Chacho, yo desconfiaba de Tapia y va y entra el primero por la ventana, vaciando el revólver. ¿Lo tenías pensado desde que se llevó la carpeta o se te murió escribiendo?
ENOCH, Capítulo 9 Sensible
LA NOCHE DEL GRAN SACRIFICIO
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Chacho, yo desconfiaba de Tapia y va y entra el primero por la ventana, vaciando el revólver. ¿Lo tenías pensado desde que se llevó la carpeta o se te murió escribiendo?
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LA NOCHE DEL GRAN SACRIFICIO
La bruma que descendía de los cerros hacia Castleberry ya no era la neblina húmeda y fría de cada invierno. Había mutado en un aliento espeso, denso, cargado de un hedor agrio a azufre, tierra removida y carne quemada. Las calles empedradas estaban desiertas; hasta las jaurías de perros del pueblo se habían escondido bajo los porches, aullando con un gemido sordo antes de callar por completo. En el ambiente flotaba una vibración magnética que hacía vibrar las cristalerías de las casas y que erizaba la piel de quien intentara asomarse a la ventana.
En el patio interior de la Mansión Castleberry, bajo la imponente cúpula de hierro y cristal del vivero de Adana, el suelo retumbaba con una pulsación sorda, constante, similar al latido de un corazón gigante sepultado a metros de profundidad.
Para esa noche decisiva, la estructura mística del pacto había emergido a la superficie: el gran sello de piedra y los canales del Pentagrama se habían elevado desde las profundidades de las catacumbas, quedando incrustados directamente sobre el suelo del vivero como una estrella de obsidiana y bronce al rojo vivo.
Elena Miller aguardaba de pie en el centro exacto del sello. Lucía un hábito negro impecable, ajustado con sobriedad, y su rostro de porcelana permanecía sereno, imperturbable ante la sacudida que hacía temblar los ventanales. Sus ojos grises, inertes como los de una estatua, reflejaban el destello violeta que comenzaba a brotar de las grietas de la piedra.
A su alrededor, congregada en semicírculo, se hallaba la totalidad de la secta. Ninguno de ellos faltaba. Allí estaban las monjas demacradas de St. James sosteniendo sus rosarios de madera; el director Tillstoy, con el abrigo de piel salpicado de sudor y sus sortijas de oro brillando bajo la luz vacilante de los candelabros; y la señora Hildegard, erguida con elegancia aristocrática, ajustándose el manto de encaje negro con dedos temblorosos. Junto a ellos, la red entera de gestores, entre ellos Tomás, quién con mirada perdida, sostenía las copas para los invitados, inspectores del censo y funcionarios de la ciudad que durante décadas habían vendido la vida de sus vecinos se apretujaban hombro con hombro.
Murmuraban entre ellos con una mezcla de nerviosismo y codicia. Elena le había prometido que esa noche no solo renovarían sus votos de impunidad y juventud, sino que presenciarían la expansión definitiva del pentagrama. Les aseguró que las fronteras del valle caerían, permitiéndoles extender sus dominios y su red de cobros hacia las provincias del sur sin rendir cuentas a nadie.
Sonreían con servilismo, acomodándose los cuellos de las camisas, convencidos de que estaban a punto de coronarse como los dueños de un imperio invisible.
La Señora Hildegard avanzó un paso, con la barbilla en alto, observando a Elena con una mezcla de pleitesía y arrogancia reprimida.
—La bruma ha cerrado los caminos del norte, Elena —dijo la anciana, y su voz fina resonó en el recinto lleno de ecos —. Los inspectores confirman que nadie ha cruzado la frontera en las últimas tres horas. El censo está listo. Mi nieto Samuel descansa seguro en la capital... Cumplí con mi cuota. Exijo saber si la expansión del sello protegerá las tierras de mi familia fuera del valle.
El director Tillstoy se limpió la frente con un pañuelo de seda, dando un paso al frente para no quedarse atrás.
—Mi oficina ha despachado las últimas seis denuncias como desapariciones voluntarias, tal como ordenó —añadió Tillstoy, intentando firmeza en la voz, aunque el temblor de sus manos traicionaba su pánico al frío antinatural del recinto —. Hemos arriesgado nuestros nombres y nuestros cargos durante años. Exijo la garantía de que el nuevo ciclo nos otorgará la vida que se nos prometió.
Elena Miller no los miró de inmediato. Se tomó unos segundos para ajustar el pliegue de sus mangas oscuras. Luego, despacio, giró el rostro hacia los gestores.
Una sonrisa lenta, fina y carente de cualquier rasgo de humanidad se dibujó en sus labios de porcelana.
—Habéis servido con la maldad que el pacto exigía —dijo Elena, y su voz no brotó solo de su garganta, sino que resonó directamente dentro de los cráneos de todos los presentes, provocando un agudo pitido en sus oídos —. Habéis entregado la carne de los inocentes, los nombres de los desvalidos y el futuro de vuestros propios vecinos con tal de rascar un par de años más de vida miserable. Pero los siervos, queridos míos... los siervos nunca han sido los herederos de la mesa. Son solo el peldaño para la ascensión del amo.
El silencio que siguió a sus palabras fue absoluto, pesado, sofocante.
Antes de que Tillstoy o Hildegard pudieran procesar la traición, el suelo bajo sus pies dio un brinco violento. Un chasquido seco retumbó en la estructura del vivero. De las grietas del sello de piedra comenzó a desbordarse una sustancia negra, viscosa y humeante que emanaba directamente de las catacumbas. El líquido no fluía como el agua; se movía con la prisa de mil gusanos ciegos, trepando por los canales del pentagrama.
En las salidas de cristal del invernadero, gruesas espinas de obsidiana brotaron de la nada, sellando las puertas de roble con un estruendo metálico. Un par de inspectores del censo corrieron presa del pánico hacia los ventanales laterales, intentando golpear el cristal con sus bastones, pero las raíces negras emergieron del marco, atravesándoles el pecho y los muslos antes de que pudieran gritar.
El pánico se volvió un infierno descontrolado dentro del invernadero.
—¡No! ¡Elena, tenemos un trato! —gritó la señora Hildegard, perdiendo toda la compostura aristocrática. Retrocedió a trompicones, tropezó con el dobladillo de su propio vestido y cayó de rodillas sobre la piedra caliente. La sustancia negra alcanzó sus piernas; la tela fina de su faldón ardió en llamas purpúreas mientras la tierra misma se abría bajo ella. Hildegard arañó el suelo con uñas ensangrentadas, intentando sostenerse, pero las sombras la arrastraron hacia abajo; el registro infantil del vivero, el cuaderno donde había anotado a docenas de niños del pueblo, se le escapó de las manos, cayendo al lodo viscoso para consumirse en ceniza en cuestión de segundos. Sus alaridos de horror se ahogaron cuando la tierra se cerró sobre su rostro.
El director Tillstoy intentó hacer valer su autoridad, retrocediendo hacia el altar mientras sacaba un revólver de su abrigo con manos espasmódicas.
—¡Soy el director! ¡Ordeno que se detenga esto! —bramó con los ojos desorbitados.
La sustancia negra no esperó. Se alzó en el aire como una serpiente de humo y se le metió por la boca y la nariz. Tillstoy soltó el arma, llevándose las manos al cuello, sofocándose desde adentro mientras sus venas se tornaban gruesas y negras bajo la piel de su rostro. Cayó de espaldas, agitándose en espasmos horribles hasta que su cuerpo quedó completamente rígido y seco sobre las baldosas. Un instante de lucidez al presenciar la masacre hizo que Tomás cayera de rodillas. Entre sollozos ahogados y violentos espasmos de dolor, vio cómo el líquido negro comenzaba a brotar de su carne, cubriéndolo por completo.
Las monjas de St. James cayeron de rodillas en mas sobre las baldosas agrietadas. Alzaban rosarios de madera con dedos temblorosos mientras chillaban oraciones en un latín desarticulado y grotesco. De la hendidura del sello brotó un fuego violeta que las envolvió en ráfagas de una congelación abrasadora: el hielo místico les cristalizó las córneas y les resquebrajó la piel antes de consumir la carne hasta los huesos, reduciendo sus hábitos de lana a una ceniza rancia que flotaba en el aire.
A su alrededor, los gestores, secretarios y delatores que habían sostenido la red de Castleberry intentaban reptar hacia las salidas, La tierra del vivero, rebosante del moho negro que ellos mismos habían alimentado, se abrió como una garganta viva. Zarcillos de raíces viscosas les envolvieron el cuello, asfixiando sus alaridos mientras la superficie los succionaba hacia el subsuelo con un chasquido seco de huesos rotos.
El aire dentro de la cúpula se volvió denso, irrespirable, impregnado de ozono, azufre y el tufo nauseabundo de la grasa humana ardiendo en el fuego infernal.
En cuestión de minutos, el silencio volvió a la cúpula, roto solo por el crepitar del fuego purpúreo. Ni uno solo de los miembros de la secta quedó con vida. Sus cuerpos, reducidos a cascaras marchitas, yacían pulverizados sobre el grabado de estrella.
Entonces, la masa de almas devoradas y el líquido negro comenzó a reaccionar dentro del cuerpo de Elena Miller.
La piel de porcelana de la viuda comenzó a grietarse con el sonido de un cristal roto. Un gemido gutural, múltiple, brotó de su garganta mientras su figura humana se rasgaba violentamente de arriba abajo como tela podrida. La carne falsa de Elena se desprendió en jirones, revelando la verdaera forma de la entidad.
Enoch se irguió en la estancia. La masa de humo denso, líquido negro, sombras vivas y fuego fatuo se expandió hasta rozar las vigas de hierro de la cúpula. Una mole esquelética de cuernos oscuros, rostros difuminados que gritaban en el vacío y garras de ceniza hirviente tomó el control del espacio. El monstruo en su máxima expresión dominaba la mansión; la presión de su presencia hacía que el aire fuera tan pesado que respirar quemaba los bronquios. Todo el poder de Enoch se había concentrado en formar tal ser.
En ese preciso instante, el ventanal lateral del invernadero saltó en mil pedazos con un estruendo ensordecedor.
Lluvia de vidrio cayó sobre la piedra. El oficial Dario Tapia irrumpió en el recinto con el rostro cruzado por cortes y la linterna de dotación en la mano izquierda. Sin vacilar un segundo, al ver a la abominación erguida sobre el sello, tomó y alzó su arma de reglamento y comenzó a disparar a quemarropa contra el centro del espectro. Los estallidos de la pólvora retumbaban como truenos bajo la cúpula.
Detrás de él, sorteando los vidrios rotos, ingresaron Daniel Wetherbee sosteniendo el cincel de hierro bendecido, Liney Rhodes apretando el grimorio de Adana contra su pecho y la vidente Cassandra, cuyo rostro demacrado reflejaba el terror de la escena.
—¡Ahora, Daniel! ¡Al centro del nodo! —gritó Tapia, vaciando el tambor de su revólver.
Pero Enoch no era una bestio torpe a la que los proyectiles de plomo pudieran detener. Los disparos atravesaron la sombra sin causarle el menor rasguño. La entidad ni siquiera se giró por completo; bastó un movimiento seco de su garra espectral.
Un zarcillo de ceniza hirviente se proyectó desde la masa oscura con la velocidad de un latigazo. Impactó de lleno contra el pecho del oficial Tapia, levantándolo del suelo y arrojándolo violentamente a cinco metros de distancia contra una columna de piedra. Se escuchó un crujido seco de costillas y esternón fracturándose. El arma de tapia rodó por la piedra y el policía cayó tendido de costado, tosiendo un borbotón de sangre oscura, incapaz de mover las extremidades, muriendo en cuestión de segundos sobre la piedra helada.
—¡Dario! —gritó Daniel, intentando correr hacia él, pero el peligro era inminente.
—¡Corderos que entran solos al matadero! —rugió la voz de Enoch, retumbando en la cúpula con una fuerza tal que los cristales restantes saltaron en esquirlas.
Daniel desembolsó desesperadamente el grimorio de las manos de Liney para buscar la página de las palabras para contenerlo, olvidando que el no podía leerlas sin ayuda, sin embargo las raíces negras que emergían del sello elevado reaccionaron al instante. Se enroscaron alrededor de sus tobillos y pantorrillas con una presión aplastante, fracturando la madera del estrado y atrapando al joven ingeniero en el sitio. Daniel cayó de rodillas, gritando de dolor mientras la tierra apretaba sus huesos.
¡Liney! ¡Toma el libro! ¡Léelo tú! —alcanzó a bramar Daniel, empujando el cuaderno hacia ella con las últimas fuerzas que le quedaban en los brazos.
Liney avanzó un paso sobre los vidrios, tomó el cuaderno de cuero de Adana y abrió la página donde estaban trazados los glifos angulares de la contención. Intentó coger aire para pronunciar la primera sílaba, pero no entendía nada y recordó que sin Cassandra no podía hacer nada. Iba a voltear a mirar donde estaba la vidente, pero la mirada de fuego de Enoch se clavó directamente en su mente.
La presión fue instantánea y brutal. Liney sintió que el aire dentro de sus pulmones parecía transformaba en vidrio molido; la garganta se le cerró por completo en un espasmo agónico y una intensa hemorragia nasal comenzó a gotearle rápidamente, manchando la piel tibia del libro. Cayo de rodillas, soltando el aire en un silbido impotente, incapaz de formular un solo sonido.
Enoch se giró despacio sobre el sello de piedra. Sólo necesitaba esperar en el sello, el momento exacto en que la trampa de Castleberry se cerrara y elevar su tributo de almas cuando la luna roja estuviera en la parte más alta del cielo, para que Lucifer le rompiera las cadenas que lo ataban a la ciudad. La mole de sombras se inclinó sobre la joven, desplegando su garra derecha, cuyas uñas de ceniza brillaban con un matiz violáceo.
—¿Creíais que la voz de una niña mortal podía romper un pacto firmado con la sangre de un siglo? —siseó la abominación, con una voz cargada de veneno y triunfo.
La masa oscura alzó la garra a lo alto y se abalanzó con toda su fuerza directamente hacia el cuello de Liney para decapitarla de un solo golpe.
Thoughts
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PermalinkCassandra entra detrás de todos y en todo el capítulo no dice una palabra, y justo Liney se acuerda de que sin la vidente no puede leer los glifos. Me late que la garra no llega al cuello y que la que habla primero es Cassandra. Lo que sí me dejó frío es Tapia: vacía el tambor sabiendo que las balas atraviesan la sombra, solo para que Daniel llegue al nodo, y se muere de costado sobre la piedra en dos renglones.
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PermalinkHildegard entregando niños ajenos con el nieto bien guardadito en la capital. El suyo nunca está en la lista
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PermalinkTillstoy despachando seis denuncias como desapariciones voluntarias da más miedo que la garra, porque eso sí pasa: una firma en una oficina y seis familias que dejan de buscar. Apuesto a que Castleberry sin la secta va a seguir igual de callado un buen tiempo. Nueve capítulos ya, @DaveOaks, gracias por seguir subiendo!
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PermalinkChacho, yo desconfiaba de Tapia y va y entra el primero por la ventana, vaciando el revólver. ¿Lo tenías pensado desde que se llevó la carpeta o se te murió escribiendo?
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