Lucila tiene 42 años. Está en el top 5 de las consultantes más rígidas, autoexigentes, verborrágicas y “mal habladas” que acompañé.
Llegó para trabajar su despliegue profesional en la portada, y en la solapa el vínculo con el padre de su segunda hija, extremadamente opuesto a su personalidad: ella hace crossfit, él fuma y es ex adicto; a ella el orden le da paz, él deja mierda en el inodoro. Él tiene el don de hacer plata, ella no sabe apropiarse de lo que la vida le regala. Ella siente que él es posesivo, pero ella no puede dejar de fijarse en él con un rasgo obsesivo.
Su mamá murió cuando ella tenía 1 año en un accidente de tránsito, viajaba en el asiento de atrás y se desnucó.
No la recuerda, no la conoce, no hay registro de abrazos ni teta segura que nutra. La vida arrebata lo que se ama, constantemente y la muerte simbólica, inevitablemente, se vincula a la pérdida. Creció bajo el mando de un padre frío y exigente, con la ayuda de una empleada, una abuela contenedora de fin de semana y una tía compinche de vez en cuando.
La muerte de su mamá la metió dentro de una bolsita, dentro de un pote de helado, dentro de otra bolsa hermética en un freezer de su corazón por 40 años.
Vino por Toto, pero encuentro tras encuentro, como quien no quiere la cosa, con mucha ternura, paciencia y calor del bueno, descongelamos la muerte.
Mamá por fin se hizo presente en su ausencia nunca abrazada. ¿Cómo saber abrazar tu propio dolor cuando no aprendiste cómo se hace?
El descongelamiento trajo el registro de la incapacidad de recibir amor, de la compulsividad de llenar con comida dulce el vacío de la muerte, la duda del referente materno siendo madre...
Ella es madre de la humanidad, lo da todo aún en su rigidez. Es la que le lleva el guiso a los pibes del gimnasio, la que levanta animales de la calle, la que hace que no te falte nada... y ahora aprendiendo que primero es necesario que sea su propia madre y pueda darse lo que necesita.
“En lo que yo le muestro al otro, está la verdad”.
Hoy laburamos sobre los límites y el animarse a ser lo más genuina posible, sin cumplir con las expectativas del mundo paterno interno que la habita.
Me contó que lo que más le cuesta es sacar la voz. Le propuse que haga canto y me dijo que ya toma clases. Hace poco llevó “Zamba para olvidar” para prepararla. En la primera estrofa la ahogó su propio llanto. Se dio cuenta de que refleja el proceso que estamos haciendo con la muerte de su mamá: “No sé para qué volviste, si yo empezaba a olvidar...”.
Tanto su profe como yo le recomendamos que la cante lo más posible, que las lágrimas limpien y vacíen lo necesario hasta que encuentre la presencia de su mamá y haga cuerpo su frase de cabecera: “Soltame, pero no me dejes”.