Esta es la historia de mi hermano. Finalmente, me despido.
Después de algún tiempo, Alfonso vino a visitarme. Me trajo su guitarra como regalo, pero no la acepté. Aceptarla hubiera sido como aceptar su renuncia a la música, y eso no lo podía permitir. Estaba sufriendo y me lo contó todo. Solo su familia, solo el amor hacia ellas (su esposa e hija) lo hacía seguir esforzándose por mantener la apariencia de que todo estaba bien. En su trabajo había muchas injusticias y corrupción; él, con los valores con los que crecimos en casa, había rechazado muchas ofertas de ese tipo, pero le cansaba darse cuenta de que se cometían esas trampas sin poder hacer nada. Porque aquí, en ese país, resulta que cuando denuncias, tienes todas las de perder. Bueno, estaba evaluando las posibilidades de un cambio, pero estar desempleado no era una de ellas.
En ese momento, pensé que sería mejor la muerte que sufrir lo que él estaba padeciendo. Incluso, en mi inquietud, le pregunté a Dios por qué no se lo llevaba (escribo este pensamiento aquí porque me pesó mucho haberlo tenido, después de todo).
Ese día, curiosamente, me preguntó qué pensaba yo del cielo o del infierno, o si creía en eso del purgatorio. Yo le dije que Dios es demasiado bueno y que, en caso de que esos lugares existieran, no iríamos a ellos por voluntad suya, sino que nosotros seríamos quienes lo elegiríamos. En fin, creo que el tema de la muerte nos rondó. Yo le supliqué que no dejara la música y ese día me cantó una canción solo para fastidiarme: «¿Y cómo es él?», en la versión de Marc Anthony. Me fui a la cocina mientras él, desde el comedor, me gritaba las estrofas, porque así era siempre que me dedicaba una canción.
Lo vinieron a buscar y todo fue tan rápido que lo vi despedirse a través de la ventana. Sentí un impulso de correr, abrazarlo y decirle cuánto lo amaba; lo vi de lejos, pero no lo hice. Lo vi alejarse y me invadió un presentimiento, ese de haber perdido una oportunidad muy especial.
Ese mismo fin de semana llamé a mis padres. Me atendió Julián llorando; no podía hablar, solo me dijo: «Se nos fue, se nos fue». Esas palabras me ennubilaron la mente; corté la llamada. Me quedé estática viendo un punto fijo, no sentía nada, no podía pensar en nada. Tocaron el timbre mis amigas, porque era domingo, y me encontraron en ese estado; no sé qué hubiera sido de mí si ellas no llegan tan oportunamente. Como pudieron, le sacaron la información a Julián y decidimos viajar allá, al velorio.
Al principio no pude llorar. Abracé a mis padres, a Julián, a María y, solo al ver su féretro, caí en la cuenta de lo que estaba pasando.
Hasta aquí esta historia. Han pasado muchas cosas, pero yo solo quiero despedirme, porque después de casi 11 años no he podido hacerlo.
Te amo, hermano. Sigo creyendo que Dios es bueno, sigo cantando para ti. Hay muchas cosas que quise decir y hacer, pero ya las conoces. Y tú hiciste todo, dijiste todo; yo también lo conozco. En cada armonía estás: siempre serás la mejor nota que he escuchado.