No vamos a dejar que se escape nada, ¿entendiste?
Damian apenas pudo asentir.
Ella sostuvo su mirada durante unos segundos más. Luego sonrió con esa seguridad que parecía hacerla dueña de cada segundo de aquella extraña partida.
—Soy tu creador.
Hizo una pequeña pausa, disfrutando de su desconcierto.
—Yo soy tu creador.
Damian no supo si aquello era una amenaza, una provocación o simplemente otra pieza más del protocolo que Loures acababa de terminar de escribir.
Lo único que sabía era que no podía dejar de mirarla. Ella, en cambio, parecía completamente tranquila.
—Además, me gusta cómo suena. Lou.
Se reclinó en su silla.
—Es más fácil que Loures, y así no volverás a equivocarte.
Damian soltó una pequeña risa nerviosa.
—Entonces, ¿ese es tu nombre ahora?
—No.
Loures negó lentamente con la cabeza.
—Ese es el nombre que tú vas a usar.
Lo señaló con un dedo.
—Y será el recordatorio perfecto de tus últimas palabras antes de perder esta partida.
Damian se quedó mirándola.
—¿Qué partida?
Loures simplemente sonrió.
No respondió.
Recogió sus cosas y se acomodó el cabello.
Damian seguía intentando comprender qué acababa de suceder.
Ella se inclinó hacia él.
—¿Tenía razón?
—¿Sobre qué?
—Sobre que aprender con alguien más es diferente.
Damian abrió la boca, pero no encontró una respuesta.
¿Quién se creía aquella chica?
Eran casi extraños.
Y, sin embargo, en cuestión de minutos, había conseguido desarmarlo por completo.
Habían escrito un protocolo. Cuatro condiciones simples que supuestamente debían mantenerlos a salvo.
Aprender.
No ser exclusivos.
No enamorarse.
Respetar los límites.
Pero mientras la observaba marcharse, Damian comenzó a sospechar que Loures no había diseñado aquel protocolo para protegerlos.
Tal vez lo había diseñado para convertir aquel experimento en algo que ella pudiera controlar sin que pareciera que lo estaba controlando.
Loures se dio media vuelta, lista para irse.
—Nos vemos en la semana. Ya tengo que irme.
Damian apenas logró asentir.
Ella sonrió, se inclinó y depositó un beso breve en su mejilla.
—Adiós.
Y se fue.
Damian permaneció sentado.
La observó desaparecer entre los estantes de la biblioteca.
El protocolo. La provocación. Su seguridad. La forma en que había conseguido hacerlo sentir completamente fuera de control. Y, sobre todo, aquella última pregunta.
¿Tenía razón?
Tardó una eternidad en volver a respirar del todo. Con el cuerpo todavía temblando y la garganta apretada por un nudo espeso, una sonrisa involuntaria se le dibujó en el rostro.
Solo tenía una respuesta.
—Sí... tenías razón.