Mis ojos observaban el lucernario con una calma incauta, daba quizá algún parpadeo o tocia, pero estaba inmensamente sereno, me había percatado de muchos detalles lujosos dentro de mi casa, aparte de observar el lucernario, apreciaba los bordes de oro en cada cuadro, o quizá aquel tapete de piel que me había costado un millón pero que mi esposa amaba, mis ojos paseaban por cada borde de la casa, miraba vagamente el caos a mi alrededor, casi con arrogancia. Mire todo lo que no había visto antes en mi casa, cosas que mi esposa compraba impulsivamente y que siempre yo cedía con el dinero y carraspeaba molesto y ahora.. ella murió, no hace mucho, si no he perdido la cuenta, hace unos 20 o quizá 15 minutos ella murió, no se la causa y ni me moleste en saberla. Mi pobre hija lloraba desconsoladamente, abrazando el cuerpo gélido de su madre, yo la veo y me siento incrédulo, incapaz, absorto por ver y no hablar, pero ahora debería de sentirme como ella, roto, abrazando el cuerpo de mi esposa y rogando a los cielos que no se la lleve, cortándome quizá las venas o siendo un desquiciado o demente, pero por contrario, me siento calmado, como si el silencio me hablara y me sellara con un beso. Los doctores me avisaron sobre la muerte de mi esposa, pero yo había observado todo, como agonizaba, como sus venas parecían reventar y sus ojos lloraban sangre, mire como aquella mujer que preparaba mi café todas las mañanas, gritaba de dolor. Mire a los doctores y luego mire el cadáver de esta mujer que ahora parecía no poder reconocerla, mire a mi hija que me maldecía con el recuerdo frustrante de su rostro, yo siempre fui un hombre millonario, nunca me tuve que tropezar por alguna inmundicia del dolor, nunca respire de cerca a la muerte, o quizá no solo respire cerca, sino que vivía con ella y yo solo era un ignorante a ello, cada pensamiento era tan vago, pero la voz y los detalles de la muerte de mi esposa estaban en la realidad, no en mis pensamientos, mire al doctor quien parecía estar aterrado, confundido, yo lo mire y esboce una risa casi indiferente, me levante y le di dos fajos de dinero, tome mi saco y luego camine por el largo pasillo, con las paredes decoradas con lo mas fino, y con retratos que solo parecían hacerse cada vez más grandes, en un particular retrato, estaba yo, hincado y llorando, recuerdo que ese retrato fue pintado hace 23 años, yo sostenía la mano de mi madre y ella me daba sus últimos suspiros. Memorable pero absurdo.
Amada mía, después de ver aquel retrato, sentí el incoherente dolor que invadía mi alma, mis huesos y mi carne, un insensible espeluzno que insistía en derrumbar mi vida, que ahora estaba solitaria gracias a tu reciente ausencia, de serte sincero, hubiera preferido sentir el dolor de una infidelidad, quizá el enojo de que malgastes mi dinero y mil veces hubiera escogido que me abandones y tomes tus cosas, a que ahora me abandones y dejes todo en esta casa, que no me pertenece, que en cada paso que doy y en cada aire que respiro estas tú, como el creciente dolor de tener que verte y no VERTE, yo siempre ame la forma en la que amabas lo que te pertenecía, la forma en la que amabas a tu hija y amabas de igual forma mantener siempre esta casa con vida, la casa sigue con vida, la servidumbre la limpia y la deja brillando con devoción, todo sigue igual, pero nada parece ser igual, tu hija, y tu se han alejado de mí, despierto y no escucho el llamado del vivir, despierto y no siento el sentido de respirar, despierto y simplemente no estas tú. Ahora cada que intento abrazar lo que me pertenece, parece que solo abrazara a la muerte y que la abrazara con tanto amor que me dejara sin nada y con todo en esta vida que duele y raspa porque ya no queda nada, lamento que ahora en tu muerte no haya podido mantener con vida lo ultimo que quedaba como rastro de nuestro pasado amor, tu pequeña creación decidió ponerle fin a sus letras tras tu irrazonable muerte, yo admito que no hice nada, pues no pude tolerar verla en tanta miseria, mientras quien ella amaba realmente se podría bajo tierra húmeda, admito que deje que sus ojos se quedaran ciegos de dolor, porque yo solo miraba y no sentía y me quedaba como un idiota en silencio, admire sin embargo su persistencia en aclamar y orar por poder percibir algún nuevo motivo de vida, la admire y la ame hasta su ultimo latido e ilusión. Nunca te pregunte que harías si yo muriera, pero ahora que tu te has ido antes y me haces la pregunta retóricamente, te digo que no hago absolutamente nada, me quedo horas observando el inútil tapete que compraste, observo las flores que eran tuyas y que se marchitan en tu ausencia, así como mi vida, la gente que nos conocía y con quienes reíamos entre copas, ahora me dan su pésame con una cara torcida y con agrio café en mano. Querida esposa, yo te he amado, tantos años, años inigualables, y siempre te di lo que me pedias, siempre te otorgué el privilegio de pedir hasta incluso la misma luna, te ofrecí el amor en copas de oro y siempre limpie tus labios cuando goteaban de arrogancia, pero quizá mienta, mienta en que te he amado todos estos años, sin haber sentido un poco de desprecio por tu simple existencia, porque si lo he hecho, entonces miento, te he amado, por supuesto que si, pero también amor mío, te he odiado. Estas muerta, muerta tanto como para mi y para esta casa, tu hija está muerta, muerta para mí y para toda esta idiotez.
eterna mía, amor eterno de mi vivir, te he escrito y no he sentido nada, ya pasaron 3 meses de tu muerte y sigo sin poder sentir, escribo con la esperanza de encontrar la pena y el dolor y todo lo que escribí y menciono parece no ser cierto, creí que la muerte de nuestra hija despertaría algo marchito en mí, pero simplemente parece que ese dolor no existe y me convirtiera en un mounstro. He vuelto a pasar por ese largo pasillo lleno de retratos y al final esta el tuyo y el de mi apreciada hija, es idéntico al mío, la niña llorando y su madre muerta, mientras trata de limpiar con sus ultimas fuerzas las lagrimas de su pequeña hija, ojalá la vieras, es increíblemente hermosa, y quien la pinto, fue el mismo que pinto el retrato de la noche de nuestra boda, me quede admirando mucho tiempo ese retrato y al igual que escribir, busque sentir, pero es absurdo. Mi pecho guarda un corazón adusto, que se reprime cuando el dolor lo invade, y créeme que esto si es cierto, tengo un corazón cobarde y adusto y que ahora teme de vivir, y no me duele sus muertes, me duele este corazón, me duele esta vida, duele pisar la tierra, y me duele, me duele el corazón y me duele morir ahora y sin poder llorar por lo que mas eh amado, sin poder decirles que verdaderamente silencio a este corazón para que simplemente el día que decida matarme duela menos que sean tan adusto, y duela menos que no veo su vida en mi muerte.