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El secreto del renaco y la madre de las hormigas siquisapas.

LuisBalverdi
Pensamiento

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Ovid

Salir a coger siquisapas a las once de la noche con un mechero de kerosén y una botella de gaseosa reciclada es de esas cosas que solo cuenta alguien que lo ha visto. Se nota que el monte de este cuento existe, con su aguajal y su renaco, y que Isabel…

Salir a coger siquisapas a las once de la noche con un mechero de kerosén y una botella de gaseosa reciclada es de esas cosas que solo cuenta alguien que lo ha visto. Se nota que el monte de este cuento existe, con su aguajal y su renaco, y que Isabel tiene algo de una persona de verdad. Gracias por compartirlo aquí!

Contenido de la publicación

Había una vez una niña llamada Isabel. A ella le gustaba cuidar la naturaleza, amaba las plantas y comer sus frutos, como el caimito, el zapote y el tapisho. Además, le gustaba sembrar plantas frutales de pomarrosa en el bosque y en su chacra y, sobre todo en temporada de lluvias y truenos, le fascinaba salir en medio de la noche a coger hormigas culonas, las famosas «siquisapas». Para ella, imaginar y sentir el aroma de la noche y de las hormigas era la señal perfecta para comenzar su pequeña aventura nocturna por el monte.

A eso de las once de la noche, estaba en su lomada con su botella reciclada de gaseosa, donde metía las hormigas que juntaba, junto a su mechero de kerosén que la alumbraba. Los árboles se movían con el viento fuerte y un sonido misterioso se escuchaba en medio de la vegetación. Isabel seguía cogiendo sus hormigas cantando su canción preferida con voz fuerte para no sentir miedo:

Ven, ven, ven
A Rioja, mi amigo
Al origen del sol
Y a ponerte un sombrero…

Pero en eso, escuchó un ruido más al fondo del bosque: un crujido de hojas secas que le hizo saltar el shunguito de la emoción. Con su curiosidad de aventurera, tomó su machete en la mano y caminó. Las hierbas húmedas azotaban sus piernas, los mosquitos le picaban, pero así avanzaba. A lo lejos observó un aguajal y, en medio, un gran árbol de renaco imponente; se escuchaba un ruido dentro de sus raíces.

Despacito se acercó, se ocultó tras unas hojas de bombonaje y vio a lo lejos una criatura de pequeña estatura que salía silbando. A pasos rápidos, el pequeño ser renegaba porque, por la cosecha de las hormigas culonas, no podía dormir ni vivir tranquilo, ya que cada vez más personas se adentraban al monte y sobre todo a sus lomadas, donde él guardaba su tesoro, y tenía miedo de que alguien lo encontrara.

En su mano llevaba una mezcla de hierbas con la cual planeaba matar a la madre de las hormigas culonas: una serpiente de tres cabezas. A Isabel se le estremeció el cuerpo, no de miedo, sino por la atrocidad que quería realizar esa pequeña criatura. Cuando el ser se perdió en la oscuridad, ella caminó hacia el árbol renaco, se sentó entre sus raíces y, llorando, se quedó dormida.

El renaco, conmovido, le habló a Isabel a través de sus sueños. Le pidió ayuda para evitar que la criatura le hiciera daño a la madre de las hormigas culonas. Le indicó que fuera a la lomada más baja, «de donde nunca salen las siquisapas», y llevara una raíz del árbol renaco con un poco de agua hasta la entrada, la cual reconocería porque siempre está custodiada por una hierba de ishanga.

Isabel despertó y no dudó. Llevó la raíz con agua hasta el lugar indicado. El espíritu del árbol renaco se adentró en la guarida de la madre de las hormigas culonas, le advirtió del peligro y juntos idearon un plan. El árbol renaco sabía que en sus propias raíces guardaba lo que más amaba la pequeña criatura y decidió entregárselo a cambio de la paz: el collar de la invisibilidad, hecho con semillas mágicas de huayruro.

Desde ese momento, la madre de las hormigas siquisapas permanece invisible en cualquier lomada y, año tras año, sus hijas salen a traerle comida. La pequeña criatura se convirtió en un ser errante que vive en lo más profundo del bosque; ahora solo camina de noche, cuidando de no ser visto ni atrapado. Isabel, contenta, regresó a su casa por haber salvado a la madre de las hormigas culonas, y hoy en día cuenta esta historia a sus hijos, nietos y bisnietos, al costado de su tushpa.

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  • Ovid

    Salir a coger siquisapas a las once de la noche con un mechero de kerosén y una botella de gaseosa reciclada es de esas cosas que solo cuenta alguien que lo ha visto. Se nota que el monte de este cuento existe, con su aguajal y su renaco, y que Isabel tiene algo de una persona de verdad. Gracias por compartirlo aquí!

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Había una vez una niña llamada Isabel. A ella le gustaba cuidar la naturaleza, amaba las plantas y comer sus frutos, como el caimito, el zapote y el tapisho. Además, le gustaba sembrar plantas…

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