Caminaba entre tulipanes vibrantes,
trazando huellas sobre la tierra viva,
hasta hallar un rincón sereno
donde el tiempo pareció detenerse a contemplarme.
Pensé en ella de inmediato,
en cómo sus ojos habrían brillado al ver el paisaje,
en cómo se habría maravillado con los matices del campo.
Aun cuando el jardín ostentaba un arcoíris de pétalos,
mis ojos solo buscaban el naranja,
su color favorito, el destello que enciende su alma.
Imaginé su voz en el viento, diciendo con dulzura:
«Llévatelas todas hacia donde habito,
para hacer de mis días un lienzo de colores,
para sentir que la primavera vive conmigo».
Fue entonces cuando la sombra de un caballero
se posó sobre la hierba.
Con voz pausada me preguntó
qué hacía yo en mitad de sus tulipanes.
Respondí que el jardín me había llamado tanto
que creí que los caminos eran libres para cualquiera.
Él me miró con calma, nega con la cabeza y dijo:
«Este lugar no es público, es un santuario.
Lo construí con mis propias manos para el amor de mi vida,
para que en cada amanecer ella fuera feliz.
Cada flor que ves aquí nacida,
es solo un fragmento del amor que siento por ella».
Guardé silencio ante su gran verdad,
comprendiendo que dos almas distintas,
en un mismo rincón de la tierra,
estábamos adorando a nuestro modo
el verdadero significado de amar.