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El regalo

Lowe3113

Contenido de la publicación

Pasaron los días y la escena volvía sola, sin que él la llamara. En el subte, en la ducha, en medio de una clase que no lograba seguir: la mano de Lou, el ritmo que cambiaba con cada error, su propia voz quebrándose antes de terminar la frase. Se sorprendía deseando que ella hubiera seguido un poco más —no menos, más— y cada vez que ese pensamiento aparecía, sentía una mezcla rara de vergüenza y hambre que no sabía dónde guardar.

Quería escribirle. Quería preguntarle si iban a repetirlo, o pedirle —la palabra se le atragantaba incluso pensada— que la próxima vez no se detuviera tan pronto, que fuera más, que no lo dejara ahí. Pero pedir no era algo que supiera hacer bien. Nunca había tenido que aprenderlo: en su casa, el deseo se resolvía antes de nombrarse. ¿Cómo se pedía algo así? ¿Existían palabras para eso, o simplemente había que esperar a que alguien decidiera dárselo?

Guardaba el celular sin escribir nada, otra vez.

Lou faltó a las dos reuniones siguientes del proyecto. Un resfrío, según avisó el grupo por el chat. Damian se descubrió pensando que tal vez no era el resfrío, que tal vez lo estaba evitando, que tal vez ella también necesitaba poner distancia después de lo que había pasado en la biblioteca. La idea lo angustió más de lo que hubiera querido admitir.

Consiguió su número con la excusa de coordinar una entrega. Le escribió dos borradores antes de animarse a mandar el tercero: era su cumpleaños el sábado, hacía una reunión en su casa, tenía piscina, si quería pasar. Ella contestó a los diez minutos. Ahí voy a estar. Nada más.

Sus padres se iban de viaje ese fin de semana —una escapada que llevaban planeada desde antes, coincidencia que a Damian le pareció providencial— y le habían dejado la casa, la piscina y una libertad que nunca había tenido para una fiesta propia.

Era pleno septiembre. El sol ya calentaba fuerte a la tarde, y desde temprano empezaron a llegar amigos, compañeros de la facultad, algún primo. Había música, una mesa larga con bebidas, globos que alguien había inflado de más y que ya empezaban a caer solos por el calor.

Lou llegó pasadas las cinco. Vestía por encima de la ropa de calle algo que dejaba adivinar el bikini debajo, y traía una bolsa de tela colgada del hombro.

—¿Dónde puedo dejar esto, y dónde me cambio? —preguntó, sin más preámbulo que una sonrisa.

—El baño de visitas está ahí, en la planta baja —señaló Damian—. Y después dejas la cartera en el placar que está al lado, para que no se moje ni se pierda entre la ropa de todos.

—Gracias. —Se acercó un paso más de lo necesario antes de entrar—. Ah, y una cosa. Si no hablas hasta que yo te lo permita, te doy un regalo.

Damian la miró. Entendió que eso también era parte del juego. Asintió con la cabeza.

Sonrieron, cómplices, y ella desapareció hacia el baño.

II.

El resto de la tarde fue una tortura amable. Damian era el centro de todo: lo abrazaban, le cantaban a medias, le preguntaban qué se sentía cumplir veinticinco, le servían tragos que apenas tocaba. La fiesta se volvió molesta, difícil de sostener a fuerza de monosílabos y señas.

—¿Está bien Damian? —le preguntó alguien a otro, cerca de la mesa de las bebidas, sin cuidarse demasiado de bajar la voz—. Está rarísimo hoy.

—Debe ser el cumpleaños. Le pasa siempre, se pone nostálgico.

—No, esto es distinto. Ni siquiera contó el chiste de la interfacultades. Damian sin ese chiste no es Damian.

Nadie le dio más vueltas —era su cumpleaños, tenía derecho a estar raro un rato— pero el comentario ya había empezado a circular de mesa en mesa, sin que nadie se propusiera armar nada, simplemente porque todos coincidían en lo mismo sin haberlo hablado entre ellos.

Su mejor amigo se acercó después.

—Tefano: ¡Feliz cumpleaños, hermano! —lo abrazó, sincero, sin dobleces—. ¿Cómo estás?

Lou se quedó mirándolos desde lejos.

Damian sonrió.

—Tefano: ¿Cómo la estás pasando?

Damian asintió, como si eso alcanzara para decir "bien". Lou se rio al verlo esforzarse por no hablar, y se llevó un dedo a los labios en señal de silencio, sin que Tefano lo notara.

Damian intentó escaparse de la conversación, pero no pudo.

—Tefano: ¿Qué pasa? ¿Estás molesto?

Damian negó con la cabeza.

—Tefano: Nunca fuiste muy hablador, pero esto es nuevo.

Damian sonrió y se encogió de hombros, sin dejar de mirar hacia donde estaba Lou.

Tefano siguió esa mirada y la encontró observándolos.

—Es linda, sí. Pero ¿tanto como para dejarte mudo un día entero?

Se acercó otro amigo.

—Claudio: Está así hace rato. Le venimos sacando conversación de a poquito y no hay caso, se puso tímido.

Se rieron. Claudio se fue.

—Tefano, con una mano en el hombro—: Si te pasa algo, cuentas conmigo, ¿eh? ¿Qué pasa?

Damian se soltó de la mano, sonrió y se alejó sin contestar. Tefano se quedó buscando a Lou con la mirada un segundo más, no la encontró, y se encogió de hombros antes de volver a mezclarse con el resto de la fiesta.

Damian, ya lejos de él, sintió que algo se le apretaba en el pecho que no tenía nada que ver con el juego. No había elegido este silencio; se lo habían puesto encima como una condición más, y sin embargo ya estaba empezando a cambiar la forma en que sus amigos de siempre lo veían, aunque fuera solo por una tarde. Era la primera vez en su vida que algo en él se corría de lugar sin que él mismo lo hubiera decidido. Más adelante, mucho más adelante, iba a mirar atrás y entender que este había sido apenas el primer empujón —el más pequeño, el más inofensivo— de todos los que vendrían después.

Lou, mientras tanto, se mantenía lejos. Hablaba con unos y con otros, relajada, como si él no existiera del todo. Pero Damian la seguía con la mirada cada vez que podía, cada vez que la conversación se lo permitía, buscándola entre la gente como quien busca una luz que sabe que está prendida en algún lado de la casa.

Cayó la noche. Alguien puso música más fuerte y varios empezaron a bailar cerca de la piscina. En un momento la perdió de vista. La buscó entre los cuerpos, entre las luces de colores que alguien había colgado del alero, con una urgencia que le pareció ridícula incluso mientras la sentía.

Una mano lo tomó por detrás. Era ella.

Le dio un tirón suave, apenas lo necesario para que la siguiera, y caminaron entre la gente sin que nadie los mirara dos veces —todos suficientemente distraídos, suficientemente tomados— hasta la escalera.

—Quiero conocer tu habitación —dijo, ya en el primer escalón.

Él subió detrás de ella sin decir una palabra.

III.

Su cuarto ocupaba toda una esquina del segundo piso: una cama grande contra la pared del fondo, un escritorio con trofeos de natación alineados con el mismo cuidado obsesivo con el que un chico ordena lo único que siente completamente suyo, una ventana que daba al jardín y dejaba entrar, apagada por la distancia, la música de la fiesta.

Lou recorrió el cuarto con la mirada, tocó un trofeo, lo dejó donde estaba.

—Así que aquí duerme el cumpleañero.

Damian no contestó. No podía.

Abajo, alguien empezó a organizar el corte de torta. Se escuchó el griterío subiendo por la escalera: ¡Damian! ¿Dónde está Damian!

Él le hizo una seña con la cabeza hacia la puerta, indicando que deberían bajar.

Lou no se movió hacia la puerta. Se movió hacia él.

Se arrodilló despacio, sin apuro, como si los gritos de abajo no existieran, y bajó el cierre de su bermuda con una tranquilidad que a Damian le pareció obscena en el mejor sentido posible. Lo tomó con la boca primero, breve, casi una pregunta; después usó las manos, y después el pecho, envolviéndolo entre ambos mientras su boca seguía trabajando arriba.

Un gemido corto se le escapó antes de que pudiera contenerlo.

Ella levantó apenas la vista, sin soltarlo, y negó con la cabeza. Sin hablar. Sin sonidos. No hacía falta que lo dijera en voz alta.

Abajo seguían llamándolo. ¡Damian, ven, vamos a cortar la torta! Él escuchaba cada grito con una claridad absurda, y sin embargo no quería que ella se detuviera, no quería que nada de eso terminara, era una sensación completamente nueva, algo que no tenía comparación posible con lo de la biblioteca —esto era otra cosa, más lento, más profundo, la mezcla exacta de peligro y placer que lo dejaba mareado. Bajó la vista para encontrarse con la de ella, que seguía mirándolo desde abajo mientras trabajaba, y en esa mirada no había burla: había el mismo placer que él sentía, reflejado, compartido.

Terminó sin poder avisarlo, sacudido, mordiéndose los labios para no hacer ruido. Ella no se apartó. Cuando levantó la cabeza, se limpió apenas la boca con el dorso de la mano y sonrió.

—Te tomé entero —dijo, pasándose la lengua por el labio de abajo, como quien todavía saborea algo.

Se acomodó el bikini, se puso de pie con la misma calma con la que se había arrodillado.

—Feliz cumpleaños. Ya puedes hablar.

IV.

Bajaron por separado, con unos minutos de diferencia. Ella se mezcló entre la gente sin que nadie notara nada raro; él bajó ruborizado, pero la fiesta entera estaba ya bastante alcoholizada como para que alguien reparara en el color de su cara. Cortaron la torta. Cantaron. Damian sonrió para las fotos sin saber muy bien qué estaba sintiendo.

La fiesta se fue apagando de a poco, como se apagan siempre estas cosas: primero los que tenían que madrugar, después los que ya no daban más, después los que simplemente se cansaron de fingir que seguían despiertos.

Lou había intentado irse temprano, pero no encontraba su cartera. La buscó por todos lados, discreta, sin querer molestar a Damian —por primera vez, estaba hablando, ya sin la orden de silencio que ella le había dado antes— y prefirió esperar.

Recién al final, cuando ya casi no quedaba nadie y lo vio más tranquilo, se acercó a comentárselo.

—La dejé en el placar, como me dijiste —le dijo a Damian, un poco impaciente—. Ahí tengo toda mi ropa. No puedo irme en bikini.

Damian fingió ayudarla a buscar. Revisó el placar, revisó la sala, revisó debajo de los almohadones del sillón donde ya no había nadie sentado. Sabía perfectamente dónde estaba la cartera: la había cambiado de lugar él mismo, temprano, cuando todavía no podía hablar y no sabía cuándo iba a poder hacerlo. No quería que se fuera. Así que, sin poder decir una palabra, había resuelto el problema a su manera: escondiéndola.

—No la encuentro, y ya busqué por todos lados —dijo, con una actuación bastante pobre de preocupación genuina.

—Si querías que me quedara a ayudar con la limpieza, solo tenías que pedirlo —dijo ella, cruzada de brazos.

—¿Qué? No, mañana viene alguien a limpiar.

—Entonces, ¿por qué tengo la sensación de que tú sabes perfectamente dónde está mi ropa?

Damian no contestó. Fue hasta la cocina, abrió una alacena alta, la misma donde guardaban las fuentes que casi nunca usaban, y ahí estaba la cartera. Se la acercó. No la soltó.

Ambos quedaron sosteniéndola, cada uno de un lado, sin que ninguno cediera.

—No te vayas esta noche —dijo él—. No tiene que pasar nada. Solo... no te vayas.

—Está bien —dijo ella, después de un segundo—. Y voy a respetar que no quieres que pase nada.

—Yo no dije que no quisiera que pasara nada.

—Dijiste "no tiene que pasar nada". Y como tú no hablas por mí, supongo que hablabas por ti mismo. Así que me quedo, si prometes que vas a cumplir exactamente lo que dijiste.

Damian entendió el castigo escondido en esa frase antes de que ella terminara de decirla. Aun así, prometió que nada iba a pasar entre ellos.

Lou soltó la cartera, por fin, y miró alrededor —el jardín vacío, los vasos abandonados, la piscina quieta reflejando las luces que nadie había apagado— hasta que su vista se detuvo en el agua.

—Nunca tienes que pedir nada, ¿no? —dijo, sin mirarlo—. Siempre tuviste todo. Imagino que hasta más de lo que te permitías ni siquiera imaginar.

—No lo había pensado así —admitió él—. Pero sí, puede ser.

—¿Qué pasaría si dejaras de vivir con tus papás? ¿Qué pasa cuando estás solo?

—Nunca lo pensé.

—Ahora ya lo pensaste. —Se dio vuelta hacia él—. Te doy un ejemplo de cómo se pide algo: préstame una camiseta. No traje pijama y odio dormir incómoda.

V.

Subieron. Ella quiso ducharse, y él también; le ofreció el baño en suite de su cuarto mientras usaba el de visitas.

—¿No te gustaría verme? —preguntó ella, ya en la puerta del baño.

Damian palideció. Dijo que sí antes de terminar de pensarlo.

Entraron juntos. El agua caliente cayó sobre los dos, y por un momento se limitaron a mojarse en silencio, cada uno mirando hacia un lado distinto, como si esa distancia mínima alcanzara para disimular lo evidente. Damian se repetía, sin poder evitarlo, que esta noche no la iba a tener —se lo decía como quien repite una regla para no romperla por accidente.

Los dos se quedaron un momento de espaldas, dejando que el agua les cayera sobre el pelo. Cuando ella se dio vuelta, lo encontró ya vuelto hacia ella, mirándola. Él apartó la vista de inmediato, con la certeza clara de estar haciendo algo indebido: culpa y vergüenza, las dos cosas juntas.

—¿Qué te pasa? —preguntó ella—. No te dije que no podías mirarme.

—Pensé que te incomodaría.

—No pienses por mí. Ya bastante hacen eso por ti.

Sin que él lo esperara, ella le acarició el pecho.

—Tal vez necesites algo más esta noche para que por fin te animes a pedir lo que tus ojos gritan.

—No me provoques, o...

—¿O qué? Amenázame. Inténtalo. Dime lo que quieres, y ya sabes que no lo vas a tener. Ruega, tal vez sea divertido.

—¿Por qué eres tan cruel?

—¿Te parezco cruel? —fingió tristeza un instante—. No tienes idea de lo que es ser cruel de verdad.

Por un segundo, algo cruzó los ojos de Lou que no tenía nada que ver con el juego: el recuerdo exacto del momento en que la habían descartado, como quien descarta un material defectuoso. Duró apenas un instante. Damian no llegó a interpretarlo, y tampoco hubiera podido.

—¿Sabes? —dijo ella, ya de vuelta—. Todavía no probé el sabor de tus labios.

Lo besó. Sus brazos le rodearon el cuello, y todo su cuerpo se pegó al de él bajo el agua.

Damian correspondió el beso con una suavidad casi tímida al principio, dejando que el agua siguiera cayendo entre los dos como si eso lo protegiera de algo. Ella insistió, metió la lengua buscando la de él, y cuando la encontró empezó a chuparla despacio —un recordatorio deliberado de lo que había hecho más abajo, apenas unas horas antes.

Damian ya no pudo contenerse. Le tomó la cintura, le recorrió los muslos con las manos. Estaban solos, y por un momento nada pareció interponerse entre los dos. Al diablo la promesa, al diablo todo. Sintió que se le endurecía por completo.

Ella se soltó del abrazo.

—Deberíamos salir.

Salieron de la ducha. Damian pensó, por un segundo, que eso significaba algo más —que tal vez ahora sí. Pero ella se sentó en el borde de la cama, todavía desnuda, sin ninguna prisa, y le pidió ropa.

Él se la trajo, entendiendo recién en ese momento que ella había estado jugando con él todo ese rato, sin que hiciera falta decirlo en voz alta.

Compartieron la cama. Para cuando se acostaron, la erección ya había desaparecido, aunque el recuerdo de sus manos seguía ahí, imposible de apagar del todo.

—Hace mucho que no duermo con alguien —dijo ella, ya con las luces apagadas.

—A mí también me pasa eso —contestó él.

—No hablo de dormir con amigos, o con primos en algún viaje improvisado.

—Ah, claro, entiendo. En ese caso yo tengo más tiempo todavía que tú.

Los dos se rieron.

Hablaron un rato de no compartir tanto la cama —una broma a medias, ninguno de los dos muy convencido— hasta que ella se dio vuelta hacia el costado. En ese instante, sin que él pudiera verlo, algo del pasado volvió a asomarse: el recuerdo de lo que su prometido le había hecho, mucho antes de todo esto. Lo apartó tan rápido como había llegado.

—Sé que no va a pasar nada. Pero abrázame hasta que me duerma, si no te molesta.

Lo pidió con esa voz tierna, casi inocente, que ya empezaba a reconocer como una de sus herramientas más efectivas.

Todo era parte del plan. Ella iba a tentarlo toda la noche, y él todavía no lo sabía.

Damian la abrazó, feliz de tenerla cerca. Lou se acomodó más contra él, se frotó apenas, disimulado bajo el gesto de acomodarse para dormir, hasta que sintió que él volvía a endurecerse contra su espalda. Entonces se quedó quieta. Fingió dormirse.

Volvió a hacerlo más tarde, ya entrada la noche. Se movió contra él otra vez, despacio, y después habló, como si la hubiera despertado algo que en realidad ella misma había provocado.

—Qué reveladora es la sinceridad de tu cuerpo —dijo ella, sin mirarlo a los ojos—. Dice mucho más de lo que tú te animas a decir.

Damian se avergonzó. No esperaba que se lo dijera así, tan directo.

—Perdón. No busco que pase nada, de verdad. Solo no puedo controlarlo.

—Hagamos que desaparezca —dijo ella, girando apenas hacia él—. Todavía tengo ganas de probarte. ¿Tú no quieres saber qué sabor tengo yo?

—Para, por favor.

—Si prometes contenerte, te voy a dar algo más. Si fallas, se termina el juego. Estoy segura de que puedes hacerlo bien.

Lou giró por completo y quedó frente a él. Lo besó con ganas, con una urgencia que no dejaba lugar a dudas. Él correspondió, inexperto, sin saber muy bien qué más hacer, hasta que ella le tomó las manos y las guio hacia su propio cuerpo.

Empezó a acariciarla, despacio, sin encontrar todavía el ritmo correcto. Sintió cómo sus dedos se humedecían de a poco, cómo ella se iba llenando bajo su tacto, y esa humedad —tibia, viva, completamente nueva— le pareció la cosa más real que había tocado en toda su vida. No era como nada que hubiera imaginado. Quería quedarse ahí, aprendiendo ese territorio con las yemas de los dedos, y al mismo tiempo quería más: quería probarla de otra forma, con la boca, bajar como había bajado ella con él, pero no se animó a pedirlo. Todavía no.

—Pruébame, si quieres —dijo ella, como si le hubiera leído el pensamiento a medias.

Damian se llevó los dedos a la boca. El sabor era nuevo, distinto, y antes de que pudiera terminar de reconocerlo, ella le pidió que compartiera ese sabor con ella también. Él acercó los dedos a sus labios y Lou los tomó con una sed que no disimuló, como si llevara horas esperando exactamente eso, chupándolos despacio hasta dejarlos limpios. Pareció disfrutarlo todavía más que él.

Después ella lo tomó con la mano y empezó a acariciarlo despacio, mientras él volvía a tocarla a su vez; ella se arqueó, dejó escapar un gemido corto. Ninguno de los dos quería que aquello parara. Ella le guio la mano, le pidió que fuera más profundo; él hundió los dedos en ella, y el gemido que siguió fue más fuerte, más franco. Su propia erección se puso todavía más dura sintiéndola así, y cuanto más la sentía, más quería —no solo con la mano, quería la boca ahí, quería aprender ese sabor entero y no solo lo que le quedaba en los dedos.

Ella le sacó la mano y empezó a lamerla despacio, sin prisa, como quien saborea algo que le pertenece. Él hizo lo mismo con la suya, sin dejar de mirarla, y ese gesto compartido lo dejó con más hambre que antes, no con menos. Quiso volver a penetrarla con los dedos, buscar de nuevo esa humedad, esa vez sin apuro, pero ella se lo impidió con suavidad.

—Ya probé suficiente por hoy —dijo, y cerró los ojos, como decidida a dormir.

Para él no alcanzaba. Yo todavía no. Yo te quiero toda.

La giró, separó sus piernas con las suyas, acercó el cuerpo hasta el borde exacto de esa zona todavía desconocida —y justo ahí, en el instante preciso en que llegaba a la puerta, la voz de Lou lo detuvo en seco.

—¿Estás seguro? —preguntó, sin abrir del todo los ojos, con una calma que no dejaba lugar a la urgencia de él—. Castigo o premio. Tú eliges.

Damian se quedó inmóvil, todavía al borde de ese umbral que llevaba toda la noche persiguiendo. Cada parte de su cuerpo le pedía seguir, terminar lo que había empezado, sin importar el precio. Pero la pregunta de Lou había abierto una grieta exacta en medio de ese impulso, y por esa grieta empezó a filtrarse la duda: ¿y si el castigo era perderla del todo? ¿Y si avanzar significaba que esto —lo que fuera esto— se terminaba esa misma noche?

Se odió por dudar. Se odió todavía más por saber, antes de decidir nada, que ya sabía cómo iba a terminar.

El deseo seguía ahí, intacto, doliéndole en el cuerpo como algo físico que tenía que apagar a la fuerza. Renunciar se sintió exactamente como lo que era: una renuncia, no una decisión tranquila. Pero debajo de esa renuncia había también algo parecido a la esperanza —la promesa de "algo mejor" todavía flotando en el aire— y él, que nunca en su vida había tenido que esperar nada, descubrió que en el fondo también sabía hacer eso: esperar, si el premio prometido era lo bastante grande.

Se apartó, despacio, y cayó de espaldas en la cama.

Eligió premio. Como siempre había elegido, en cada decisión de su vida —aunque esta vez, por primera vez, elegirlo le costó algo de verdad.

Quedó tendido a su lado, con el pulso todavía descontrolado. Lou lo miró de costado.

—¿Qué pasa? —preguntó, con una media sonrisa que no tenía nada de inocente—. ¿Te arrepentiste? Tú mismo dijiste que no iba a pasar nada. Si me lo hubieras preguntado a mí, te hubiera dejado llegar mucho más lejos de lo que puedes admitir ahora.

Se rio, despacio, de él y de su propia obediencia.

Damian se odió un poco por haber dicho esa frase en la cocina, esa promesa estúpida que ahora se le volvía en contra, y se odió todavía un poco más por odiarse a sí mismo antes que a ella por burlarse.

—¿Por qué carajo es tan complicado cogerte? —preguntó, casi sin querer decirlo en voz alta.

Ni siquiera reconoció su propia voz al decirlo. Por un instante, la máscara de chico bueno que llevaba puesta desde que tenía memoria se resquebrajó del todo, y debajo apareció otra cosa: alguien ansioso, torpe, que la quería entera y que al mismo tiempo tenía terror de perderla si insistía demasiado.

—Descúbrelo —contestó ella, cerrando los ojos de nuevo—. Va a valer la pena.

—Qué obediente eres —agregó después, casi para sí misma, sabiendo perfectamente que Damian se moría por algo más.

Se acomodó contra él y no dijo nada más. Damian se quedó despierto un largo rato, con esa frase dando vueltas, preguntándose cuánto más iba a tener que esperar. Logró dormir, al final, un poco.

VI.

Por la mañana amanecieron abrazados. La noche había sido tranquila, al menos para ella.

—Espero que hayas dormido bien —dijo Lou, estirándose.

—Sabes perfectamente que no —contestó Damian—. Te encanta volverme loco. Como en la biblioteca. Como con el regalo de anoche.

Ella se rio mientras se vestía.

—Ya me voy —anunció.

—¿No quieres desayunar?

—No, tengo cosas que hacer, no puedo retrasarme más.

Él la acompañó hasta la puerta. Ella se despidió con un beso en la mejilla y salió.

Caminó hasta el Uber sin apurarse, calculando cuánto le faltaba para llegar a su casa. Tenía que tomar la pastilla, y ya iba con el horario justo —no la había llevado con ella, a propósito: nunca había planeado quedarse a dormir. No pensaba decírselo a Damian, y no hacía falta. Desde esa noche, aunque él todavía no lo supiera, eso también era parte de lo que estaba aprendiendo de ella sin saberlo.

Volvió corriendo a su cuarto, se tiró en la cama y hundió la cara en las almohadas, todavía con el perfume de ella pegado a las sábanas. El celular vibró.

Me llevé la camiseta. Así se siente que te roben algo. Gracias por el pijama nuevo.

Sonrió, y volvió a hundir la cara en la almohada, embriagándose otra vez con lo poco que quedaba de su perfume. Se durmió respirando ese aroma, soñó algo que no iba a recordar del todo, y lo despertó el timbre: la persona que venía a limpiar después de la fiesta.

Abrió la puerta, la dejó pasar, y salió al patio antes de volver a subir. La piscina seguía ahí, quieta, con algún vaso plástico todavía flotando de la noche anterior. Se quedó mirándola más tiempo del necesario.

Pensó en la fiesta. En la noche. Se preguntó qué habría pasado si las cosas hubieran sido al revés —si él hubiera tomado lo que quería en vez de esperar a que se lo dieran, si ella se hubiera adelantado a su deseo como siempre se había adelantado todo el mundo en su vida, si en lugar de detenerse simplemente hubiera cedido, sin más. Qué distinto se sentía eso: por primera vez, alguien no le estaba dando algo antes de que él lo pidiera. Se lo estaba negando hasta que lo pidiera.

Y si eso —lo que habían decidido por él toda la vida— hubiera estado mal, en algún punto, ¿cómo se daría cuenta?

Miró la piscina de nuevo. Esa piscina no había sido nunca una decisión suya: era una decisión de sus padres, tomada por miedo, mucho antes de que él pudiera opinar nada. Cada trofeo que tenía alineado en su cuarto era, en el fondo, un agradecimiento por algo que jamás había elegido empezar. Y ahora tenía, por primera vez, algo parecido a un premio por haberse contenido una noche entera —tampoco eso lo había elegido él. Se lo habían impuesto, y él simplemente había obedecido, como obedecía siempre, como había obedecido toda su vida sin darse cuenta de que eso era lo que estaba haciendo.

Se preguntó, por primera vez con esas palabras exactas, qué pasaría si alguna vez dejara de hacerlo.

Thoughts

  • Candelaria

    Una casa donde el deseo se resolvía antes de nombrarse. Ese chico nunca tuvo que decir quiero, y ahora una mujer le pone el silencio como condición justo para que aprenda a pedir. Me suena mucho: en lugares así uno no aprende la palabra porque nunca le hizo falta, y después la tiene trabada a los veinticinco, igualito que él con el celular en la mano y tres borradores.

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