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CARTAS DE UN ENAMORADO SIN RECUERDOS, Capítulo 1

DaveOaks
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EL PESO DE UN SIGLO DE PAPEL

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EL PESO DE UN SIGLO DE PAPEL

El asilo de la ciudad de Rasberry no olía a muerte, como José Márquez había imaginado durante sus años de travesía por el Mar del Norte. Olía a cera barata, a té de manzanilla frío y a ese silencio espeso que solo se acumula en los lugares donde la gente ya no espera la llegada de nadie.

José cruzó el umbral arrastrando una maleta de cuero agrietado que amenazaba con abrirse por las costuras. Sus ochenta años le pesaban más en la columna que en las piernas; no llevaba mucha ropa, apenas un par de camisas raídas y un suéter de lana gruesa. Su verdadera vida estaba comprimida en el fondo de la valija: un centenar de sobres amarillentos, atados con una cuerda de cáñamo que él mismo había anudado con la precisión áspera de un viejo marino.

—¿Señor Márquez?

Una voz joven, limpia, cortó el aire estancado del recibidor.

José se detuvo y alzó la cabeza despacio. Frente a él había una mujer de unos treinta y tantos años, vestida con el uniforme blanco de la residencia. Tenía el cabello recogido de prisa y una pequeña mancha de bolígrafo en el bolsillo del pecho. Pero fue su forma de entornar los ojos al sonreír lo que le provocó a José una punzada seca en el estómago, un chispazo de algo que creía enterrado bajo toneladas de sal y olvido.

—Soy yo —dijo él. Su voz sonó rasposa, golpeada por décadas de tabaco negro y viento de cubierta—. La 402. La que da hacia los sauces.

—Soy Sara —se presentó ella, dando un paso al frente para tomar el asa de la maleta—. Deje que le ayude, el pasillo es largo.

—No —interrumpió él con firmeza, reteniendo la correa de cuero con sus dedos nudosos. Se le marcaban las venas moradas en el dorso de la mano—. No se preocupe, señorita. Esto lo cargo yo. Aquí dentro llevo lo único que me queda de cuando era alguien.

Sara soltó una pequeña risa contenida, un sonido breve que a José le retumbó en las costillas con una familiaridad dolorosa, aunque su memoria, gastada por el tiempo, no lograra ubicar la sintonía.

—Es usted un hombre obstinado, Don José —comentó ella, ajustándose el reloj de pulsera mientras caminaban a paso lento por el linóleo gris—. La mayoría llega aquí con un televisor pequeño y una caja de cartón llena de pastillas.

—Las pastillas solo alargan la espera, Sara —respondió el anciano mirando sus propios zapatos desgastados—. Yo no vine a esperar. Vine a poner en orden las cosas que dejé tiradas por el camino.

Sara lo miró de reojo. Tenía los ojos cansados. Esa misma mañana, antes de salir hacia el turno de seis, había tenido otra discusión muda con Julián. Una disputa breve por una taza sucia en el fregadero que encubría, en realidad, tres años de distanciamiento, de noches durmiendo espalda contra espalda y de conversaciones reducidas al pago de los servicios. Ver a este anciano aferrado a su maleta de cuero le provocó un pellizco de curiosidad, una tregua en medio de su propia apatía.

Al entrar en la habitación 402, el olor a limpio era casi hiriente. Una cama individual con colcha azul, una mesa de noche de melamina y un ventanal amplio por el que se distinguían las copas despeinadas de los sauces llorones.

José se dejó caer en la orilla del colchón. El mueble no protestó, pero sus huesos sí. Por primera vez en meses, no sentía bajo sus pies el retumbo sordo del motor de un buque, ni la vibración del cemento fresco, ni el ajetreo de las cocinas donde alguna vez se ganó el pan. Solo había un silencio absoluto. El tipo de silencio que aterra a los hombres que han pasado la vida huyendo.

—¿Quiere que le ayude a guardar la ropa en el armario? —ofreció Sara desde el marco de la puerta, acomodándose la tira del delantal.

José contempló la maleta sobre sus rodillas. Sabía que sus ojos, empañados por las cataratas, ya no alcanzaban a descifrar la caligrafía apretada de sus años mozos. La soberbia lo había mantenido lejos de esa ciudad durante media vida, pero el espanto de morir en la soledad de un camarote lo había traído de vuelta al único lugar donde el aire todavía olía a jazmines y a tierra mojada.

—Sara... —murmuró sin mirarla, acariciando el nudo de cáñamo con la yema del pulgar—. ¿Usted cree que a un hombre cobarde le queda derecho a ser escuchado?

Sara se apoyó contra la madera del marco. Pensó en Julián, en las palabras que ella misma se guardaba cada noche por miedo a romper lo poco que quedaba de su casa.

—Creo que los cobardes son los que más cosas tienen para contar, Don José —dijo con voz suave—. Los valientes resuelven sus vidas a tiempo y no necesitan dejar nada por escrito.

El anciano dejó escapar una sonrisa amarga que le arrugó aún más las comisuras de los labios. Con manos temblorosas, desató el primer doblez de la cuerda. El cáñamo cedió con un crujido seco. Tomó el primer sobre del fajo: el papel estaba amarillento, gastado por los bordes y manchado con una cerco oscuro de café.

—Mañana... si le sobra un minuto entre sus medicamentos y sus rondas —dijo levantando la vista, buscando los ojos de la mujer—, tal vez pueda leerme esta. Mis ojos ya no me sirven para ver el pasado, y necesito recordar qué clase de idiota era antes de quedarme sin nada.

Sara asintió despacio, sintiendo una corriente sutil, una extraña gravedad que la ataba a ese cuarto y a las manos manchadas de ese desconocido.

—Mañana a primera hora, Don José —prometió—. Leemos la primera.

Thoughts

  • finalArruinado

    Yo nunca arranco algo a medias y con esta caí igual, po. Ahora a aguantar hasta que Sara abra el primer sobre.

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  • Amortes22

    Sara tuvo una discusión muda con Julián... Adicional a ingreso de don José, según el obstinado dice ella... Que querra arreglar don José???

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  • cuento77

    Mare, Julián y la taza sucia, eso lo leí en voz alta en el grupo y todas dijimos lo mismo: Sara necesita esas cartas tanto como él. Yo ya voy de su lado.

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  • novelaacuestas

    Me apunto a esta desde ya. ¿La idea es que cada capítulo abra con una de las cartas del fajo?

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