No sé si este ensayo tiene un final. Tal vez no debería tenerlo, porque el pensamiento crítico no se cierra, solo se posa un momento antes de seguir su curso.
Lo que he escrito aquí es una fotografía de un instante. Mañana puede que piense distinto. De hecho, espero que así sea. Porque una fe que no se cuestiona es una fe que se ha vuelto estatua.
He aprendido que se puede creer sin dogma, que se puede dudar sin traicionar, y que el mito puede ser verdad sin ser literal. He aprendido que la fe y la técnica caminan juntas, y que la espiritualidad no es una certeza, sino una práctica.
Quizás, al final, eso sea lo único que realmente importa: no dejar de pensar, no dejar de asombrarse.