LA CAMPANA
Una historia de misterio ocurrida en la República Dominicana hace muchos años…
CAPÍTULO 1: LA CAMPANA QUE SONABA A MEDIANOCHE
En el año 1932, en un pequeño rincón de la República Dominicana, existía un pueblo del que casi nadie hablaba. Sus casas eran de madera, los caminos eran de tierra y, cuando llegaba la noche, la oscuridad cubría las calles como una sábana negra.
Los ancianos de los pueblos vecinos conocían una advertencia que repetían a sus hijos desde pequeños:
—Si escuchas una campana después de las doce de la noche, no salgas de tu casa. Aunque escuches que alguien te llama por tu nombre, no abras la puerta.
Nadie explicaba el motivo.
Los niños crecían escuchando aquella advertencia, pero muchos pensaban que era una de esas historias que inventaban los adultos para asustarlos.
Hasta que llegó la noche en que todo cambió.
Una joven llamada Carmen, de apenas diecinueve años, vivía con su madre en una humilde casa cerca de un camino rodeado de árboles. Su padre había desaparecido cuando ella tenía siete años. Nunca encontraron su cuerpo y nadie quiso explicarle qué había sucedido.
Su madre, Jacinta, siempre le decía lo mismo:
—Hay cosas del pasado que es mejor dejar enterradas, hija.
Pero Carmen no podía olvidar a su padre. Conservaba una fotografía vieja en la que él aparecía frente a una iglesia, sosteniendo una pequeña campana entre las manos.
Una noche de octubre, mientras la lluvia golpeaba el techo de zinc, Carmen escuchó algo que le heló la sangre.
¡DONG!
Una campana.
¡DONG!
Volvió a sonar.
El reloj de la casa marcaba las doce.
Carmen se acercó a la ventana y apartó lentamente la cortina. A lo lejos, al final del camino, vio a un hombre vestido de blanco. Estaba completamente inmóvil, mirando hacia su casa.
Entonces, el hombre levantó la cabeza y gritó:
—¡Carmen! ¡Dile a tu madre que ya llegó la hora!
La joven retrocedió asustada.
Su madre, que estaba sentada junto al fogón, dejó caer la taza que tenía en las manos.
Cuando Carmen se volvió para mirarla, descubrió algo que nunca había visto en los ojos de su madre.
Miedo.
Un miedo tan profundo que Jacinta comenzó a llorar sin pronunciar una sola palabra.
Finalmente, se levantó, cerró las ventanas y tomó a su hija por los hombros.
—Escúchame bien, Carmen. Si quieres seguir viva, esta noche no puedes salir de esta casa.
Pero Carmen ya había reconocido algo.
El hombre de blanco tenía la misma cicatriz en la mano derecha que aparecía en la fotografía de su padre.
Y cuando volvió a mirar por la ventana, el hombre había desaparecido.
En el barro, frente a la puerta, solo quedaban unas huellas.
Huellas que comenzaban en el camino…
Y terminaban justo delante de la habitación donde su padre había dormido antes de desaparecer…