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CARTAS DE UN ENAMORADO SIN RECUERDOS, Capítulo 5

DaveOaks
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La tarde cayó sobre Rasberry cargada de nubarrones oscuros que convirtieron el cielo en una lámina de plomo. En la habitación 402, el ambiente estaba en penumbra, iluminado apenas por la luz…

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La tarde cayó sobre Rasberry cargada de nubarrones oscuros que convirtieron el cielo en una lámina de plomo. En la habitación 402, el ambiente estaba en penumbra, iluminado apenas por la luz anaranjada de la lampara de pie.

Sara entró dejando caer la bandeja del té sobre la mesa con un golpe más seco de lo necesario. Venía con el rostro rígido. Esa mañana, antes de salir de casa, le había montado a Julián una escena agria porque él había olvidado comprar la leche y había dejado las toallas húmedas sobre la cama. Le había dicho palabras hirientes —«es que no sirves ni para acordarte de un encargo básico»— y se había marchado dando un portazo, disfrutando de esa superioridad moral amarga que le daba sentirse "la única que se esforzaba".

Encontró a José sentado con las piernas cubiertas por la manta de lana gris, pasando la yema de sus dedos sobre dos sobres atados con una cinta de hilo rojo desgastado.

—Hoy traes las pisadas pisando fuerte, muchacha —comentó el anciano sin girarse, notando la tensión en el aire.

—La gente que no piensa en los demás me saca de quicio, Don José —respondió Sara con acidez, jalando la silla de madera con brusquedad—. A ver qué cartas le tocan hoy.

José sonrió con tristeza y le entregó los sobres atados.

—Léelas juntas, Sara. Hoy vamos a hablar de cómo uno se convence de que siempre tiene la razón mientras destroza todo a su alrededor.

Sara desató el nudo gastado. El primer papel era suave y conservaba un aroma tenue y metálico a guardarropa antiguo.

Carta #4: El peso de la devoción (1982)

"Se llamaba Lucía. Era la dulzura hecha mujer. Me esperaba con la cena caliente después de mis turnos dobles en el astillero, me arreglaba las camisas y me miraba como si yo fuera un rey caído del cielo.

Me dio todo lo que un hombre puede soñar: paz, un hogar limpio y un perdón interminable. Y yo, en mi arrogancia de creerme inalcanzable, la juzgaba por todo. Me molestaba su sencillez, me fastidiaba que no entendiera de barcos y me dediqué a señalarle cada pequeño defecto para no mirar los míos. La engañé con una mujer cuyo nombre ni siquiera recuerdo. Cuando Lucía me descubrió, no gritó. Solo me miró con una lástima infinita que me abrasó la cara. 'Eres un hombre muy pequeño, José', me dijo con la voz tranquila. Y recogió sus cosas.

Me dolió, pero mi orgullo era tan grande que me convencí de que la culpa era de ella por no ser suficiente para mí."

Sara frunció el ceño. El texto le provocó un pellizco molesto en el estómago.

—Usted era un insoportable, Don José.

—Era un soberbio, Sara —corrigió el viejo en voz baja—. Cuando uno está lleno de frustración por dentro, es muy fácil desquitársela con la persona que tiene al lado. Es más cómodo buscarle defectos al otro que admitir que el que está arruinado es uno.

Sara no respondió. Desplegó el segundo pliego con cierta prisa incómoda.

Carta #5: El espejo roto (1984)

"Decidí cambiar. Conocí a Silvia y me propuse ser el hombre perfecto. Le entregué mi sueldo, mi tiempo y mis domingos. Pero cometí el error inverso: me volví un fiscal. La controlaba, le criticaba cada gasto, me quejaba si la cena no estaba a tiempo. Pensaba que como yo 'trabajaba duro', tenía derecho a exigir perfection.

El golpe vino por donde menos lo esperaba. Mi mejor amigo se convirtió en su refugio. Los encontré a los dos en mi propia casa. La humillación no fue solo la traición; fue entender que la volví hacia otros brazos con mi amargura diaria.

Rompí una amistad de veinte años y me quedé solo en una cantina de mala muerte en el puerto de Rasberry, masticando mi propio veneno. Y fue allí donde volví a cruzarme con Marta."

Sara bajó la hoja. Recordó la cara de humillación y cansancio de Julián esa mañana cuando ella le gritó por la leche. Él no le respondió; solo agachó la cabeza y recogió las toallas en silencio.

—¿Marta? —preguntó Sara, intentando desviar el pensamiento de su propia casa—. ¿La mujer del puerto?

—La misma, Sara. Nos encontramos siendo dos náufragos. Pero yo no había aprendido nada. Creía que con quererse bastaba.

El anciano sacó la hoja de papel de estraza tosco.

Carta #6: La tranquilidad del puerto (Verano, 1986)

"Hoy me desperté antes que tú. Te miré dormir y por un segundo tuvemiedo. Miedo de que este silencio fuera demasiado perfecto para un hombre que solo conoce el ruido de los astilleros. Me gusta cómo preparas el café, y cómo doblas las servilletas en forma de barquito para hacerme reír.

Anoche hablamos de nombres. Tú quieres uno que suene a flores, yo uno que suene a mar. Me asusta la velocidad con la que estás echando raíces en mi pecho. Soy un ingeniero, estoy programado para calcular tensiones y pesos, y tú eres la única estructura que no sé cómo sostener. A veces, cuando me miras con esa confianza absoluta, siento ganas de salir corriendo. No porque no te quiera, sino porque me aterra que te des cuenta de que este uniforme de oficial no es más que un disfraz para el albañil que sigue teniendo miedo de quedarse sin trabajo, de quedarse sin anda, de quedarse contigo.

Sara terminó de leer y se quedó con el papel de estraza entre las manos. El cuarto quedó en un silencio aplastante. Recordó los barquitos de papel que aparecían en su lonchera cuando era niña y pensó que en Rasberry las costumbres se pegan de unos a otros como el musgo a las rocas.

—¿Por qué se fue, Don José? — preguntó Sara, casi en un susurro —. Si eran tan felices en esa cocina...

—Porque el orgullo es un arquitecto pésimo, Sara. Yo quería ser el "gran ingeniero naval". Me ofrecieron un proyecto en los astilleros del sur, un contrato que me daría el prestigio que siempre busqué. Ella me pidió que me quedara, no por el dinero, sino porque... bueno, ella ya sabía algo que yo me negaba a ver. Mucho después lo comprendí.

José se frotó los sienes, como si intentara borrar un dolor antiguo.

—Discutimos por una estupidez. Un jarrón roto, un plato frio ...excusas que inventamos para no decir que teníamos miedo. Le dije que ella me estaba cortando las alas. Ella me miró con una calma que me dio escalofríos y me dijo: Vete, José. Pero cuando intentes aterrizar, asegúrate de que todavía haya alguien esperando en la pista.

Sara cerró los ojos. Podía ver la escena. Podía sentir la tensión de dos personas que se aman pero que no saben cómo pedirse que se queden.

—Me fui al sur —continuó José —. Me convertí en el jefe de proyectos. Construí los barcos más rápidos de la flota. Pero cada vez que bautizaba un buque rompiendo una botella de champán en el casco, solo podía pensar en el sonido de aquel jarrón rompiéndose en nuestra cocina de Rasberry.

—Yo le grité a mi esposo esta mañana, Don José —confesó Sara de pronto, con la voz ahogada por una vergüenza repentina—. Le dije que no servía para nada... solo porque olvidó comprar la leche.

El anciano giró la cabeza y la miró con una piedad profunda.

—La amargura es un veneno lento, muchacha. Empiezas criticando la leche derramada y terminas durmiendo de espaldas en una cama helada, preguntándote en qué momento se murió todo. Si ese muchacho sigue ahí, esperándote, no le regales tu desprecio. El desprecio mata más rápido que la distancia.

Sara guardó las cartas en la maleta de cuero con manos temblorosas.

Esa tarde, la lluvia caía a cántaros sobre Rasberry. Cuando Sara llegó a su casa, encontró a Julián intentando arreglar la cerradura de la puerta del balcón que se había atascado. Tenía las manos sucias de grasa y la mirada cansada. En otro momento, Sara le habría soltado un comentario sarcástico sobre su torpeza o sobre la suciedad en el suelo.

Esta vez se detuvo en el pasillo. Dejó su bolso, se acercó despacio y se hincó a su lado en el piso frío.

Julián tenso los hombros, esperando el regaño habitual.

—Perdóname por lo de esta mañana —dijo Sara en voz baja, buscando sus ojos—. Fui una injusta contigo. La leche no importaba nada.

Julián la miró paralizado, con el destornillador a medio camino. La dureza en su rostro se desvaneció poco a poco, dando paso a una sorpresa infinita.

—No pasa nada... —alcanzó a murmurar él, con la voz torpe.

—Sí pasa —insistió ella, tomando sus manos sucias de grasa entre las suyas—. Estoy cansada de pelear sola contra cosas que no existen, Julián. Pásame las herramientas. Vamos a arreglar esto juntos.

Por un momento, en esa pequeña tarea doméstica, sara sintió que estaba rescatando un pedazo de lo que José había tirado a la basura hace años.

Thoughts

  • Sabina

    Mi madre le gritaba a mi padre por la leche también, cuarenta años, y él recogía las toallas igualito sin decir nada

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  • Amortes22

    Sara sigue aprendiendo de la experiencia de don José, por más que escribe cartas cada año hace los mismo, deja atrás por nuevos proyectos, arrepentimiento.

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  • Ovid

    Los barquitos de servilleta que Marta le doblaba a José y que años después aparecen en la lonchera de Sara. Apuesto a que esa costumbre no llegó a Rasberry por casualidad, y que Sara tiene más que ver con estas cartas de lo que ella sabe. Para mí ahora cada mirada de piedad de José se lee distinta. Gracias por seguir subiéndolos!

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  • Yeray

    Chacho, Sara pidiendo perdón con las manos de Julián llenas de grasa. A las siete de la mañana con sueño eso no sale igual, a ver cuánto le dura.

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