De nuevo esta sensación
que viene, me agita y se queda.
Me raspa de a poco el alma,
como una lima: la desgasta, la deja pesada,
la llena de polvo.
Y como un ancla, se desploma,
dejándome en la nada.
¿Cómo encuentro alivio
si me siento atada
por mí misma?
Me declaro secuestrada.
Estoy presa de lo que arde en mi mente
y no encuentro una forma de volverme coherente.
Quisiera sentir que Dios me escucha
para sentirme presente
en mi propio cuerpo,
en el que me cuesta quererme.
No conozco la paz,
no conozco la dicha.
Cuento con mis manos
los momentos en los que me sentí libre.
Mis alas se marchitaron ese día.
Me quedé mirando al cielo, con mi herida.
Siento que las plumas se caen
y que ya no hay salida.
Creo que estoy condenada
a eternamente no sentirme mía.