Volviste a mí como siempre,
con la culpa entre los labios
y el peso de la decepción.
Traías mil promesas por cumplir,
pero, ¿de qué sirve un “te amo”
si nunca supiste hacerlo sentir?
Implorabas por lo que eras,
por aquel ayer sin rumbo;
quizá de ahí nació el porqué
de tantos “quiéreme otra vez”.
Querías volver a lo perdido,
a aquello que dejaste caer,
pero hay amores que, una vez rotos,
no encuentran cómo volver a ser.
Y qué desgracia la de aquel domingo,
cuando esperaste verme llegar,
robaste aquel primer beso
sin saber cuánto nos iba a costar.
Qué poco sabíamos entonces,
qué poco pudimos prever:
tú,
que el rumbo de tus anhelos
sería tener dos amores
y fallarle al primero,
y yo,
que después de besarte,
comenzaría esta costumbre tan triste
de perderme por quedarme.
Lo viviste en carne y hueso.
Heriste y te consumiste.
Los celos fueron creciendo
hasta que tú mismo te perdiste,
y aunque tanto los negaste,
aunque juraste estar en paz,
tu amor, que tanto defendiste,
terminó quitándome la calma.
Porque tenerme sin voz entre tus brazos
te parecía mejor
que escuchar lo que sentía mi corazón.
Después, entre tantas súplicas,
mi mayor petición era tu comprensión;
pues en tu afán de retenerme,
olvidaste cómo quererme.
Entonces llegaron los días de desdicha
y el alcohol se convirtió
en tu refugio más sincero,
la forma más fácil de esconder
todo lo que no quisiste entender.
Y aunque admitirlo
ya quedaba de más,
al final, te quedaste solo.
La desesperación tocó tu puerta,
y el llanto contra las paredes
te devolvió el eco
de todo lo que dejaste romper.
Jamás juzgaré a un alma perdida;
pero qué desdicha
arrastrar hasta esas consecuencias
a quienes se acercaban,
aun entre lluvias y cantares,
a consolarte,
a abrazarte
y a decirte:
“Aquí estoy”.
Te diste cuenta demasiado tarde.
Al final,
ya no quedaba nadie
que te conociera de verdad,
que entendiera cada cicatriz,
cada silencio,
cada palabra escondida
detrás de un triste “aquí”.
Yo ya no estaba para ti.
Porque a quienes más te amaron,
también los hiciste partir.
Y cuando el eco dejó de responderte,
cuando ni tus sombras pudieron seguirte,
solo te quedó volver,
como siempre,
implorando perdón.
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