Hermano! Flashback. Esta es la historia de mi hermano, de mi relación con él antes de su muerte.
Si puedo volver atrás a un momento cumbre con mis hermanos, es este: nosotros solos, sentados viendo la película "Hermano" en la sala de la casa. Aún mi cuerpo recuerda la sensación: el querer estar de nuevo ahí, abrazándonos y llorando juntos de agradecimiento por tenernos. Esa película nos conmovió demasiado. No sé por qué; creo que era porque estábamos creciendo y sabíamos que, tarde o temprano, cada uno tomaría su camino y no viviríamos toda la vida juntos. Eso, al menos, fue lo que yo presentí en ese momento. Nunca pensé que un acontecimiento tan doloroso como el de esa película nos tocaría a nosotros años después.
Así nos llamábamos: ¡hermanooo!, ¡hermanaaa!, a todo pulmón. Cuando era una ocasión algo especial: ¡mano!, ¡mana! Y... bueno, Alfonso, cuando quería embromarme en tono tierno, me decía: ¡enana! Y yo le decía: ¡Jimmy Neutrón! Ya saben, por la serie animada. A él le molestaba cuando yo empezaba a decirle: «piensa, piensa, piensa, Jimmy Neutrón». Jajaja.
Es que en realidad era un genio! y un cabezón también, jajaja. Yo estaba superorgullosa de él, de sus éxitos, y a su vez sentía que él me miraba así, con orgullo.
El primero en irse fue él, Alfonso, mi hermano mayor, como era de esperar... Recuerdo que me dolió mucho su partida. Yo llegué a pensar alguna vez que iba a descansar de él, porque era muy sobreprotector conmigo, muy meloso, excesivamente tierno. Pero cuando se casó y se fue con su nueva familia, sentí su ausencia: mi seguridad tambaleó y me hice falta de sus caricias, de su forma de llenarme de una sana autoestima y autovaloración, del sonido de su guitarra por la tarde y de su voz, tan extremadamente afinada y emotiva, que se colaba entre la piel y rompía el silencio de las mañanas.
Pero seguí mi vida con ese hueco que dejó, haciéndome cargo de mi inseguridad, de mi baja autoestima y de mis propias exigencias. Su recuerdo me hacía bien para recordarme quién era y de lo que era capaz; me daba nuevas fuerzas. Aprendí a cantar bonito, a ser un poco más líder, a tener iniciativa, a buscar socializar... Ya él no lo hacía por mí, y me enseñó a hacerlo.
Luego seguí yo: me fui de casa. Creo que mi otros hermanos no entendieron por qué me iba tan rápido, así, sin dinero, sin casa, sin trabajo, sin familia (esposo, hijos...). Yo, la hermana menor, la "consentida de todos" viví el desgarro de no mirar atrás cuando decides seguir tu camino. A Julián y María, mis otros hermanos muy queridos, no les gustó mi decisión; y aunque me hicieron guerra, al final, la respetaron. Porque ese, ese, era mi momento; alguna fuerza me impulsó. Me despedí en el aeropuerto sin saber bien qué estaba haciendo; solo entendí que era tan doloroso que me cegó y me volví dura como una piedra. No podía ser de otro modo al ver allí a todos llorando y suplicando que no me fuera. Pero por encima de mis sentimientos estaba ese no sé qué, que me decía que estaba haciendo lo correcto.
Y me fui...