Abrí mis ojos. Estaba sin moverme en mi cama. Ese sueño me despertó. Sentí mis latidos acelerados. Lo recuerdo. La voz de ese hombre que apareció en mi sueño. Me llamaba con desesperación e insistencia. Me pedía que lo buscara. El hombre era alto con músculos bien proporcionados. Su vestimenta era la de un caballero del siglo XIX, tez blanca con una cabellera oscura hasta sus hombros y ojos marrones que transmitían pasiones. No podía hablarle. Solamente pensaba que sí lo buscaría. Algo me impedía acercarme a él, no sabía qué. Tenía la sensación de que no habría escapatoria para mí. Sería suya para siempre.
Me levanté de la cama. Mi madre me llamó para que la acompañe al supermercado. Salíamos de casa hacia la parada de ómnibus. En el transporte, sentí escalofríos y, de repente, en mi mente apareció su rostro atractivo. No dejé de pensar en él. Después de veinte minutos, llegamos al lugar e ingresamos por una puerta corrediza. Nos dirigimos hacia la escalera mecánica que nos permite llegar hasta la parte de arriba donde se encuentran los productos comestibles. Más tarde, con los productos necesarios nos dirigimos hacia el cajero.
Lo vi.
Era él.
Me di cuenta cuando dirigió su mirada intensa hacia mí. No tenía ese atuendo anticuado, y su cabello era corto. Lo que lo diferenciaba del otro hombre. Cuando llegó nuestro turno en la fila. Estaba nerviosa y aparté mi vista. Comencé a descargar las cosas del carrito en la cinta transportadora. Lo miré, pero él no. Mientras guardaba todo en la bolsa y mi madre pagaba. Luego nos fuimos hasta la salida. Y por última vez, giré mi cabeza hacia donde estaba él. Me encontré con la misma mirada intensa, pero algo había cambiado en su rostro. Tenía una sonrisa cómplice dirigida a mí.