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8vo viaje: Ruta de los Corales Cristalinos

Amortes22
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El viento cálido de la tarde entraba por la ventana mientras Ferdra tenía abiertas en la pantalla de su computadora una docena de pestañas. Llevaba semanas escuchando el rumor del mar del Caribe,…

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El viento cálido de la tarde entraba por la ventana mientras Ferdra tenía abiertas en la pantalla de su computadora una docena de pestañas. Llevaba semanas escuchando el rumor del mar del Caribe, pero ese día decidió que las fotos en redes sociales ya no eran suficientes: era hora de planear su viaje al Archipiélago de Los Roques.

Con libreta en mano y bolígrafo listo, Ferdra comenzó a trazar el presupuesto. Sabía que un viaje a las dependencias federales requería precisión. Anotó minuciosamente cada gasto estimado:

Pasaje aéreo: El vuelo desde Maiquetía hasta la pista de Gran Roque.

Tasas e impuestos: Entrada al Parque Nacional y tasa aeroportuaria.

Alojamiento y logística: Opciones de posadas locales frente al gasto diario de alimentos.

Al evaluar los números y los días disponibles en su agenda, Ferdra notó que la opción perfecta para optimizar tiempo y dinero era contratar un paquete Full Day. Se puso en contacto con una agencia especializada para asegurar un itinerario ajustado a su ritmo.

El plan quedó trazado con precisión para aprovechar cada hora de luz:

06:00 AM: Abordar el vuelo temprano desde el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar.

06:45 AM: Sobrevuelo y aterrizaje en Gran Roque, sintiendo la brisa salada al bajar de la aeronave (Garantizado) recepción y presentación con el guía local.

08:00 AM: Desayuno a la orilla del mar y embarque en la lancha peñero hacia los cayos francisquí o Madrisquí.

10:00 AM – 03:00 PM: Jornada de esnórquel entre arrecifes de coral, tiempo de relax en sombrillas sobre arena blanca y un almuerzo a base de pescado fresco del día.

04:30 PM: Regreso a Gran Roque para recorrer sus calles de arena y comprar artesanías locales.

05:30 PM: Vuelo de retorno, contemplando desde la altura el atardecer sobre el turquesa del Caribe.

Al cerrar la libreta, Ferdra sonrió. El presupuesto estaba ajustado, la reserva confirmada y el itinerario listo. Solo quedaba empacar el traje de baño y esperar el amanecer de la aventura.

Apenas despuntó el primer rayo de sol, Ferdra ya estaba de pie, marcando el ritmo de la mañana con pasos de baile y tarareando una canción alegre que resonaba en toda la casa. Ajustó las tiras de su mochila, verificó sus lentes de sol y salió por la puerta espabilada como una bala, impulsada por la pura emoción de la aventura que comenzaba.

El trayecto fue un suspiro de anticipación y, en un abrir y cerrar de ojos, la brisa marina del Archipiélago de Los Roques le dio la bienvenida. Al poner pie en tierra firme, el contraste entre el azul turquesa del agua y la arena blanca superó cualquier expectativa. Sin embargo, el verdadero paisaje que la dejó sin aliento apareció justo al acercarse al punto de recepción de su paquete.

Allí estaba el guía esperándola con una sonrisa desarmante. Ferdra se quedó completamente patitiesa, congelada a mitad de paso. El muchacho parecía salido de una postal marina: alto, atlético, de piel dorada por un bronceado perfecto y cabello castaño claro aclarado por el sol, con músculos definidos que delataban horas de surf y mar abierto. Por un segundo, el bullicio del muelle y el sonido de las olas se apagaron; Ferdra parpadeó un par de veces, convencida de que había aterrizado directamente en el plató de La laguna azul.

—¡Bienvenida a Los Roques! Soy Gabriel, seré tu guía en este Full Day —dijo él con una voz pausada y cálida, extendiendo la mano para ayudarla con la mochila.

—Gracias... soy Ferdra —logró articular ella, recuperando el aliento justo a tiempo para disimular la impresión y regalarle su mejor sonrisa, lista para que ese viaje fuera mucho más inolvidable de lo que jamás imaginó.

Tras un desayuno tropical frente al mar, Gabriel guio a Ferdra hacia el muelle donde un peñero de madera azul los esperaba meciéndose suavemente sobre el agua cristalina. El motor rugió y la embarcación cortó la brisa marina rumbo al cayo de Francisquí. Con cada ola, el bote daba pequeños saltos sobre la marea turquesa, y Ferdra, aprovechando el bamboleo con astucia, no perdió la oportunidad de hacerse notar.

—¡Agárrame, Gabriel! voy a caer al mar y vas a tener que darme respiración boca a boca —soltó en voz alta, guiñándole un ojo con pícaro atrevimiento.

Gabriel soltó una carcajada fresca, sujetándola firmemente de la cintura un segundo para ayudarla a mantener el equilibrio.

—Tranquila, Ferdra, que aquí el rescate viene incluido en la tarifa —respondió él con gracia, manteniendo sus ojos avellanados fijos en ella mientras el viento despeinaba su cabello.

Al desembarcar en Francisquí, la escena era digna de un sueño. La arena, de una blancura deslumbrante y suave como talco, se extendía hasta perderse en los infinitos tonos de azul del Caribe.

—¡Dios mío, la arena de Francisquí es una hermosura! —exclamó Ferdra deslumbrada.

Sin dudarlo un segundo, se despojó del vestido playero y se quedó en su coqueto traje de baño. Gabriel, que simulaba acomodar los chalecos salvavidas y las sombrillas, no pudo disimular la sorpresa: se quedó inmóvil un instante, incapaz de quitarle la vista de encima, admirando la soltura y la figura de Ferdra mientras el sol matutino la iluminaba por completo.

Alineada con su faceta moderna, Ferdra no tardó en activar su modo creadora de contenido. Sacó el teléfono, montó el estabilizador y comenzó a documentar cada rincón de la isla para sus seguidores: tomas panorámicas del horizonte, primeros planos de la arena blanca corriendo entre sus dedos y vídeos dinámicos bailando a la orilla del mar. Gabriel pasó a ser su camarógrafo estrella, siguiendo cada una de sus indicaciones entre risas, complicidad y miradas disimuladas que delataban la creciente química entre los dos.

Gabriel se acercó sosteniendo el visor y el tubo de esnórquel, explicando con verdadera pasión la forma correcta de ajustar la máscara y respirar bajo el agua para explorar los arrecifes de coral. Ferdra escuchaba atenta, pero sin perder la oportunidad de posar: posó ajustándose el visor con el mar de fondo, riendo junto a Gabriel y luciendo espectacular en cada encuadre. Las fotos salían impecables, dignas de acumular miles de me gusta.

Tras la sesión en el agua, llegó el ansiado tiempo de relax. Ferdra se descansó sobre la toalla bajo la sombra de la sombrilla, contemplando la inmensidad del paisaje. Gabriel no tardó en reaparecer con una bandeja que desprendía un aroma irresistible: un jugoso pescado frito, acompañado de crujientes tostones con queso y ensalada rallada recién hecha.

—Buen apetito, preciosa —le dijo Gabriel con voz suave, dejándole el plato enfrente y dedicándole una sonrisa cargada de coquetería.

El halago dejó a Ferdra encantada, pero la emoción le jugó una mala pasada. Al probar con entusiasmo el primer bocado de pescado, una diminuta y traicionera espina se le atravesó, quedándose atascada en la garganta. Ferdra abrió los ojos de par en par, llevándose las manos al cuello entre pequeños tosidos y muecas de auxilio.

—¡Hey, tranquila! —exclamó Gabriel reaccionando al instante.

Le tendió velozmente un vaso helado de refresco. Ferdra lo tomó de un solo trago, sintiendo cómo las burbujas y el líquido dulce arrastraban la espina de vuelta al estómago. Soltó un suspiro de alivio enorme, apoyándose en la mano de Gabriel, quien la sostenía preocupado. Pasado el susto, los dos se miraron a los ojos y rompieron en una carcajada cómplice, convirtiendo el pequeño accidente en otra anécdota inolvidable de la tarde.

El sol comenzaba a bajar de tono cuando el peñero amarró nuevamente en el muelle de Gran Roque. Caminando descalzos sobre las coloridas calles de arena, Ferdra y Gabriel avanzaban hombro con hombro, disfrutando del ambiente tranquilo del pueblo. Entraron al pequeño mercado artesanal, donde el aroma a madera y brisa marina llenaba el aire.

Ferdra, fascinada con cada pieza, conversó animadamente con los artesanos sobre los collares de conchas y las tallas en madera, mostrando un encanto natural que dejó a Gabriel completamente deslumbrado. Mientras ella sostenía una pulsera bajo la luz de la tarde, él no podía dejar de mirar el destello de sus ojos verdosos, hipnotizado por su mirada. Ferdra, al percatarse de la fascinación del muchacho, le picó el ojo con coquetería, sacándole un leve sonrojo al atlético guía.

Aprovecharon el tiempo que les quedaba para recorrer la plaza y sentarse a la orilla del mar a conversar. Hablaron de sus vidas, de sus sueños y de lo corto que había resultado el día.

Cerca de las 5:00 PM, el llamado para abordar el vuelo de regreso interrumpió el momento. Caminaron hacia la pequeña pista mientras el cielo se teñía de matices violetas, naranjas y dorados, regalandoles un crepúsculo inolvidable sobre el horizonte caribeño. Justo antes de que Ferdra subiera a la aeronave, Gabriel le tomó suavemente la mano, la miró fijamente y le dijo con voz sincera:

_Me quedo con tus ojos preciosos... Escríbeme, este es mi WhatsApp.__

Le entregó un pequeño papelito arrugado antes de verla abordar. Ferdra le regaló una última sonrisa desde la ventanilla mientras el avión despegaba, contemplando la inmensidad del archipiélago iluminado por el atardecer.

Horas más tarde, ya en la calidez y tranquilidad de su hogar, Ferdra dejó la mochila en una esquina y se acomodó en el escritorio. Encendió la computadora, descargó todas las fotos y vídeos del día y comenzó a editar el contenido para sus redes. Mientras recortaba las tomas del agua turquesa, la arena de Francisquí y la sonrisa de Gabriel, repasó el papel con el número de teléfono que tenía al lado del teclado. Sonrió para sí misma, satisfecha no solo por el material increíble que estaba por publicar, sino por haber vivido una aventura que se le quedaría grabada en el corazón para siempre.

Fin...

Thoughts

  • carmelito

    Esa espina, ay no

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  • Ovid

    Un itinerario con la hora exacta de cada cosa, del vuelo de las seis al regreso de las cinco y media, y en cuanto aparece Gabriel en el muelle el día se sale de todos esos horarios. Me hizo pensar en los viajes que uno planea al minuto y de los que al final solo se acuerda de lo que no estaba en la libreta.

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  • CapituloTrasCapitulo

    Posta que el papelito con el WhatsApp es lo que más quiero seguir. Apuesto a que en el noveno viaje Gabriel aparece entre los seguidores que le escriben, como el del séptimo, y Ferdra no sabe qué hacer con eso.

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