Nací en una vereda, en un caserío pequeño, rodeada de naturaleza y familia. Mi mamá me cuenta siempre —y me parece una historia preciosa— que cuando ella estaba embarazada de mí, la gente solía usar burros para cargar las cosas e ir a vender frutas a los pueblos. Un día, salió hacia Mompos a vender mangos, llevándome todavía en su vientre. Ya tenía yo dos hermanos mayores antes de mí. Cuando terminó de vender y regresó a casa, ya venía sintiendo dolores: yo quería nacer. Al llegar, el dolor era fuerte, desesperante —antes no había hospitales cerca, todo dependía de las parteras— y la que me recibió al mundo fue mi bisabuela, quien atendió el parto. Mi mamá me dice que fue un nacimiento muy difícil y muy doloroso, pero al final… ¡aquí estoy yo! Nací ahí, en mi tierra, con el cariño y las manos de mi propia familia recibiéndome.
Y así crecí, en ese lugar que recuerdo como algo mágico y hermoso: una vereda bonita, donde arreábamos agua en burro y la sacábamos del aljibe; donde pescábamos, y la comida era siempre lo que la tierra y el agua nos daban —gallina, pescado, patos, todo fresco y rico— y las verduras las cultivábamos ahí mismo, en casa. Nunca faltó el calor de la gente querida: vivía rodeada de mis abuelos, mis tíos, mis primos… toda la familia junta, cerca, siempre presente. Fue un comienzo humilde, sencillo, pero lleno de vida, de naturaleza y de amor. Ahí empezó todo.
Ya van mis recuerdos claros: mi mamá nos levantaba bien temprano, íbamos a otras fincas a buscar la leche, el suero y el queso —todo para tener nuestro desayuno. Cuando regresábamos, desayunábamos juntos, nos bañábamos y salíamos todos en grupo: yo, mis hermanos, bastantes primos… ¡un combo completo! Caminábamos hasta el colegio, todos con nuestro uniforme: nosotras las niñas con jumper azul y camisita azul clara por dentro; los niños, pantalón largo azul y camisa azul bajita —así salíamos todos igualitos, unidos y listos. Y al llegar el mediodía volvíamos a casa, todos contentos, juntos, felices de estar con nuestra gente.
Y quiero hablarles de mi papá: un hombre que luchó con todas sus fuerzas para sacarnos adelante. Vivía de la tierra —la agricultura era su vida— cultivaba yuca, ñame, plátano, todo lo que un campesino siembra y cuida con amor. De eso vivíamos: de lo que daba el campo, también cazaba animales —y muchas veces yo lo acompañaba— lo que conseguíamos lo vendíamos y así sosteníamos nuestra casa día tras día. También salía a pescar, y con eso ganaba su jornal; trabajaba con el machete, picando arroz, sembrando cultivos en tierras de otros dueños… todo, absolutamente todo, con un solo propósito: que a nosotros no nos faltara nada, darnos lo mejor que podía. Así aprendí desde chiquita: el trabajo honesto,