Toda arte marcial tiene su reel de momentos destacados. El taekwondo tiene la patada giratoria a la cabeza que le arruina la noche a un hombre. El boxeo tiene ese golpe limpio en el que las piernas del otro tipo piden el divorcio antes de que caiga a la lona. El kárate tiene la tabla, el grito, todo el espectáculo, y algunos movimientos se ven de verdad geniales. Muéstrale cualquiera de estos a un niño de siete años y se pone de pie. Lo entiende al instante. Quiere ser eso.
Ahora muéstrale a ese mismo niño un combate de jiu jitsu. Dos hombres adultos en pijamas a juego se acuestan en el suelo y empiezan a abrazarse despacio y con esmero, con las piernas bien abiertas. Uno está de espaldas. Parece estar perdiendo del modo en que pierde un hombre al que están asaltando, solo que más tranquilo. Nada vuela. Nadie se levanta del suelo, porque el suelo es todo el recinto. Durante seis minutos se respiran con fuerza en las clavículas y de vez en cuando uno desplaza una rodilla cinco centímetros, y un hombre en la mesa lateral susurra que esto fue, en realidad, devastador. No entiendes nada de lo que pasa. El niño ya se fue a ver literalmente cualquier otra cosa.
Este es el único deporte de combate donde el comentarista tiene que seguir explicando que el tipo tirado de espaldas, sobre el que están sentados, va ganando. Donde las posiciones dominantes tienen nombres de muebles y de yoga. Donde "guardia cerrada" significa que el de abajo le ha enrollado las piernas al de arriba en lo que cualquier observador honesto llamaría una toma de rehenes con la que ambas partes parecen estar de acuerdo. ¡Resulta que el de abajo va ganando después de todo!
Y aquí viene la parte que arruina la diversión... Lamentablemente, el jiu jitsu funciona. Lamentablemente funciona por completo. Al tipo de la hermosa patada voladora lo atrapan una vez, lo derriban y lo doblan contra la colchoneta el hombre que parecía estar echándose una siesta, y no se vuelve a levantar hasta que se lo permiten. Lo menos entretenido de ver que dos personas pueden hacerse entre sí es también lo que de verdad termina la pelea. El niño de siete años quería un héroe. Le tocó un baño de realidad. Esta arte marcial funciona. Da pena verla, pero sí funciona...