Me señalan de distante, de reservada, de ser esa persona que rara vez estira las manos para dar un abrazo o que se traba al intentar poner en palabras lo que le pasa por dentro. A primera vista, parece frialdad. Pero lo que pocos logran entender es que mi afecto no es una moneda cualquiera que voy repartiendo en cada esquina ni un adorno para quedar bien con el mundo.
​Mi forma de querer es limpia y sumamente selectiva. Yo guardo mi calidez para quienes han demostrado saber cuidarla; reservo mis abrazos para mis personas favoritas, para esas pocas almas que se han ganado un lugar auténtico en mi vida. Y cuando me decido a romper la distancia y rodear a alguien con los brazos, no estoy cumpliendo con un gesto automático: le estoy entregando, de golpe, todo el amor sincero que llevaba acumulado en silencio.
​Apuesto todo a las acciones porque las palabras me parecen un terreno demasiado frágil. Hablar es facilÃsimo; el aire está lleno de promesas bonitas que al primer viento se vuelven huecas porque no tienen hechos detrás que las sostengan. Prefiero mil veces el lenguaje de los detalles discretos, de la presencia real en los momentos difÃciles, de estar ahà sin hacer tanto ruido. Tal vez no sepa dar discursos ni empalagar con frases hechas, pero cuando decido abrir el pecho y dar lo que tengo guardado, lo doy todo, entero y sin guardarme nada.