De temprano la niebla tapaba todo y el micro iba casi vacío. Éramos tres: el chofer con la radio baja, una mujer y yo que iba sentado atrás, con el sueño pegado todavía. El chofer tosía cada tanto, ella sólo se miraba las manos sucias como si contara. Un día agotador me esperaba, mi mirada clavada al frente y el cuadro que no cerraba: en sus zapatillas gastadas, en cómo ella apretaba por demás lo que en sus manos llevaba, como si ese viaje fuera lo último que le quedara, en cómo el chofer la miraba por el espejo un segundo de más.
En la parada del hospital se levantó de golpe, dio un paso, miró para afuera, dudó y no bajó. El chofer observó, frenó y arrancó, tampoco le dijo nada, solo apagó la radio. Ahí entendí que los tres sabíamos algo que no íbamos a decir: a esa hora nadie viaja por gusto, todos van por el sustento o porque alguna diligencia que un caso amerite.
Cuando por fin bajó dos paradas después, dejó una nota apoyada en el asiento. Un papelito doblado que decía: "Perdón, lo tuve que hacer". El chofer lo guardó sin mirarme, y seguimos en silencio entre la niebla.
Lapiceras Negras