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Familia… esa que siempre esperé con toda el alma, esa imagen que construí desde pequeño: una mamá que me abrazara fuerte, que me mirara con ojos de orgullo sincero y celebrara cada uno de mis logros como si fueran los suyos. Un papá que, sin importar nada, sin importar el precio, incluso si tuviera que perder lo más valioso que tenía, siempre se pusiera de mi lado, firme, inquebrantable, mi refugio seguro ante el mundo entero.
Soñé con un hogar donde el amor no tuviera condiciones, donde el apoyo fuera más fuerte que cualquier error, donde siempre hubiera un lugar para mí, sin importar quién fuera o qué hiciera. Pero la vida nos enseña, poco a poco, que nunca es un deseo que se pueda conceder así nada más, que no siempre se recibe lo que el corazón anhela cuando somos pequeños. Y sin embargo… hay algo más grande, algo que nadie nos puede quitar: sí puedes moldearla. Puedes tomar todo lo que esperaste de niño, todo ese amor que imaginaste, y construirlo tú mismo, paso a paso, con tus propias manos. Convertir ese sueño en tu propia realidad, en la familia que tú eliges, en el refugio que un día soñaste tener.