Hay preguntas que se quedan suspendidas en la garganta durante las madrugadas más silenciosas, esas que duelen tanto que uno prefiere tragárselas antes que darles voz. ¿Por qué idealizo a las personas? Es una duda que he repetido como un mantra triste, un bucle sin salida que parece repetirse cada vez que mi corazón decide abrirse un poco. A veces creo que soy yo misma la que busca el castigo, la que sostiene la piedra que terminará golpeando mi propio cristal. Las vibras de la gente, esa energía que no se ve pero que se clava en la piel como espinas invisibles, a veces da miedo. Da un terror profundo. Llega un punto crítico en el que te das cuenta de que has cruzado la línea invisible y ya dependes de la presencia, de la palabra o de la indiferencia de alguien más.
Y cuando esa persona hace o dice algo que te hiere, el impacto no es una simple molestia: es una alarma ensordecedora que te grita que huyas de ahí, que salgas corriendo antes de que sea demasiado tarde. Pero surge el dilema, la contradicción más cruel: ¿Qué se supone que haga si yo sigo mirando a esas personas con mis ojitos de amor?
Ese sentimiento de querer abrazarlos, el simple hecho de cruzar miradas en un pasillo, de escuchar su voz o entablar una conversación superficial, se convierte en algo único. Es una descarga eléctrica que muy pocos lograrían entender si no la viven desde adentro. Pero la pregunta persiste, pesada y punzante: ¿Por qué siento esto?
La respuesta honesta, aunque duela admitirla, empieza en el caos. Yo no puedo sentir a medias porque mi mundo interno es un desastre, una tormenta constante, y yo misma me siento profundamente caótica. Mi cabeza parece carecer de los frenos emocionales que otros manejan con tanta naturalidad. Si para cualquier persona común una decepción duele un 50%, a mí me duele el 1000%. Lo absorbo todo, lo magnifico todo, lo sufro todo. Y es lógico que sea así: no estoy bien aún, sigo intentando descifrar mi rumbo en este mapa roto de la vida. Cuando estás perdida, cuando no sabes quién eres ni hacia dónde vas, cualquier destello de afecto ajeno se ve como un faro en la oscuridad, aunque ese faro en realidad sea un espejismo que te arrastra directo contra las rocas.
Siento esto con una intensidad abrumadora, y lo primero que pienso es que no debería. Me castigo por sentirlo. Pienso: "¿Y si solamente es algo pasajero, una estupidez más de mi mente desordenada?"
Es ahí cuando la desesperación llega a su punto máximo. En esos momentos de debilidad en los que sé que no tengo la fuerza suficiente para alejarme por voluntad propia, mi mente suplica una salida fácil. Por favor, haz algo que me decepcione de una vez por todas. Haz algo tan feo, tan cruel o tan indiferente que rompa este hechizo, que me obligue a borrarte y eliminarte de mi cabeza para siempre. Busco un empujón externo porque temo que mis propias fuerzas no me alcancen para soltar la cuerda.