EL AZUL QUE TODO LO BORRA
El viento del norte traía olor a salitre y a lluvia fría. En el cuarto piso del asilo de Rasberry, el radiador emitió un gorgoteo metálico antes de empezar a soltar un calor seco.
Sara entró a las ocho en punto. Traía una franela limpia y una taza de té de manzanilla. Encontró a José apoyado en el alféizar de la ventana, con los ojos fijos en la neblina que tapaba la copa de los sauces.
—Hoy el aire se siente denso, Don José —dijo Sara, dejando la taza sobre la mesa.
—Es aire de tormenta, muchacha —respondió el anciano sin girarse—. En el mar, cuando el aire se pone así, los marineros sabemos que no hay dónde esconderse. Hay que agarrarse fuerte al timón o dejar que la ola te lleve.
Se volvió despacio, apoyándose en su bastón de madera de guayacán. Caminó hacia la cama y se dejó caer sobre las cobijas con un gemido sordo.
—Dejé los ladrillos y la mezcla por el acero de los buques —dijo, señalando la maleta con un gesto tenue—. Me enrolé en la infantería de marina pensando que la sal del océano me borraría la culpa de las mujeres que dejé tiradas en el camino. Qué idiota. El mar no limpia nada, Sara; solo te deja a solas con tus propios fantasmas durante meses.
Sara se sentó a su lado y buscó en la maleta. Encontró un sobre con un sello militar descolorido en una esquina, con los bordes gastados por la fricción del cuero. El papel era áspero, tosco, de ese que se reparte en los cuarteles.
Desdobló la hoja y acomodó la voz para leer.
Carta #3: El puerto de las promesas rotas (Invierno, 1978)
"Hoy el frío de la cubierta se me mete hasta los tuétanos, pero no es nada comparado con la helada que llevo por dentro. He conocido a una mujer aquí, en la ciudad de escala antes del embarque. Se llama Marta.
No se parece en nada a las demás. No busca que la deslumbre con palabras pulidas ni le importa mi fachada de hombre fuerte. Marta busca una verdad que yo no estoy seguro de tener. Tiene una forma de mirarme directa, limpia, que me desarma por completo; como si pudiera ver al albañil asustado que se esconde debajo de este uniforme de soldado raso.
La quiero... con un miedo visceral que nunca antes había sentido. Pero mi naturaleza es traicionera y cobarde. En la última salida franco, en un bar del puerto alto, me dejé enredar por el calor fácil de una cantinera de ojos tristes. Usé la soledad de la partida y el miedo a la guerra como excusa para perderme en otros brazos.
Marta se enteró. No porque nadie se lo dijera, sino por mi propio silencio, por la forma en que evité su mirada cuando fui a despedirme. Me miró con una decepción tan honda, tan serena, que me dolió más que si me hubiera cruzado la cara. Nos dijimos adiós bajo una llovizna amarga en el muelle de desembarco, justo antes de que sonara la sirena del buque.
Ahora, mientras las máquinas retumban bajo mis pies y zarpamos hacia el norte, me pregunto si el estruendo de los cañones será suficiente para callar el eco de su voz en mi cabeza. Me voy a un sitio que no me pertenece, huyendo del único amor al que debí haberme quedado a defender."
Sara cerró el sobre despacio. El nombre Marta flotó un segundo en el aire de la habitación, pero Sara no le dio mayor importancia; era un nombre común en esa época, el de miles de mujeres que aguardaban en los puertos o en las ciudades del interior. Sin embargo, la sensación de descuido y cobardía que transmitía la carta le tocó una fibra íntima.
—¿La cambió por una noche de alcohol en una cantina? —preguntó Sara en voz baja.
—La perdí por estúpido, Sara —suspiró José, pasándose los dedos por la frente limpia de pelo—. No sabía qué hacer con un amor limpio. Estaba tan acostumbrado a las relaciones a medio hacer, a los intercambios de conveniencia, que cuando encontré a alguien que me pedía verdad, me dio pánico no estar a la altura. Así que busqué algo sucio para volver a mi nivel.
—¿Y qué pasó después? ¿Volvió a saber de ella? —quiso saber Sara, ajustándose la tira del delantal.
José miró sus manos nudosas, apretando la manta sobre sus piernas.
—El servicio duró dos años, muchacha. Cuando volví a desembarcar, ya no era el mismo. Traía una cicatriz de esquirlas en el costado y un vacío del tamaño del océano. La busqué, claro que la busqué. Pero el tiempo no se queda parado esperando a que los cobardes maduren. Para cuando regresé a Rasberry, ella ya tenía sus propios dolores... y yo empecé a estudiar ingeniería naval para intentar arreglar máquinas, cuando lo que tenía destrozado era la vida.
Sara guardó la carta en la maleta.
Esa tarde, cuando salió de la residencia, el aire frío le golpeó el rostro. Camino a su casa, pensó en la facilidad con la que un hombre puede arruinar lo más valioso que tiene por miedo a no saber sostenerlo.
Al llegar a su apartamento, encontró a Julián en la cocina, sirviéndose un plato de comida recalentada frente al microondas. No se dijeron nada durante los primeros diez minutos. Pero esta vez, Sara no se fue a la habitación a aislarse. Se acercó a la barra, tomó un vaso con agua y se paró frente a él.
—Julián —dijo suavemente.
Él alzó la vista, sorprendido por el tono sin aspereza.
—¿Qué pasa?
—No quiero que nos convirtamos en dos desconocidos que viven bajo el mismo techo por miedo a decir la verdad —murmuró ella—. No quiero que pasen diez años y tengamos que escribirnos notas para pedirnos perdón por el tiempo que dejamos perder.
Julián se quedó estático, con el tenedor a medio camino. Miró los ojos cansados de su esposa y, por primera vez en mucho tiempo, la tensión de sus hombros cedió un poco. Dejó el plato sobre la mesa y asintió en silencio, aceptando la tregua.