capitulo 1
El neón del letrero parpadeaba sobre la barra de roble viejo, arrojando destellos rojos y zumbantes contra el humo denso de tabaco. Frank Kidder se mantenía al margen, sosteniendo un vaso de bourbon tibio, con la mirada fija en el fondo ambarino del líquido. No buscaba problemas, pero los problemas —como solía recordarle la memoria de cien batallas olvidadas por el mundo— siempre olían la sangre fría de un sobreviviente.
Los dos sujetos se le acercaron por la espalda con esa falsa seguridad que da la manada y el alcohol barato. El más alto, con una cazadora gastada y los nudillos ásperos, le dio un empujón seco en el hombro.
—Oye, forastero, aquí no nos gustan los de tu tipo. Vuelve por donde viniste —escupió, soltando una risa cómplice hacia su compañero.
Frank ni siquiera derramó una sola gota de su vaso. Se giró lentamente con la pesadez de una losa milenaria. Su piel morena contrastaba con el brillo helado de sus ojos; no había en ellos miedo, sino un fastidio profundo, el de un hombre cansado de la misma estupidez humana repetida siglo tras siglo.
El segundo sujeto intentó agarrarlo del cuello de la chaqueta, pero la mano de Frank se cerró como un cepo sobre su muñeca. Un crujido seco, el sonido de huesos cediendo bajo presión, cortó las risas del local. Antes de que el hombre pudiera gritar, Frank le propinó un derechazo limpio, devastador, que lo levantó del suelo y lo estrelló contra una mesa vecina, partiéndola en astillas.
El de la cazadora intentó sacar un cuchillo de su bolsillo, pero la velocidad de Frank desafiaba toda lógica. Un tajo de su puño directo a la mandíbula lo dejó inconsciente antes de tocar el suelo. El bar quedó sepultado en un silencio sepulcral; los pocos clientes retrocedieron, aterrorizados por la fulminante violencia de aquel hombre.
Frank sacudió ligeramente los nudillos, impertérrito. Dio el último trago a su vaso, dejó unas monedas sobre la barra y se encaminó hacia la salida sin mirar atrás.
El motor del auto rugió cortando el silencio de la calle desierta, frenando en seco a pocos centímetros de la acera. Las puertas se abrieron al unísono y cuatro siluetas descendieron de golpe, bloqueándole el paso bajo la luz amarillenta de un farol parpadeante. Venían con la sangre caliente y sed de revancha; uno de ellos blandía una barra de hierro que reflejó un destello metálico, mientras otro se adelantaba con una navaja abierta en la mano.
—¿Te creías muy rudo en el bar, imbécil? —espetó el líder, con el rostro contraído por la furia—. Aquí se te acabó la suerte.
Frank se detuvo en seco. No dio un solo paso atrás. Sus manos descansaban relajadas en los bolsillos de su chaqueta, y en su semblante no había rastro de adrenalina acelerada, sino la fastidiosa resignación de quien ya ha visto esta misma escena bajo lunas diferentes, en ciudades que hoy son polvo.
—No es suerte —respondió con voz ronca, dando un paso al frente y sacando las manos—. Es paciencia. Y créanme, ustedes se acaban de quedar sin ella.
La barra de hierro cortó el aire con un silbido sordo, directo al cráneo de Frank. Él no esquivó el golpe; dejó que el metal chocara con su sien con un impacto seco, un eco metálico que hizo retroceder al agresor del susto al ver que la cabeza de Frank ni siquiera se había movido.
El hombre con la navaja se lanzó hacia su costado, enterrándole la hoja profundamente en el abdomen. Frank exhaló despacio, mirando al atacante con una fría indiferencia mientras la sangre comenzaba a manchar su camisa. Con total calma, tomó la muñeca del sujeto, la retorció hasta dislocarla y arrancó el cuchillo de sus entrañas, dejándolo caer al suelo. La herida empezó a cerrarse casi al instante bajo la tela, un tejido celular que desafiaba al tiempo y a la muerte.
Los otros dos retrocedieron horrorizados, tropezando con sus propios pies al ver lo que acababan de presenciar.
Frank avanzó hacia ellos con paso firme, el sonido de sus botas golpeando el asfalto como un recordatorio implacable. En menos de tres segundos, un golpe de revés mandó al suelo al de la barra de hierro y una llave rápida dejó inconsciente al último en pie.
Limpiándose una gota de sangre reseca de la comisura de los labios, Frank dio media vuelta y continuó su camino hacia la oscuridad de la noche, dejando atrás el auto abandonado y a cuatro hombres temblando sobre el pavimento.
La puerta de madera cedió con un chasquido sordo al cerrarse a sus espaldas. Su casa estaba sumida en la penumbra, un refugio silencioso donde el tiempo parecía detenerse o perder su peso. Frank se quitó la chaqueta manchada de sangre —la tela ya empezaba a sanar por sí sola, un recordatorio invisible de la refriega— y caminó directo a la cocina.
Abrió el refrigerador, sacó una botella de refresco frío y bebió de golpe, sintiendo el frescor calmar el ardor en su garganta. No quedaba rastro de alteración en su pulso. Para él, una pelea callejera era tan efímera como una ráfaga de viento en invierno; algo que pasa y se olvida antes de cerrar los ojos.
Caminó hasta la habitación, se dejó caer sobre la cama sin apagar del todo el eco de la noche, y cerró los ojos. El sueño lo envolvió de inmediato, un descanso profundo y absoluto que lo prepararía para otro día más en un mundo que nunca terminaba de sorprenderlo.