El judo es la única arte marcial que ha sido derrotada por el papeleo. Ningún oponente lo hizo. Ningún estilo rival lo desenmascaró en la jaula. Una sala de hombres en blazer se reunió en el centro de conferencias de un hotel, miró una de las artes de agarre más completas jamás construidas y votó, año tras año, por reducirla. Siguen haciéndolo. Al judo lo están estrangulando, despacio, su propio organismo rector, y el organismo rector sigue llamándolo una aclaración del reglamento.
Empecemos por los agarres a las piernas. Antes existía toda una familia de proyecciones en las que bajabas la mano, agarrabas la pierna de un hombre y se la presentabas al planeta. Morote-gari. Kata-guruma, donde doblas a un adulto hecho y derecho sobre tus hombros como una toalla de playa. Desaparecidas. Prohibidas. Un judoka en 1984 podía lanzarse y plantarte de cabeza. Un judoka de hoy que te toca el muslo recibe una penalización y una mirada severa, como si hubiera intentado pedir algo que no estaba en el menú.
Después fueron por todo lo demás. No puedes hacer tiempo, pero tampoco puedes agarrar de forma demasiado agresiva, pero tampoco puedes negarte a agarrar, pero tampoco puedes agarrar y no atacar, y cada una de estas cosas es un shido, la penalización por el delito de no entretener a los jueces lo bastante rápido. Así que tienes el combate moderno: cuatro minutos de dos hombres dándose manotazos en las solapas como si ambos intentaran arreglar la misma corbata torcida. La habilidad más importante del judo de élite es ahora ganar una guerra de pulgares por un puñado de algodón. En algún lugar Jigoro Kano hace una lenta rodada de ne-waza en su tumba, salvo que el árbitro lo pondría de pie otra vez a los doce segundos por progreso insuficiente.
El juego de suelo recibió el mismo trato. Logras una proyección, caes a la colchoneta, empiezas a trabajar una inmovilización o un estrangulamiento, y un hombre en chándal grita "matte" y os reinicia a ambos de pie porque la parte del suelo es mala televisión. Le dieron al público un deporte sobre rematar peleas y luego le prohibieron a todos rematar una. Y el gi azul, todo el gi azul, existe para que una cámara pueda distinguir a los dos hombres en pijama. El arte fue rediseñado para el camión de transmisión.
Las proyecciones que sí conservaron son irreales. Un limpio uchi-mata o un seoi-nage es lo más cerca que un cuerpo humano llega a convertir la física en arte, y un cinturón negro puede plantarte con tanta fuerza que lo sienten tus ancestros. Esa es la tragedia: el judo no perdió los dientes en una pelea. Se los limó él solo, voto de comité a voto de comité, para que la transmisión saliera puntual.