El espejo nos promete devolver la faz que construimos para el mundo: la mueca amable, el peinado en su sitio, el contorno intacto. Sin embargo, cuando la mirada traspasa la superficie, cae la fachada. Tras el cristal no está la forma, sino el fondo: la tristeza celosamente guardada, ese rostro secreto que mantenemos en la sombra para ahorrarnos el peso de un «¿estás bien?».
El reflejo superficial intenta convencerme de que soy única, de que todo está en orden. Pero hoy este espejo ha decidido no mentir. Me devuelve el peso exacto de los años y una sombra desgarradora: donde antes habitaba una niña alegre, encendida de vida y sin grietas, hoy me observa una desconocida.
Me miro y no me reconozco en lo que recuerdo haber sido. Y me pregunto, con el pecho apretado, si acaso este cristal implacable no ha venido a revelarme la única verdad: que he vivido ignorando mi propio naufragio, aferrada al eco lejano de una felicidad que ya solo existe en la memoria.