Anoche maté al vecino.
Me desperté bostezando.
El techo cayendo sin ruido.
Chilló la bocina de un auto.
Me enfundé con las Topper.
Había dormido con ropa puesta.
Por el pasillo volé corriendo
cruzando el patio hasta el fondo.
Como un tarado busqué las llaves.
Solo migajas en los bolsillos
y un rojo encendedor Candela.
¡Qué gil! estaba abierta la reja.
Una cara de culo el remisero.
Cara de perro cuando azoté la puerta.
Le dije: “A la plaza, que llego tarde”.
Eran las doce doble cero.
La capilla de Arocena en ruinas,
pero a los fieles no les importaba
nada ni nadie y en las escaleras
el gato la paloma desplumaba.
El coro ensayaba para el domingo:
“Dios del universo, Santo es el Señor”.
Un salmo de esos que se nos pegan.
Yo solo quería pedir un favor.
Esperé arrodillado los 20
minutos eternos recordando el dicho:
que soy como iglesia de pueblo, sin cura;
el auténtico -el verdadero- decadente.
Quería confesarme, pero más quería
que el Padre Pepe guardara el secreto.
“Maté a mi vecino. Le piqué el boleto
y soñé que usted, Padre, me batía”.