En colaboración con en Pentagrama de Castleberry @DaveOaks
Ferdra estaba descansando del viaje a Margarita, había pasado la semana, el crepúsculo teñía el cielo de Caracas de un tono violeta oscuro cuando la pantalla de su teléfono vibró sobre las sábanas. Un mensaje por Instagram, una invitación cuyo texto era claro y conciso, escrita con un lenguaje extrañamente para los tiempos que corren:
“Ven a Castleberry, donde Las piedras recuerdan lo que los hombres han olvidado”.
Adjunto venía el enlace a una pequeña guía local (postal) donde resaltan sus estrechas calles empedradas, la arquitectura gótica de sus mansiones suspendidas en la bruma y los contornos del castillo viejo que parecía sacado de un cuento que nadie se atreve a contar completo.
Intrigada por las leyendas que rodeaban aquel lugar, supo que no podía presentarse allí a ciegas. Tras una búsqueda exhaustiva entre foros antiguos y directorios locales, dio con un número de contacto peculiar. Cuando llamo a reservar al otro lado de la línea respondió una voz pausada pero firme:
🏰- Buenas noches, gracias por llamar al hospedaje Aldanza, soy la bisnieta de Cassandra, la vidente más respetada que jamás habitó la región.
Le dijo por referencia y atracción turística.
🏰- Si vas a cruzar el portal del pueblo, necesitarás un techo donde la sombra de la casa no te devore.
me advirtió sin titubeos, Ferdra asombrada le dice:
➖ Gracias, por favor para reservar una habitación.
Aldanza:
🏰- Te guardaré la habitación del altillo. Pero recuerda: cuando las campanas de la torre suenen a medianoche, no mires por la ventana.
Sin pensarlo dos veces, Ferdra compró el billete para el primer Avión del amanecer. Dejando atrás la brisa marina de la Guaira, mientras arriba al Aeropuerto JF Kennedy, tomaba el transporte para adentrarse en los senderos montañosos, donde la vegetación se volvía cada vez más tupida y el aire, más denso. Cuando las ruedas del autobús comenzaron a crujir sobre el viejo empedrado del pueblo, supo que el viaje apenas estaba comenzando.
Al levantar la Vista Ferdra se asombró:
Entrando a la ciudad por el norte, pasó por la Casa Carter construida sobre las ruinas de la casa Sterling, en el bosque. Al cruzar la cuadra hacia el noroccidente, el Monasterio de St. James sobre las fosas de la familia Meridian.
-Ferdra tomando fotos para documentar el viaje.
Varias cuadras al nororiente, los márgenes de la Laguna del Parque Central, antiguas tierras de los Lutom.
-Emocionada por el paisaje, Ferdra logra captar la majestuosa y brillante agua del lago.
Después de un puente al suroriente, el terreno del Cementerio Municipal, levantado sobre los cimientos de la residencia Rhodes. De largo llego al suroccidente, la Casa Altmaier, construida sobre los cimientos de los Fairchild.
-Ferdra no hallaba la forma de expresar con palabras claras lo que veía, el misterio y lo hermoso.
Al descender del autobús, lo primero que se desplegó ante sus ojos fue la calle Lem, una vía angosta flanqueada por fachadas de piedra caliza y farolas de hierro forjado que emitían una luz tenue y amarillenta. Caminó sin prisa, dejando que el sonido de sus pasos sobre el piso irregular le marcara el ritmo, hasta que una hora más tarde se encontró con los majestuosos jardines del castillo de Castleberry. El icono de la ciudad se alzaba imponente contra el cielo plomizo, con sus rejas afiladas y sus setos cortados en formas geométricas casi hipnóticas. Fue justo al rodear la gran fuente central cuando vio, por la comisura del ojo percibió una silueta humana, un hombre completamente vestido de negro que no caminaba, sino que se desplazaba flotando a unos centímetros del suelo antes de desvanecerse tras un arco de rosales viejos. Ferdra sacudió la cabeza!!!!!, atribuyendo la visión al cansancio acumulado del trayecto y a la densa neblina que empezaba a bajar de las montañas.
Finalmente, encontró la posada al fondo de una callejuela sin salida. Al empujar la pesada puerta de madera, una campana de bronce anunció su llegada. De la penumbra del recibidor emergió Aldanza, la bisnieta de la legendaria vidente. Su presencia era magnética: vestía un ropaje oscuro de cortes impecables que contrastaba con su piel pálida, y cada uno de sus movimientos poseía una elegancia serena, casi calculada.
-Ferdra petrificada… Pero fueron sus ojos, profundos y cargados de una sabiduría que no correspondía a su juventud, los que me confirmaron que en ese pueblo las historias no eran simples cuentos para viajeros.
🏰- Llegas justo a tiempo —dijo Aldanza, con una leve sonrisa que no llegaba a reflejarse en su mirada—. La sombra del castillo ya te ha visto.
Aldanza hizo una seña con la cabeza y me guió hacia la parte trasera de la propiedad, donde el vivero y los jardines privados limítrofes con Castleberry se abrían paso en la penumbra. Al cruzar el umbral de piedra, una sacudida de energía recorrió mi espina dorsal; no era viento ni frío, sino una vibración pesada, casi eléctrica, que hacía vibrar el aire. Las enredaderas, gruesas y de un verde insólitamente oscuro, invadían gran parte del camino de losas, obligándonos a avanzar con cuidado para no tropezar.
Nos detuvimos bajo la sombra de un gran invernadero de cristal gastado. Allí, rodeados del aroma a tierra húmeda y botánica extraña, Aldanza comenzó a relatar la leyenda que pesaba sobre el lugar: la trágica historia del caballero negro y de soldados que jamás lograron abandonar los dominios del castillo. Explicó cómo aquella figura que creí ver flotando no era un simple espejismo del cansancio, sino el eco de una guardia eterna atada a la tierra.
Para respaldar sus palabras, Aldanza sacó de entre sus ropajes un tomo encuadernado en cuero desgastado: el diario de Adana.
🏰- Si quieren comprender el verdadero origen de lo que ocurre en estas tierras —dijo sosteniendo el manuscrito con delicadeza—, deben revisar los registros guardados, allí conocerán la historia completa:
Pasó los dedos sobre la cubierta gastada del diario y nos miró fijamente.
🏰- Ahí está escrito lo que ni el tiempo ni la muerte pudieron borrar. Y ahora que lo saben, la noche en este pueblo ya no será la misma para ustedes.
Ferdra dejo atrás la imponente silueta del castillo de Castleberry para tomar el sendero que conducía hacia Middletown. La bruma de la tarde descendía a pasos agigantados, envolviendo el paisaje en un manto gris y pesado. De pronto, el aire fresco de la montaña fue reemplazado por una ráfaga densa con un hedor insoportable: una mezcla penetrante de metal oxidado y carne quemada que le erizó la piel y le revolvió el estómago. A medida que Fer avanzaba por las calles desiertas de Middletown, el silencio se vio interrumpido por un murmullo sutil, una voz rasposa que parecía brotar de la propia niebla: “Malicia... Malicia...”, repetía en un soplido helado que sonaba cada vez más cerca de sus oídos, como un llamado imperioso para que Ferdra se detuviera.
🏰- ¡No la escuchen! —ordenó Aldanza alzando la voz con firmeza, agarrándonos del brazo para evitar que bajaramos la marcha—.
🏰- No respondan a la bruma. Podría ser la sombra de la leyenda de Enoch, y si cruzan miradas con el vacío, no habrá vuelta atrás.
Sin perder el ritmo de la caminata, Aldanza metió la mano en su bolso de viaje y extrajo un segundo volumen. Era otro libro encuadernado en cuero maltratado, aún más antiguo y desgastado que el anterior. Con gesto apresurado pero seguro, se lo entregó a Ferdra directamente en las manos.
🏰- Toma esto y lee esta parte de la historia —dijo, mirando de reojo hacia las sombras que se retorcía en las esquinas de Middletown—.
🏰- Necesitan entender quién fue Enoch antes de que la noche termine de caer sobre el pueblo.
Ferdra abrió el libro con manos temblorosas mientras apretaba el paso, leyendo a toda prisa bajo la tenue luz de las farolas, las páginas gastadas sobre Enoch y el pacto que selló el destino de Middletown. La historia explicaba cómo la codicia había atraído esa presencia siniestra que aún susurraba entre la bruma. Con la verdad revelada y el hedor a metal desvaneciéndose a sus espaldas, Fer entendió que la estancia allí debía llegar a su fin.
Ferdra regreso a toda prisa al castillo de Castleberry, el único punto de referencia seguro en medio de la oscuridad que amenazaba con devorarlo todo. Cruzo apresuradamente sus jardines desiertos, ignorando las sombras de los soldados del caballero negro que parecían observarnos desde la penumbra de las enredaderas.
Aldanza la acompañó hasta las pesadas puertas de la salida, donde el primer transporte hacia el exterior aguardaba en la penumbra de la madrugada.
🏰- Has visto lo que pocos se atreven a presenciar y has escuchado los ecos del pasado —dijo Aldanza a modo de despedida, con una leve inclinación de cabeza—.
Lleva contigo el diario y la memoria de este lugar, pero no vuelvas a mirar atrás.
Ferdra subió al autobús sin dudarlo un segundo. Cuando el motor se encendió y las ruedas comenzaron a rodar sobre el empedrado, -deje ir el aire que no sabía que estaba reteniendo, -mi corazon latia tan fuerte como potro descarrilado. A través de la ventanilla, vio cómo la silueta gótica de Castleberry y las brumosas calles de la ciudad se empequeñecían en la distancia, quedando sepultadas una vez más bajo sus viejas y eternas leyendas, mientras el camino la devolvía a la tranquilidad de su refugio, a escribir y publicar su vivencia. Al llegar al Aeropuerto JF Kennedy logro obtener vuelo el mismo día, Ferdra está pasmada, nunca pensó que la invitación a ese pueblo tuviera tanto temor…
-Fredra....vamos por otra aventura.!!!
En colaboración a saga de el pentagrama de Castleberry …..