Aquella puerta nunca aparecía de día.
Solo a las 3:17 de la madrugada surgía al final del pasillo, como si siempre hubiera estado allí esperando a alguien lo bastante roto para verla.
Kairo respiró hondo y giró el pomo.
Del otro lado no había monstruos. Estaba él mismo… sonriendo.
—Llegaste tarde —dijo su reflejo—. Llevo años viviendo la vida que tú no te atreviste a elegir.
Kairo dio un paso al frente.
Y la puerta desapareció.