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CARTAS DE UN ENAMORADO SIN RECUERDOS, Capítulo 2

DaveOaks
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EL PRIMER BRINDIS POR EL OLVIDO

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EL PRIMER BRINDIS POR EL OLVIDO

La mañana en casa de Sara comenzó con el borboroto metálico de la cafetera y el choque seco de la puerta del refrigerador. Julián estaba sentado a la barra con la mirada fija en la pantalla del teléfono, deslizando el pulgar con una lentitud autómata. Ni siquiera parpadeó cuando ella le dejó la taza humeante a un lado.

—Me toca cubrir el turno de la mañana en la 402 —dijo Sara, esperando que él alzara la cabeza.

—Ajá —murmuró él, sin romper la hipnosis de la pantalla—. Tengo reunión con la gente de auditoría. Llegaré tarde.

Sara no respondió. Le dio un beso en la mejilla, un contacto breve y tibio que sabía más a costumbre que a afecto. Era el tipo de despedida que no deja rastro, un trámite entre dos personas que comparten la propiedad de una casa pero ya no cruzan las miradas en el pasillo.

Al llegar a la residencia de Rasberry, el olor a desinfectante de pino se mezclaba con el vapor del desayuno de los residentes. Sara subió directo al cuarto piso. Al abrir la puerta de la 402, encontró a José sentado junto al ventanal. Llevaba puesta una bata parda algo raída en los puños y sostenía el primer sobre entre sus dedos temblorosos, soplándole el polvo con la delicadeza de quien limpia una reliquia.

—Llega a tiempo, muchacha —dijo él sin girarse, reconocible solo por el carraspeo de su garganta—. El café del asilo parece agua de fregadero, pero la vista a los sauces no está mal.

Sara sonrió, cerrando la puerta a sus espaldas. Se acercó a la mesa de noche, jaló la silla de madera y se acomodó a su lado.

—Promesa es promesa, Don José. A ver qué desastre hizo cuando tenía veinte años.

El anciano le extendió el sobre. El papel estaba amarillento, áspero por la humedad almacenada durante décadas en el fondo de la maleta. Sara desdobló la hoja con cuidado; la tinta azul se había desvaído hasta convertirse en una sombra pálida y apretada.

Ajustó su postura y empezó a leer en voz alta.

Carta #1: El camarero de "La Gaviota de Cristal" (Marsella, 1968)

"Querida mía:

Hoy mis manos huelen a vino barato, a marisco frío y a esa desesperación que solo se respira en los puertos donde nadie se queda lo suficiente para aprenderse el nombre del otro. Tengo veinte años y la soberbia estúpida de creer que el mundo me pertenece porque puedo sostener cinco platos en un solo brazo sin derramar una gota de salsa.

Pero anoche te vi. Te sentaste en la mesa cuatro, la que tiene la pata coja y se tambalea cada vez que alguien apoya los codos. Llevabas un vestido sencillo, del color del agua antes de la tormenta. Te serví un vino blanco peleón y, al entregarte la copa, rozaste mis dedos con los tuyos. Sentí un latigazo en el pecho, una sacudida que por poco hace volar mi equilibrio de camarero por los aires.

Te prometí que saldría a las once, cuando la cocina cerrara y apagara las luces de la terraza. Te juré que caminaríamos hasta el muelle viejo. Pero a las diez y media, el capitán de un carguero griego me ofreció una propina ridícula —el equivalente a dos semanas de mi sueldo— si me quedaba a limpiar el estropicio de una pelea de marineros en el reservado.

Elegí el dinero. Elegí asegurar el alquiler del mes siguiente en lugar de tenerte enfrente durante una hora. Cuando por fin crucé la puerta, pasada la medianoche y bajo una llovizna helada que olía a salitre, la mesa cuatro estaba vacía. En la silla solo quedaba la huella de tu abrigo y un rastro tenue de perfume de violetas flotando en el aire frío del puerto.

Esa noche aprendí que las oportunidades no esperan a que los cobardes terminen de hacer cuentas."

Sara bajó la hoja despacio. En la pequeña habitación solo se oía el roce de las ramas de los sauces contra el cristal de la ventana.

José mantenía los ojos fijos en sus propias manos, nudosas, con las venas marcadas como raíces secas sobre la piel marchita.

—¿Cambió una noche con ella por limpiar vómito y sangre de unos marineros? —preguntó Sara, con una mezcla de reproche y amargura que le salió sin pensarlo.

—Era joven, Sara —suspiró el anciano, pasándose la mano por la frente arrugada—. A los veinte años uno cree que el tiempo es un pozo sin fondo. Uno piensa: «Ya habrá otra noche, ya habrá otra mujer, ya habrá tiempo». No sabía que la vida es una suma de cosas que uno deja pasar por andar contando monedas.

Sara guardó la carta en el sobre con un cuidado casi reverencial. Pensó en Julián, en las noches que él se quedaba hasta tarde frente a la laptop revisando hojas de cálculo para «asegurar el futuro», mientras ella cenaba sola en la mesa del comedor mirando una pared en blanco.

—El futuro no sirve de nada si cuando llegas a él estás solo, Don José —murmuró ella.

El anciano la miró de reojo, notando la sombra que cruzó el rostro de la enfermera.

—Eso se aprende tarde, muchacha. Cuando las manos ya te tiemblan tanto que ni siquiera puedes sostener la taza de té sin volcarla.

Esa tarde, al terminar su turno, Sara no regresó a casa en el autobús habitual. Caminó unas calles bajo el aire fresco de Rasberry y compró un par de tazas de barro en una tienda de artesanías local —un capricho tonto que llevaba meses postergando porque a Julián le parecida «gasto innecesario»—.

Cuando llegó a su casa, encontró a su esposo en el sofá, con la laptop abierta sobre los muslos y la cara iluminada por la luz fría de la pantalla. Sara dejó las tazas sobre la mesa de centro, se acercó y le cerró la tapa del ordenador con suavidad.

Julián la miró sorprendido, parpadeando como si saliera de un túnel.

—¿Qué haces? Estoy revisando los informes de...

—Deja eso un momento —lo interrumpió ella. Su voz no era de enojo, sino de un cansancio muy antiguo—. Hoy no quiero hablar de presupuestos ni de la cuenta del gas. Si nos vamos a quedar en silencio, al menos mirémonos a los ojos mientras ocurre.

Julián se quedó estático, desconcertado por el tono de su mujer. Por primera vez en meses, no protestó; retiró la computadora a un lado y la dejó acomodarse junto a él en el sofá.

Thoughts

  • dlozano92

    Parce, yo no lo juzgo tanto al José de veinte años. Con el arriendo del mes siguiente encima, una propina de dos semanas no se deja pasar así no más, y a Julián lo veo parecido: el man cree que está cuidando la casa. Apuesto a que en la próxima carta hay otra cuenta que le sale cara.

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  • Amortes22

    Eso fue como un mensaje García!!! La historia de José en su 1era carta se reflejó en Sara, captó el mensaje pasar tiempo juntos bcon Julián... Como será el resto de las cartas??? Ahora es que vienen historias.

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  • Sabina

    Julián con sus hojas de cálculo para asegurar el futuro. Lo mismo decía el vecino de enfrente en el 98 y la esposa se le fue en el 2001

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  • Yeray

    Chacho, un capitán griego ofreciéndole dos semanas de sueldo a las diez y media, con veinte años y el alquiler encima. ¿Cuántos dicen que no a esa hora?

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