Siento algo emocionante dentro de mí. Cuando tomé el ómnibus, él estaba detrás del volante con su uniforme de chófer. Le quedan muy bien esos jeans y esa camisa azul claro que resaltan su piel canela. Me gusta mirarlo intensamente, sin que él se de cuenta.
Todo en él es intrigante. Su rostro, su cabello corto y oscuro. Sus ojos fascinantes de un color verdoso o marrón claro tal vez. No lo puedo definir cuando su mirada conecta con la mía por el espejo retrovisor. Siempre esquivo su mirada por temor a que descubra lo que siento por él o lo que me esté sucediendo en ese momento sentada en el transporte. Por otro lado, siento que todo es producto de mi imaginación.
Pasaron los días. Pasaron los meses. Fue en noviembre que sucedió por primera vez algo cercano entre nosotros. Me saludó cuando subí al ómnibus y también le saludé. En cada ocasión que coincido con él, los saludos son efímeros. A veces no puedo mirarlo como me gustaría, porque la multitud de personas me lo ocultan de mi vista.
Lamento no saber su nombre. No sé qué sucederá después pero por el momento solo quedaremos como una relación de pasajera y chófer.