Hola», me dijo la noche.
Pensé que no diría nada, que solo se limitaría a observarme en silencio. Pero se acercó sigilosamente y me preguntó: «¿Buscas a alguien?».
—¿Por qué cree que busco a alguien? —le respondí, asegurándole que no.
Pero en el fondo sabía que mentía. En realidad buscaba las promesas que un día hice, o las que me hicieron; aquellas que nacieron al abrigo de la oscuridad o bajo algún destello del día. Sin embargo, la noche siempre se siente más calma para desenterrar promesas... o tal vez para perderse en ella, no lo sé.
Simplemente eché a andar. En el trayecto me encontré con una amiga a la que llevaba tiempo sin ver. Sorprendida, me preguntó qué hacía ahí a esas horas.
—Solo quería caminar —le dije, para luego devolverle la pregunta.
Me miró con nostalgia y me confesó que estaba buscando a su niña interior. Añoraba aquellos tiempos en los que jugaba por las noches con sus amigos, cuando la vida se vivía de frente y no a través de la pantalla de un celular. Recordaba cómo interactuaban de verdad, frente a la desconexión de hoy, donde la cercanía se ha reducido a simples palabras en una pantalla. No le gustaba en lo que nos habíamos convertido; quería reencontrarse con esa niña para recordar cómo se sentía la felicidad auténtica.
Escucharla fue como mirarme en un espejo. Me recordó mis propios días de infancia, cuando la felicidad era tan simple como rodar una pelota en la calle o contar historias bajo las estrellas. Me hizo reflexionar sobre cómo éramos capaces de ser felices con tan poco y cómo hoy solo nos queda intentar disfrutar la vida como mejor podamos.
Al final, cuando el silencio volvió a envolvernos, me di cuenta de que la noche nos había escuchado atenta. Y con el murmullo del viento, pareció dejarnos un último mensaje:
«Sean felices. Han logrado muchas cosas, han sobrevivido a otras tantas. No dejen de ver lo bueno que hay en el mundo y, sobre todo, no dejen de hacer el bien».